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96 Sala Manuel de Falla. SGAE Palacio Longoria Grases Riera 19913 | by javier1949
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96 Sala Manuel de Falla. SGAE Palacio Longoria Grases Riera 19913

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Palacio Longoria - Sociedad General de Autores

Calle Fernando VI, 4 c/v a Pelayo. Madrid

 

Arquitecto: José Grases Riera Proyecto 1902 Obras 1902-05. Colaborador en la dirección de las obras José López Salaberry. Terminación: Francisco García Nava 1912-1913. Reforma : Carlos Arniches Moltó 1950-1951. Rehabilitación: Proyecto: Ángeles Hernández-Rubio y Santiago Fajardo 992. Obras: Santiago Fajardo: 1993-95.

 

Declarado Bien de Interés Cultural BIC con la categoría de Monumento en 1996

 

Seguimos a Oscar da Rocha y Ricardo Muñoz en su excelente trabajo “Madrid modernista: guía de arquitectura”, y al primero de ellos en su magnífica tesis doctoral acerca del Modernismo en Madrid

El palacio de Longoria es, sin duda, el ejemplar más célebre del modernismo madrileño. Mandado edificar por el banquero Javier González Longoria para su vivienda privada y la sede de su negocio. Para ello recurrió al arquitecto José Grases Riera –de origen catalán, aunque afincado en Madrid desde finales del siglo XIX– cuya trayectoria, que incluye el popular Monumento a Alfonso XII en el Retiro, representa una de las mejores manifestaciones del eclecticismo característico de la arquitectura madrileña de aquella época.

 

Frente a sus obras más tradicionales Grases proyectó un edificio singular y novedoso, que exhibe una profusa decoración modernista inspirada en el art nouveau francés (sinuosidades naturalistas, flores variadas, cabezas femeninas, formas orgánicas diversas, etc.). Este peculiar giro en los fundamentos estilísticos del autor debe vincularse, además de a la influencia de las nuevas modas, a los deseos del propietario. Pero toda la exuberante ornamentación modernista, aplicada como un revestimiento decorativo, prende sobre unos volúmenes que responden a criterios convencionales (esencialmente eclécticos), manifiestos tanto en la planta del edificio (en forma de L con la clásica rotonda en la esquina) como en el sistema constructivo mixto (muros de carga con forjados de vigas y bovedillas) y en la composición de los alzados (simétricos y rematados por un ático en forma de mansarda).

La planta se conforma, sobre un solar en esquina sensiblemente cuadrado, mediante dos cuerpos rectangulares, paralelos a las dos calles, ensamblados por un torreón circular que acoge la gran escalera. El protagonismo visual recae sobre el tratamiento decorativo dado a las fachadas, realizadas en piedra artificial con formas suaves, vegetales y orgánicas que dan una continuidad espacial a las superficies con una decoración que lo invade todo enlazando unos elementos con otros. La fachada principal se retranquea para iluminar los sótanos y queda realzada con la inclusión de un patio inglés cerrado con una bella verja de forja, que tras su última restauración ha recuperado lo mejor de su sugestiva apariencia. La inclusión en el ático de azulejos cerámicos con piezas irregulares, recuerda al “trencadís” creado por Antoni Gaudí. La planta en “L” deja un patio-jardín interior que permite desarrollar una interesante fachada al mismo con una galería porticada sobre soportes en forma de palmeras y pabellones semicirculares en los extremos.

 

En el interior, se distingue la soberbia escalera principal, una de las más brillantes piezas del modernismo español, cuya admirable combinación de hierro (armadura), bronce (barandillas), mármol (escalones), yeso (relieves) y vidrio (cúpula) sigue la concepción modernista de integración de todas las artes. Trazada a partir de unos diseños extraordinaria calidad, la escalinata configura una espectacular escenografía iluminada cenitalmente por una hermosa vidriera. De traza imperial y perímetro circular se sitúa en la rotonda de la esquina, eje del edificio, y la corona una impresionante cúpula de hierro y vidrio con estructura nervada en estrella que apoya en soportes de hierro. La barandilla es asimismo una sugestiva obra de forja con dinámicos elementos vegetales salpicados con flores y hojas de latón movidos por el característico "golpe de látigo". En una labor de tal magnificencia y complejidad Grases debió contar con la colaboración de artesanos muy cualificados, pero desgraciadamente ignoramos sus nombres.

