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La barraca 26 | by NikoGogol
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La barraca 26

Foto: Auschwitz II- Birkenau.

 

La "Barraca 26" era un gran hangar de maderas toscas que habían sido unidas para formar una especie de establo. En la puerta había una placa de metal que expresaba el número de caballos destinados a ocupar aquel portalón.

"Los animales sarnosos deben ser separados inmediatamente", decía. ¡Qué suerte habían tenido los caballos! Nadie se había molestado por tomar precaución ninguna con respecto a los seres humanos encerrados allí.

El interior estaba dividido en dos partes por una gran estufa de ladrillo, de más de un metro de alto. A cada lado de la estufa había tres filas de camastros. Para hablar con exactitud, eran jaulas de madera que llamábamos "Koias".

En cada una de esas jaulas, que medía tres metros por poco más de uno y medio, se apretujaban de diecisiete a veinte personas. Poca comodidad podía pedirse en aquellos "camastros".

Cuando llegamos, las koias no tenían más que las simples maderas. Sobre ellas dormíamos cuando podíamos. Un mes después, nuestros amos nos proporcionaron mantas. Para cada koia, dos mantas miserables, sucias y apestosas; lo cual quiere decir que tocábamos a diez personas por manta.

No todas las ocupantes podían dormir al mismo tiempo, porque la falta de espacio era extrema. Algunas tenían que pasarse la noche entera en cuclillas y en las posturas más extrañas. Una vez dentro de la koia, era tremendamente complicado hacer cualquier movimiento por pequeño que fuese, porque requería la participación, o por lo menos el acuerdo de cuantas dormían allí.

Para complicar más las cosas todavía, el techo de la barraca estaba en un estado deplorable. Cuando llovía, el agua se filtraba, y las prisioneras que estaban en los camastros altos quedaban inundadas literalmente. Pero eso no quería decir que las instaladas a ras de tierra gozasen de ningún singular privilegio. El piso estaba sólo pavimentado de cemento alrededor de la estufa. Por lo demás, no había más suelo que la tierra pisada, sucia y fangosa, que se convertía en un mar de cieno al menor chaparrón. Además, en el nivel inferior el aire era absolutamente sofocante.

La suciedad de la barraca excedía a la imaginación más poderosa. Nuestra principal tarea consistía en conservarla limpia. Cualquier infracción de las reglas de la higiene estaba castigada con severas sanciones. Sin embargo, resultaba ridículo querer conservar limpia una barraca en la que se albergaban de 1,400 a 1,500 mujeres, cuando no disponíamos de una escoba, ni de un trapo, ni de una cubeta, ni siquiera de unos andrajos para limpiar un poco. Este último problema lo resolvimos. Decidimos que la mujer cuyo vestido fuera demasiado largo, debería cortárselo por abajo. Con aquel harapo hicimos algo parecido a un trapeador. Ya era hora, porque la porquería que cubría el piso estaba contaminando hasta el mísero aire que respirábamos.

Más difícil resultó el problema de los platos. El segundo día, recibimos unas veinte vasijas… ¡veinte recipientes para 1,500 personas! Cada recipiente tenía de cabida litro y medio. Nos dieron además una cubeta y un perol con capacidad de cinco litros.

La internada que fue elegida jefa de la barraca, o "blocova", destinó inmediatamente el perol a evacuatorio. Sus camaradas se apoderaron en el acto de los demás recipientes para el mismo uso. ¿Qué podíamos hacer las demás? Parecía que los alemanes se proponían en todo momento enfrentarnos unas con otras, haciéndonos la vida porfiada, aborrecible y despreciable. Por la mañana, teníamos que conformarnos con limpiar las vasijas lo mejor que podíamos para poner en ellas nuestras mezquinas raciones de azúcar de remolacha o margarina. Los primeros días, nuestros estómagos se sublevaban ante la idea de utilizar lo que en realidad no eran más que bacinicas por la noche. Pero el hambre obliga, y estábamos tan agotadas que éramos capaces de comer cualquier clase de alimento.No podíamos evitar utilizar los recipientes para la comida. Durante la noche, muchas teníamos que emplearlos en secreto para aquellos menesteres. Sólo se nos permitía ir a los retretes dos veces al día. ¿Cómo íbamos a poder aguantar? Por apremiante que fuese nuestra necesidad, si salíamos por la noche corríamos el peligro de ser atrapadas por las S.S., quienes tenían órdenes de disparar primero y preguntar después.

 

Los hornos de Hitler (Olga Lengyel)

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Taken on June 4, 2011