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Bolivia. El Alto. 2009. 302 fotografías de la Feria 16 de Julio | by Cesar Catalan
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Bolivia. El Alto. 2009. 302 fotografías de la Feria 16 de Julio

FERIA 16 DE JULIO

Desde un alfiler hasta un auto de lujo

 

En El Alto, un gran mercado toma varias avenidas de la ciudad todos los jueves y domingos. Un universo de productos —entre usados, robados, rotos y nuevos— espera a los compradores.

 

Texto: Inés Ruiz del Árbol • Fotos: Nicolás Quinteros / David Guzmán

 

Puedo encontrar armas de fuego en la feria?” Ante la pregunta, todas las miradas se vuelven esquivas. Nadie quiere descubrir uno de los grandes secretos del comercio clandestino del mercado. Sin embargo, entre el rumor de los que no quieren convertirse en delatores, se oye un susurro. “Si usted las busca, las encuentra. Sólo tiene que fijarse”.

 

En las calles estrechas o en las grandes avenidas de El Alto, con un radiante sol o bajo una lluvia torrencial, la feria 16 de Julio nunca pierde su carácter único. Caminando entre sus puestos, se puede encontrar desde una aguja hasta la pieza de un avión de la Segunda Guerra Mundial, pasando por helados de cerveza, sándwich de chorizo o muñecas que sobreviven desde la década de los 80. De ello se enorgullecen los vendedores que, sin querer, han generado una enorme familia de comerciantes.

 

Son 338 las hectáreas que abarcan casi todo el territorio de El Alto y que convierten a esta feria, la de la avenida 16 de Julio, en la más grande de Bolivia. El fervor mercantil comienza con las primeras luces del día, cuando los comerciantes recogen fardos de mercancía en enormes sacos y los acomodan en sus puestos, mientras se preparan para afrontar una jornada de incesante actividad.

 

Miles de personas se agolpan por las calles, buscando objetos inimaginables o con la simple curiosidad de encontrar algo que estimule sus sentidos. Quizá una blusa de colores, una lámpara para leer o un sofisticado bolso de cuero. Es el caso de Miriam Fernández, una joven hispano-francesa que vive en La Paz y que ha encontrado en estos bolsos una buena fuente de ingresos. “No sé cómo se me ocurrió, pero me di cuenta de que los bolsos que hay en el mercado de El Alto iban a gustar mucho en mi país”. Y así comenzó a colgar estos productos en páginas de subasta de internet. “Un bolso que en el mercado de El Alto cuesta de 15 a 30 bolivianos, se puede llegar a vender por 150 euros en Francia”. Y es que los productos de estilo “retro” de la feria, en los que poca gente repara, se han convertido en una auténtica revolución en el antiguo continente.

 

Productos de todo tipo

 

El titánico mercado se divide en varias secciones, dependiendo de los productos que allí se vendan. Sin embargo, cuando se está inmerso en la enorme encrucijada, resulta difícil orientarse sin perder el rumbo, pues son miles los puestos que se superponen formando estructuras caóticas. El murmullo de los vendedores, las cumbias trasnochadas que salen de las tiendas o los rugidos de los minibuses cercanos, conforman el carácter del mercado, un lugar donde hasta lo imposible se puede encontrar.

 

Entre los puestos de ropa, frazadas o toallas, se descubren coloridos comedores populares, donde la gente se repone con un suculento charquecán o un pique macho de las fatigas que produce la captura de objetos bajo el intenso sol. El olor de hamburguesas y salchipapas asalta de imprevisto al comprador, en cualquier esquina. Normalmente, las caseras elaboran las ensaladas y las salsas en su casa a primeras horas de la mañana y fríen las salchichas y la carne que acompañan sus platillos según van llegando los clientes.

 

Teresa Aranda es una de las trabajadoras más madrugadoras de la feria. Con las primeras luces va a recoger los fardos que llegan desde Estados Unidos y los dispone a la entrada del mercado, en su lugar de siempre desde hace más de 15 años. Teresa ofrece peluches de todo color y tamaño, medias de primera y segunda mano y bolsos de cuero, de plástico o de tejidos desconocidos. “El día que más saco, puedo conseguir hasta 1.200 bolivianos, pero los días que vendo menos sólo consigo unos 400”.