En cualquier caso el conjunto origina una escenografía espectacular y, sobre todo, plenamente modernista. La escalera es sin duda el elemento art nouveau más ortodoxo de todo el edificio, ya que en ella los distintos materiales reciben un tratamiento decorativo (identificación entre estructura y ornamento), existe una absoluta integración de las artes (arquitectura, metalistería, escultura y vidriería), se desarrolla un espacio dinámico y se crea un ambiente hedonista y totalmente novedoso. En resumen, el Palacio de Longoria es, por su condición ecléctica, el edificio más representativo del modernismo madrileño pero también, por su abundante decoración y su magnífica escalinata, uno de los más excepcionales.

 

Según nos comenta Oscar da Rocha en su tesis, José Grases Riera (1850-1919, terminó sus estudio de arquitectura el año 1878 en Barcelona) y en agosto de 1902 firmó la memoria y los planos del que habría de ser su trabajo más polémico. Hasta entonces sus obras madrileñas habían estado sometidas a la influencia del eclecticismo neobarroco y afrancesado que podemos apreciar en La Equitativa (1887-1891), El New Club (1899-1902), el Monumento a Alfonso XII (1901-1922) o el Teatro Lírico (1901-1902); edificios todos ellos muy alejados del modernismo exhibido por el Palacio de Longoria. Siempre se ha responsabilizado de tan inesperado cambio estilístico al propietario, Francisco Javier González Longoria, y hasta ahora esta idea sigue siendo plenamente asumible.

González Longoria poseyó el palacio muy poco tiempo. En 1912, por encargo de su nuevo propietario el dentista Florestán Aguilar, el arquitecto municipal Francisco García Nava realiza unas obras de reforma en las que introduce algunos elementos nuevos a fin de destinar el edificio para residencia personal y sede de la Compañía Dental Española. Así, realiza, entre otras obras, la conclusión de las fachadas, especialmente la configuración de las abiertas al jardín. A partir de aquel momento sus interiores se fueron degradando y desapareció la distribución original. Durante el tiempo en que el palacio perteneció a Florestán Aguilar –hasta mediados de los años 40– fueron varias las obras ejecutadas. A la vez que se reformaba el edificio, se encargó la realización de un garaje-cochera. Esta construcción, situada al fondo de la parcela y hoy perdida, podría ser el lugar que durante algún tiempo sirvió de taller al pintor Julio Romero de Torres. En 1919, el arquitecto Francisco Pingarrón Yarritu proyectó un pabellón en la azotea, con fachada al jardín –recientemente sustituido por un ligero volumen de hierro y cristal–, que con poco acierto intentaba respetar el aspecto modernista del conjunto. En 1946, los herederos de Aguilar vendieron el inmueble a Construcciones Civiles, que traslada aquí su sede, y en 1950 lo adquiere la Sociedad General de Autores, su actual propietaria, que encarga al arquitecto Carlos Arniches una radical transformación, realizando el cierre de las galerías de la fachada posterior y modificando por completo la organización y decoración interiores. Únicamente respetó el eje central, con el zaguán de entrada y la gran escalinata que, junto con la interesante escalera de servicio, son las únicas partes internas del edificio que conservan su aspecto original, además de la ejecución de una ampliación sobre un edificio colindante. La misma Sociedad emprendió en la década de 1990 la recuperación del edificio, entonces muy deteriorado, realizando la restauración de las fachadas y la rehabilitación total de los interiores. Se eliminan añadidos superfluos o antiestéticos (construcciones del jardín, pabellón de la terraza, etc.), se recuperan los motivos decorativos (algunos perdidos hacía décadas) y se devuelve a las fachadas el cromatismo uniforme (color siena) que suaviza la sensación de yuxtaposición de los elementos ornamentales sobre los muros –muy evidente cuando tenían tonalidades distintas–. Muy elogiable es el trabajo de recuperación de la escalera de servicio, uno de los escasos ámbitos que perduran del edificio original, en la que hoy se combinan acertadamente elementos antiguos y modernos. Las figuras en relieve de las esquinas y la cerrajería de los antepechos, con un diseño similar al de la verja de cerramiento, pertenecen a la primera decoración. Ahora se complementan con un zócalo de mármol de inspiración modernista y un añadido en la cancela del ascensor –basado en el modelo del antepecho– que respetan totalmente la coherencia del conjunto. Las obras fueron proyectadas por Ángeles Hernández-Rubio y Santiago Fajardo y realizadas bajo dirección de este último arquitecto.

Por todas sus cualidades arquitectónicas y artísticas el edificio fue declarado en 1996 Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento.

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Taken on October 2, 2013