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2006

De Bahía Inglesa a Antofagasta:

(O, Cómo No Dejar de Fumar Pedaleando por el Desierto)

 

Introducción

Por la pega me fui a Bahía Inglesa, y se me ocurrió que sería una gran oportunidad ver más de este país en la chancha. Pensé que pude andar hasta Antofagasta, 530 km, en los cinco días que tenía después de mis obligaciones. A la vez, hace mucho que intento dejar de fumar, y me acordé de todos los mitos acerca de los sabios y figuras religiosas encontrando algún tipo de paz o iluminación o nirvana o algo–quizá sea exactamente lo que necesitaba para lograr dejar un hábito que no me conviene como ciclista. También confieso que he tenido un tipo de romanticismo sobre los desiertos; lindos y solitarios, ofrecen un tiempo distinto y un espacio amplio para rumiar cualquier cosa.

Llevé la bici en bus con provisiones para cinco días, botellas plásticas para once litros de agua (me habían contado que es complicado pedir agua en camino, y tiene mucha contaminación por las minas), un montón de comida, ropa para extremos de calor del día, y el frío de la noche, bloqueador, y, pues, lo típico que llevamos para el cicloturismo. A continuación, les ofrezco un manual que se trata de una progresión de malas presuposiciones...

 

El Lunes

Parte de Bahía Inglesa con todo el optimismo en el mundo. Has viajado por muchas partes de Chile, pero nunca más allá de la cuarta región. Esto va a ser un viaje más. Simple. Haz tu primer error: Cómprate cigarros, por si acaso. Subes a lo largo de la costa hasta Chañaral con viento leve en contra, que corta tu primer día a solo cien kilómetros. Pero más que nada, es un tramo bastante normal entre tu experiencia viajando en Chile. La berma es delgadita pero sólida. Cuando los vehículos más grandes te pasan, asústate. La Panamericana no es ideal para cicloturismo, pero es más probable que encuentres ayuda si hay un problema mayor. Cada vez que te bajas de la máquina, te cuesta estar de pie recto. Pero no te preocupes, estás calentando no más (y recuerda como la espalda de repente se sentía rara cuando levantaste el conjunto, 9000 kilos sin agua, por una escalera, pero no importa, solo calentándote). Hace mucho, seis meses que no haces ningún tour, entonces, el plan de pasar por Pan de Azúcar no se puede realizar (pero está bien, ya fuiste con los clientes de Bahía Inglesa). La gente en camino te da datos sobre el frío por la noche temprano en primavera, y compras un par de guantes y otra chaqueta.

 

El Martes

Sal de la residencial a las 7:30, llena las botellas, compra pan amasado, y sigue por Ruta 5, entrando el desierto. A diez kilómetros de la costa, toda evidencia de la vida desaparece. Las nubes duran hasta mediodía. Date cuenta que ahora, cada hora de pedalear trae un dolor a la espalda inferior, y el tobillo izquierdo y la rodilla derecha te están molestando un poco, y la parrilla trasera nueva de TransX es más chanta que la gente que se refiere a sabios y figuras religiosas. Abúrrete cuando tienes que parar, así que enciende un pucho. Extraño, es la misma bici que el año pasado, pero tú tienes un año más, 38. Dite, “No pasa ná. Todo va estar bien,” pero no en voz alta, aún no hablas solo. El viento va en contra hoy también, pero leve como ayer. Las subidas empiezan, y nunca has hecho un paseo con tanto peso (Alrededor de 50 kilos). Muchos automovilistas y camioneros te saludan con la bocina. Quizá sea su manera a decir que te apoyan. Empieza a pensar en esto mucho. Ve que tu velocidad promedio en el computador es muy baja, y empieza a preguntarte si cinco días era factible. Ves la primera ruma redonda de alambre con una quemadura en el pavimento abajo. Pregúntate qué puede ser.

Resulta que, la verdad, el desierto es hermoso. Pasas una cordillera amarilla con rayas negras toda la mañana desde la salida de Chañaral. Almuerza en una “posada,” casas que hacen desayunos y almuerzos principalmente para los camioneros. Cacha que cada una que pasas tiene caleta de casitas en mal estado detrás. ¿Que serán?