 

Un poco más adelante, cerca de la venta de artilugios para la cocina, está el comercio de Esther Tórrez. Es uno de los preferidos por las niñas, pues allá, entre carros destartalados y helados de frutas, se encuentra una enorme colección de muñecas. “Las hay desde ocho pesos hasta 130, dependiendo de su calidad y su tamaño”. Fuera del comercio, amontonadas, hay cientos de Barbies desnudas, con el cabello alborotado y elásticas piernas. Sin embargo, dentro de la tienda se encuentran las muñecas más elaboradas, dentro de una caja de plástico, con batería, control remoto y las características más innovadoras del mercado. Estas muñecas, como otros objetos del mercado, provienen de Iquique, Chile, y son recogidas por los vendedores en Oruro. “Lo que hacemos nosotras en la fábrica es elaborar los accesorios y los trajes para estas muñecas”, añade Esther.

 

“Lo que más me gusta de la feria es que conoces a gente de todo tipo”, explica el señor Colque desde el asiento delantero de uno de los minibuses que vende en El Alto. Se le ve satisfecho, rodeado de una veintena de autos de todas las clases. “Éstos vienen de Japón”, dice señalando una larga fila de carros de varios colores. Sin embargo, sabe que el negocio no va del todo bien. “Si hay suerte puedo vender uno o dos al mes, pero normalmente no hay tanta suerte. La crisis afecta a todos”. Eso sí, su cara se ilumina cuando recuerda uno de sus golpes de buena suerte. “Aquella semana vendí tres autos, fue algo increíble dentro de la feria”.

 

La cosmovisión andina

 

La feria 16 de Julio es mucho más que comercio. Asomarse a ella es adentrarse en la cosmovisión andina, donde se vive la ritualidad de las actividades comerciales del mundo aymara. Por las calles, es común escuchar el “rebajame, aumentame”, formas centenarias de entrar en este espacio particular y que de ninguna manera se manejan en un supermercado u otros espacios. La feria 16 de Julio es una recreación de los “Colqa” o tambos de la época colonial, que eran una especie de almacenes de alimentos por donde circulaban gran cantidad de productos.

 

Sin embargo, el verdadero origen de este mercado se remonta a los años 60, cuando las calles que hoy se ven repletas tenían escasos puestos, que casi se podían contar con los dedos de las manos. El auge comenzó más tarde, durante la década de los 80, cuando una fuerte crisis económica asoló el país y hubo un despido general de mineros y empleados públicos. La gente tuvo que buscar sustentos donde se podía. Fue entonces cuando muchos vieron en el mercado una buena forma de salir adelante.

 

Jaime Argueta era uno de ellos. Trabajó durante 10 años con su mujer en una fábrica de joyería. Cuando ésta cerró comenzaron a vender CD en una de las calles céntricas del mercado. “Con lo que sacamos nos da para ir tirando”, explica Jaime, mientras de fondo suena un bolero. Desde aquellos años son muchos los que, como Jaime, se han adueñado de las calles que, a pesar de las crisis, marchas o bloqueos, nunca ha dejado de crecer. Este mosaico de objetos sin aparente orden forman parte, en realidad, de organizaciones sindicales y de confederaciones de gremialistas de todos los sectores, donde hasta el último de los vendedores de botas usadas es libre de expresar sus quejas y defender los derechos de su oficio.

 

Todos parecen tener un espacio natural en el rompecabezas que conforma el gran mercado de El Alto. Sin embargo, un denominador común aqueja a la mayoría de los vendedores: el vandalismo y los robos, que hacen que sus ganancias y ventas no sean tan exitosas. A pesar de estos inconvenientes, la feria de El Alto es una de las más importantes fuentes de ingresos de la ciudad, y son muchos los que recurren a ella para buscar objetos perdidos, hacer sus compras cotidianas o inspirarse para un regalo. Por ello, la Dirección de Turismo quiere hacer de esta feria uno de los principales atractivos de El Alto. Con este objetivo se van a habilitar vistosos carteles indicativos e informativos en diversos lugares del mercado, así como los puntos de seguridad policial, para evitar los robos a turistas.

 

Con estas nuevas ideas, la feria se puede convertir en un punto de encuentro comercial para turistas nacionales y extranjeros. Como fuere, el mercado va a seguir manteniendo su esencia de antaño, donde los códigos propios y los espacios imposibles se mantendrán con el paso de los años, siempre que exista algo que vender.

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Taken on December 4, 2009