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Colonia 12 de Diciembre | by Jorge Alberto Mendoza Mariscal
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Colonia 12 de Diciembre

Esa noche, todos salieron de casa. Uno tras otro se amontonaron como enjambre de abejas alrededor de dos tráileres de Farmacias Guadalajara, del que bajaban comida, medicina y otros productos, en una de las calles oscuras de Valles de la Primavera. Así como llegaron, todos echaron de gritos y empezaron a correr, a estamparse, a huir... los hombres de los camiones disparaban al aire, “¡órale cabrones, a la chingada! ¡El que se acerque, lo mato!”.

 

“Acá la gente pasa mucha hambre y pensaron que por fin les traían comida. Pero nada, eran camiones robados que trajeron aquí a descargar. Esta colonia ya se hizo un escondite para gente de fuera que viene a guardar productos robados o a desmantelar carros... por eso ya nadie sale en la noche”, cuenta un vecino originario de Michoacán.

 

Por las calles de tierra circulan de noche camionetas “lujosas” que contrastan con estos paisajes similares a los de la película Los Miserables. “Cada vez vienen más seguido; tienen aquí a gente que trabaja para ellos. Estamos infiltrados por cárteles grandes, por eso hay tanto riesgo por aquí”, relatan de manera anónima.

 

La mutación

 

Valles de la Primavera se “levantó” en un día de noviembre de 2009. Un tal “Ramiro” organizó a cientos de familias —muchas de zonas rurales de Michoacán— para invadir un predio, junto a la colonia 12 de diciembre y a otras colonias también irregulares de la periferia de Zapopan. Trazó 640 lotes de seis por 15 metros y por cada uno cobró algunos miles de pesos. Con tablas, telas, lonas y sobras de madera y metal, la gente que venía huyendo del hambre del campo comenzó a construir un techo. Días después llegaron los Guerreros de Dios, integrantes de un centro de rehabilitación que comenzaron a desalojar a la gente e incluso quemaron algunas casas para obligarlos a salir.

 

El Ayuntamiento de Zapopan intervino y hubo una especie de tregua. Entonces aparecieron algunos muros de ladrillo, ventanas, techos y hasta canceles hechos con el ingenio mexicano. Cada que se visita el lugar, algo ha cambiado y es casi imposible localizar una casa ya visitada. En esta colonia todo cambia velozmente, menos la pobreza.

 

En 2009 se veía salir muy temprano a muchas mujeres purépechas —muchas de las cuales no hablaban español— a buscar trabajo: a pelar cebollas en el Mercado de Abastos, a trabajar en “casa”, a un restaurant... algunas con sus hijos de la mano para llevarlos a la escuela. El resto de niños y adolescentes, en las calles polvorientas todo el día.

 

“Pero todos ahora andan en las pandillas. Desde bien chamacos ya andan con eso... nomás vemos que se ponen en las esquinas y luego pasan por ellos en camionetas... quién sabe qué irán a hacer”.

 

Estela cuenta que en cuanto llegó a La Floresta —colonia ubicada a un lado de Valles de la Primavera—, su sobrino de siete años comenzó a inhalar “toncho y ya ni puede hablar. Le afectó feo, como niño chiquito. Y sus hermanos andan en las mismas... me da mucha tristeza verlos flaquitos, amarillos. Pienso que por la desesperación de que a veces no había ni para comer, se iban a la calle y pues ahí ya...”.

 

En dos años, en medio del discurso del combate contra el narcotráfico, a esta colonia no llegaron programas de despensas, de apoyo escolar, de trabajo... Los grupos delictivos ganaron terreno más rápido y, según cuentan los vecinos, muchos niños y jóvenes que en 2010 jugaban en las calles todo el día, hoy tienen problemas de farmacodependencia o se han hermanado a alguna pandilla o integrado a alguna red delictiva.

 

Este cinturón de marginación —integrado por colonias irregulares, con pisos de tierra, sin servicios— es para el Ayuntamiento de Zapopan un foco rojo por las pandillas y porque es una zona donde es frecuente la venta y consumo de drogas, el asalto a personas y casas, y las riñas con armas blancas y de fuego. Algunos ejemplos: en noviembre un hombre intentaba abrir su casa y ¡pum!, lo mataron; en marzo, encontraron el cuerpo de un panadero enterrado en el patio; en junio, otro cuerpo calcinado; en diciembre de 2010, “levantaron” a dos jóvenes, y, en los primeros días de este 2012, por conflictos entre pandillas, balacearon a tres jóvenes de 17 y 18 años de edad, uno de los cuales murió.

 

“A mis hijas yo no las dejo que salgan ni a la tienda. Cada vez crecen más esos grupitos... y la verdad es que son chavos que no tienen nada más qué hacer, ¿cómo les van a dar trabajo si no pudieron estudiar?”.

 

En Zapopan hay asentamientos irregulares que se extienden sobre 50% de las colonias del municipio y la franja donde está Villas de la Primavera es considerada por el Consejo Estatal de Población como de alta marginación. Esto significa que no hay agua potable, la mayoría no hizo más que la primaria, los ingresos son de menos de dos salarios mínimos, hay hacinamiento y los pisos son de tierra.

 

Una comida al día

 

La puerta de madera, amarrada con alambres, se atora en una piedra. Por las ranuras se ve al fondo un fogón, tiliches y un cuartito con una puerta de tela con niños que juegan en el piso de tierra.

 

Sale una mujer de 66 años con un mandil con capas de masa, carbón y polvo. En Valles de la Primavera todos pasan dificultades, pero pocos, como doña Carmen, se lamentan, porque ella sí que pasa días sin comer.