Llega a la línea gris en el mapa que distingue la tercera y la segunda regiones. Hasta la línea, tenías una berma perfecta de sobre dos metros, y pah, después del cartel, cero. Carretera–tierra llena de clavos, piedras, rumas de alambre, y dios sabe que más. Tienes dos opciones. Uno, toma el pavimento, y mirar hacia atrás cada 30 segundos a ver si viene un bus o camión. En la ciudad, puedes insistir que la calle es un espacio compartido, pero no acá. Si viene algo, frena y sal de la carretera. Dos, anda por la tierra, lento, con mayor riesgo de accidentes y pinchazos (por la duración del viaje, tienes berma entre 75 y 80 por ciento del tramo). Piensa que eso es malo para la salud, peor, quizás, que fumar.

A las cinco quieres parar para tener tiempo para armar la carpa, cocinar, y limpiar los platos antes que obscurezca. Encuentra un sitio lindo encerrado en cerros chicos 300 m de la carretera para que puedas no escuchar el tráfico y cagar en la mañana sin audiencia. Hiciste 113 kilómetros hoy día, no malo considerando que las subidas eran pesadas y había un poco de viento. Duerme muy, pero muy bien, tanto que

 

El Miércoles

te quedes dormido hasta las 7:30. Querías levantarte a las 5:30. Murmura, “Por la cresta” y alístate rápidamente. Desayuna la segunda vez en otra posada. Saliendo, una mina media fea y media lenta aparece de nada y empieza a preguntarte cosas sobre el viaje y si tienes polola y (¡la ampolleta se enciende arriba de la cabecita!) entiende las casitas detrás de la posada. Los camioneros compran algo más que almuerzo acá. Despídete lo más amable pero rápidamente posible.

A 22 km, se nota que el computador por fin se murió. Habías pensado que eran las pilas antes del viaje, pero no. Cuando paras para arreglar la cuestión, ves que la rueda trasera se soltó, y tiene más movimientos que una bailarina de Rapa Nui. La combinación de rayos usados, peso excesivo, y nada de pegamento en los niples es una fórmula perfecta por tal resultado. Fuma por la frustración. Rearma la rueda, pero más fuerte esta vez. Pierde aún más tiempo parando varias veces a ver si la rueda está bien y descansar la espalda y fumar cigarros. Sin poder contar detalles inútiles en el compu para desviar la atención fuera del los dolores creciendo en la espalda, la rodilla, y el tobillo, cuenta otros datos inútiles, tales como, cuántas revoluciones de la biela por la distancia entera: 125.000. Empieza a contar las rumas de alambre (neumáticos rotos de camiones quemados–¿por qué están quemados?), pero pierde la cuenta altiro.

Llega a una parte plana, muy plana y derecha de 30 km. Hay viento a favor, afortunadamente, pero la monotonía del paisaje empieza a cobrar. Empieza a cantar el soundtrack de Lawrence de Arabia para dar significado, cualquier significado, a esta locura. Pero no recuerdas tanto, entonces gritas los mismos pedacitos una y otra vez. Todo tu romanticismo sobre el desierto ya se fue. A las 14:30 llega a Agua Verde, el único lugar en camino donde puedes comprar agua realmente potable, pero no les queda. La dueña te ofrece agua de la llave, y te asegura que no es mala, así que aceptas. Toma un litro de pepsi, porque no se vende botellas chicas. Demora un montón en salir de la posada, descansando, mirando el mapa, reempacando el agua. Con toda la agua abordo, compra más cigarros, y sal una hora más a pedalear. Pero tienes un pinchazo. Desarma las alforjas, arregla el pinchazo, arma las alforjas. Te queda media hora. Llega a la foto principal en este artículo. Es precioso. Carpa, comida, lavar, fumar, tomar notas, dormir, contento con el sitio. No sabes cómo, después de huevear tanto, pero hiciste otro cien kilómetros–cinco días es muy posible.

 

El Jueves

Levántate a las 5:30, disfruta la salida del sol tomando café y fumando cigarros. Al desarmar la carpa, date cuenta que el viento está creciendo del norte. Pasa las siguientes dos horas subiendo un laaaargo cerro contra el viento que es cada vez más fuerte. Se te ocurre que con cinco alforjas y una mochilla atada detrás, la máquina comparte más propiedades con un volantín que una bicicleta. Y es peor en la próxima bajada. Un par de veces bajando, casi muérete a causa de los vientos que cruzan de repente.

El viento es aún más fuerte. Si los cambios del paisaje eran lentos en los días previos, ahora son soporíferos. “Mira,” dices, ahora en voz alta, “más arena.” Poniendo toda tu fuerza sostenible, con suerte mantienes 11 km por hora. Pero no sabes exactamente. Si tuvieras el computador culiado... Pregúntate a cuál dios measte. El sol llega más alto, y el dolor es insoportable. Tienes que parar más frecuentemente que ayer. El viento sopla con ganas. Tienes que inventar una manera innovadora para encender los puchos, metiendo la cabeza entera en una de las alforjas.