 

Es viuda, con ella vive su hija y sus tres nietos. “Pero a mi pobrecita hija un día me la atropellaron y quedó medio mal”. El único trabajo que ha conseguido es en una fábrica de plástico donde puede separar botellas, pero no siempre hay trabajo. Cuando hay, gana 350 pesos a la semana. Cuando no, doña Carmen trata de conseguir comida con los vecinos para los niños. “Lo importante son ellos, ya si comen, nosotros nos aguantamos, señorita”.

 

La mirada de doña Carmen es tan débil que parece no tener fuerza para sostener los párpados. De lejos se alcanza a ver la piel moteada de los niños por desnutrición.

 

Cuando hay dinerito, 350 pesos a la semana, compra frijoles, tortillas y arroz. Pero tienen que aplacar las tripas para que sea un hábito comer una vez al día y olvidarse del desayuno y la cena. Eso, eso ya es un lujo.

 

“Tal vez con unos 500 pesos ya nos alcanzaría para comer mejor, yo creo que unas sopitas ya podría comprar...”. ¿Y le gusta vivir aquí? “Sí, señorita, no tengo otro lugar dónde vivir... es todo lo que tengo, pero hay miedo porque anda el rumor de que estas tierras son de un gringo y que nos van a sacar”.

 

PARA SABER

Zonas vulnerables

 

De acuerdo con datos del Consejo Estatal de Población (Coepo), colonias de la franja periférica de Zapopan como Arenales, El Tizate, San Nicolás de la Primavera y El Fortín, son consideradas como de alta marginación, pues entre 50 y 97.6% de sus viviendas no tiene agua entubada y entre 50 y 60% de sus habitantes no tiene estudios superiores a la educación primaria.

 

CARECEN DE SERVICIOS BÁSICOS

La mitad de los habitantes vive en hacinamiento

 

La información más actualizada de marginación urbana es de 2005, año en el que no existía Villas de la Primavera, pues era un lote baldío que pertenecía a la Colonia Colinas de la Primavera. Sin embargo, los datos de esta última se aproximan a lo que sucede en este tipo de asentamientos irregulares:

 

De la población menor de entre 6 y 14 años, 10.43% no asistía a la escuela.

 

De los mayores de 15 años, 55.1% no tenía instrucción superior a primaria.

 

69.26% de las viviendas no tenía agua entubada y 45% vivía en hacinamiento.

 

Todas las colonias de esa franja periférica de Zapopan tienen alta marginación, como Arenales, El Tizate, San Nicolás de la Primavera y El Fortín, pues entre 50 y 97.6% no tiene agua entubada y entre el 50 y 60% no tiene educación superior a primaria.

 

En la ex Villa Maicera hay otra franja con alta marginación: los asentamientos ubicados por la Carretera a Saltillo. Esto contrasta con el resto de colonias zapopanas: la mayor parte de lo que queda dentro del Periférico tiene índices de marginación baja y muy baja.

 

En todo el Estado, 7.36% de la población vive con muy alta marginación, es decir, 496 mil personas.

 

Entre 2008 y 2009, Jalisco tuvo un saldo neto migratorio positivo, es decir: atrajo más población de otros estados en comparación con la que se fue de la Entidad.

 

Los migrantes ambientales

 

A Estela Cristóbal y su marido, José, la noticia de que había tierras en venta en Guadalajara les llegó en un momento de desesperación: la pesca en el Lago de Pátzcuaro (Pátzcuaro, Michoacán) apenas ajustaba para saldar las deudas con el hambre del día, así que decidieron irse —adiós canoas, redes de mariposa y chinchorros— con rumbo a la capital jalisciense en busca de mejor suerte. Su historia encaja en lo que ahora llaman migrantes ambientales, de lo cual no existen cifras, a pesar de que es un tema que se discute desde hace años en la Organización de las Naciones Unidas.

 

Este diario publicó lo anterior el 6 de marzo de 2011 bajo el título Somos como mariposas monarca, volamos, pero siempre regresamos a casa. A casi un año, la situación de Estela también ha cambiado, igual que el aspecto de su finca e igual que toda la Colonia Villas de la Primavera.

 

Al interior de la casa, delimitada por maderas y lonas que la tapan, están Estela, su marido y sus tres hijas desayunando huevo en una mesa que tienen en el patio delantero.

 

José acaba de llegar de trabajar de su turno nocturno en una gasolinera. Apenas coma algo, se va a dormir, pero “ojalá pueda”; en la casa de al lado retumba el reggaetón. Este año la situación se ha empeorado, asegura, porque apenas saca 20 o 30 pesos diarios de propina, más sus 500 pesos semanales de salario fijo.

 

Hace un año, Estela quería conseguir trabajo para darse un lujito como comprarle unos taquitos al vapor a sus hijas. Hoy se preocupa porque su hermana tuvo que irse a vivir con ella —en total viven ocho en un pequeño cuartito— y porque a veces sus hijas le piden leche. Estela cree que no ha conseguido trabajo porque no sabe leer ni escribir y hasta subirse a un camión es complicado. Sus tres hijas pequeñas no han podido ir a la escuela porque “nos dicen que ya no hay cupo y porque tampoco puedo comprarles nada de lo que pidan”.

 

La pareja reflexiona si volver a Urandén, pues les pesa dejar todo lo que “hemos logrado”, su tierrita y su pequeño cuartito. “Pero luego pensamos en las niñas, en que hay mucha violencia en este lugar; es muy peligroso”.

 

Estela y José migraron para tener una “mejor” vida, pero llegaron a la periferia que en este caso es una especie de patio trasero de la ciudad, donde además de no haber apoyos sociales para paliar el hambre, tienen que lidiar con riñas, balazos, narcomenudeo, grupos delictivos, pandillas... y es el lugar donde crecerán sus tres hijas.

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Taken on January 28, 2012