La hora del almuerzo viene y se va, todavía no has hecho ni 60 kilómetros. Lejos en la distancia ves algo, un par de edificios chicos al lado del camino. Una media hora después, llegas a dos paradas de bus, o sea, en cada lado una banquilla con techo. Oh, las cosas que tomamos por sentado. No damos el valor adecuado a cosas simple, pero importantísimas como, por ejemplo, LA SOMBRA. Aunque te mueres de hambre, acuéstate en la sombra por un rato, estirando la espalda y la rodilla. Dulce, dulce sombra. El cuerpo humano no se construye para el desierto. Los sabios se alejaron en el desierto, bueno, por no andando en bici.

Si, escogiste, a lo mejor, la mejor fecha del año, el fin de septiembre, para una viaje así, pero igual es complicado. Si no fuera por el viento, quizá, estarías bien. Pero en el fondo no es el viento, ni el sol, ni el dolor, ni el peso. La guerra en este escenario es sicológica. Tu planificación fue decente, pero no te preparaste para los aspectos más bien sutiles. Mira tu gorro nuevo. Era solo un color, azul, cuando empezaste. Ahora es un arco iris de adversidad: Arriba descolorido por el sol, y rayas de tierra, sudor, sal, y sangre (ayer te pegaste la cabeza en el cartel donde apoyaste la cleta). No te da ganas de sacar la cocinilla, y dudas si funcionaría con el viento. Saca el atún y el pan amasado del martes. Uff..., y solo porque tomas agua mientras masticas, se puede lograr tragar.

La idea de hacer dedo, que habías reprimido todo el día, se empieza a asomar. Te duele todo, estás quemado, no lo estás pasando bien, no estás disfrutando nada, y con este ritmo dudas en serio si tienes suficiente agua. Dejando aparte todas las tesis sobre masoquismo, ¿por qué deberías prolongar el sufrimiento? Puedes rendirte, y en un par de horas estar en Antofagasta, tomando una ducha y una chela.

Pero no. Recuerda un paseo fallido del año pasado, el paso Aguas Negras en la cuarta región que no pudiste alcanzar por muy mala planificación. Si te rindes, vas a ser tan chanta como la parrilla trasera y la gente occidental que se refiere a los mitos de los sabios y las figuras religiosas. Además, sabes que la ducha y la cerveza que tomas estarían menos ricas si llegas a dedo. Para animarte, dices, “te quedan solo 35.000 revoluciones,” pero no ayuda. Igual, súbete y parte otra vez pedaleando.

Tienes berma de nuevo, y la comida te ayudó. Es malo, pero puedes seguir con fantasías casi sexuales sobre la ducha caliente y la chela fría. Ahora, para cada media hora. El viento sigue creciendo, tanto que los cigarros se hacen humo en menos de dos minutos. Y también por el viento no escuchas los camiones hasta que están encima tuyo. Todavía tocan la bocina. Salta con susto cada vez, y muéstrales el otro dedo. Y los que vienen en contra tocan la bocina cuando están directamente al lado. A lo mejor hay algo que no cachas, pero te parece que el ritmo de saludar a distancia involucra dar a la otra persona la oportunidad de responder. Eso significa tocar con suficiente anticipación para que puedas levantar la mano del manubrio. Pero no, lo hacen cuando están a lado. ¿Qué esperan? ¿Que pares y te bajes para saludar a su parachoques trasero? ¿Y si están intentando apoyarte, por qué pasan tan cerca? Aprende, en el fondo del corazón, los significados de todos los garabatos chilenos. Siendo gringo, en tus cuatro años viviendo en Chile, nunca te han servido en el momento para descargar la ira, pero de golpe son tuyos. “¡reconche tu madre weón culiao ándate a la chucha!” ¿Paz? ¿Nirvana? Ja, mejor los garabatos.

Ya estás hablándote solo libremente, saludando a las rumas redondas de alambre, y riéndote de tus propios chistes. Solo quieres llegar. Se ve mal, no tanto por el viaje, sino por tu salud mental. Avanza poco a poco, revolución por revolución. Acuérdate que no deberías tomar las cosas simples por sentado, por ejemplo ahora, la vuelta de la berma. Y cinco km después, desaparece hasta las 17:00 cuando pares. Otro lugar bellísimo. Es maravilloso como surgen los colores en la puesta de sol. Y no hay nada mejor que comer después de pedalear harto. Haciendo la matemática, que cuesta caleta por fatiga, otra vez lograste el mínimo de cien kilómetros. Cacha que con el mismo viento mañana, no puedes llegar a los últimos 115 km, no hay ni bastante agua ni recursos mentales. Todas las noches previas el viento se murió con la llegada del oscurecer. Pero no esta noche, sopla igual, pero en todas direcciones. Mala señal.

 

El Viernes

Pero te despiertas y encuentras una vista surrealista. Hay una tormenta eléctrica adelante, que está, por el momento, chupando el VIENTO A FAVOR, combinado con una pendiente levemente abajo. Estás en puro éxtasis. Ni siquiera sientes dolor por dos horas. Vuela como un águila, un avión, un cohete, a la velocidad de la luz. Qué buena idea venir al desierto Entre las 7:00 y las 9:00 haces 60 km, que no es tanto, pero en comparación con ayer... Para en la Mano del Desierto, una escultura de un mano enorme que sale de la tierra, como si fuera un dios cubierto por arena, tratando de salvarse. Come lo que queda de ciruelas secas y maní. Y, adivina, cuando te subes la bici, el viento está en contra otra vez. Ya sabes exactamente a cuál dios ofendiste. Pero no importa, quedan solo 55 kilómetros a Antofagasta, y hay una bomba de bencina alrededor de 40 km de la Mano del Desierto. Te vuelve un poco el optimismo. Considera escribir un artículo para Contrapedal robando el estilo de Lorrie Moore. Tómate fotos con sonrisas forzadas para mandar a la familia y amigos mientras paras a descansar las lesiones. Tres horas después llegas a la bomba, destruido. Todo tu castellano se deshace y comunicas que quieres una bebida y galletas con gestos y gruñidos. Bota las botellas y basura y la chaqueta extra que te costó 3 lucas y que te queda muy chica...y mal. Celebra la llegada a la civilización con otro cigarro. Solo quedan 18 km, y sabes que va a ser cuesta abajo heavy. Doblas para tomar la bajada, y FUCK!, es el peor viento del viaje, directamente de la costa. Y aquí el tráfico es muy agresivo. Los dos toques breves en la bocina se reemplazan por una nota larga e insistente. Pasan como que te quieren matar. Te sale un mantra, un grito de guerra, para superarlo. “Almuerzo a las dos, Almuerzo a las dos, Almuerzo a las dos.” Y por fin, después de los 18 km más costosos emocionalmente en la vida hay micros, casas, mar. Siéntate a las 13:40 en el primer lugar que encuentras en el centro de Antofagasta con mesas afuera. Sandwhich, café, gente. Ya no hables solo.

Y un poco después, ve que era verdad–tomas la ducha más rica de la vida, y nunca jamás has tomado una chela tan buena.

 

Conclusión

Fue la cosa más estúpida que he hecho arriba de una bicicleta, pero no lo cambiaría por nada. Me afectó mucho más de lo que pueda explicar, pero por lo menos quiero intentar decir algo en resumen. Todos nosotros, los que andamos en bici, por la naturaleza de la actividad, tendemos a privilegiar los procesos sobre las metas, la manera en que llegamos más que el hecho bruto de la llegada. Y eso es bueno, creo yo, y no solo por el ciclismo sino también por la vida. Es como si tuviéramos escrito en el cuerpo un énfasis en calidad en lugar de la obsesión cultural en cantidad. Pero a través del romanticismo feo, se puede distorsionar esto en algo absurdo. Si divorciamos las metas de los procesos, también sacamos los valores. O sea, sin el valor de llegar, no puede ser un viaje. Cada paso implica una dirección, y cada dirección se dirige a alguna parte. Cada respiración implica que la vida vale la pena. La maniobra chanta quema la casa para matar a un ratón, pretende que basta un momento, El Aquí y El Ahora puro. Así que se pierde el futuro y el pasado y la mera gracia de las calidades de los procesos se castra. El jueves había alcanzado un momento en que solo quería llegar, una señal que las cosas iban en un camino menos que ideal–supongo que ese es el punto, la vida tampoco es ideal. La posibilidad de dolor en el camino pertenece al paquete de partir en cualquier dirección, y se puede seguir por el conjunto necesario del valor del proceso y la meta.

Escribiendo esto en Santiago, me pregunto qué es lo que pasó. Los que viajan mucho en bici saben que lo que hice no era tan extremo bajo condiciones normales. ¿Extrema? No, pa ná. Extremo fue la vuelta en bus, 16 horas arriba sin poder fumar.

 

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Taken on September 26, 2006