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Caoba [Mahogany] (Swietenia macrophylla) | by barloventomagico
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Caoba [Mahogany] (Swietenia macrophylla)

Lugar: El Paraíso, al este de Higuerote, Barlovento, centro norte de Venezuela.

 

Place: El Paraíso, east from Higuerote, Barlovento, north-central Venezuela.

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Sobre la Caoba y el Cedro he escrito lo que sigue

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Hay en Venezuela dos árboles grandes muy apreciados por los ebanistas por sus maderas finas. Se trata del caobo o caoba (Swietenia macrophylla) y el cedro (Cedrela odora), los cuales se dan en muchas zonas de Barlovento sin problemas, a pesar de que no gustan demasiado de las tierras húmedas.

 

El caobo y el cedro pertenecen a la misma familia, hecho que tal vez explique la frecuencia con que aparecen juntos en la literatura, como sucede, por ejemplo, en «Peonía», considerada por muchos como la primera novela venezolana de raigambre nacional, donde su autor, Manuel Vicente Romero García, al describir uno de los valles del Tuy, resaltaba la presencia de «cedros seculares y caobos gigantescos, envueltos en mantos de enredaderas, esmaltados de topacios y rubíes y amatistas; rosa-cruz de cuyas raíces manan los arroyos que se convierten en cascadas bulliciosas» (Romero, 1966 [1890], p. 12).

 

El caobo, que da su nombre al conocido Parque Los Caobos de Caracas, puede llegar a medir hasta 50 metros de altura, en tanto que el cedro es de menor porte, de unos 30 a 40 metros de alto. Es de señalar que en Venezuela hay otra especie de caobo, de nombre científico Swietenia mahogani, introducido en nuestro país desde las Antillas, de donde es oriundo, por lo cual se le llama «Caobo de las Antillas», el cual «se diferencia de S. Macrophylla por ser de menor altura, generalmente de 10 a 20 m. de alto», en tanto que sus frutos «son notablemente más pequeños» (Hoyos, 1987 [1983], p. 224). Por cierto que decía Irma Casale que el Consejero Lisboa, diplomático brasileño que escribió una interesante relación sobre un viaje que hizo a Venezuela a mediados del siglo XIX, habría mencionado los caobos «entre las frutas que venden en el mercado», agregando que «no entendemos a que se puede referir, ya que la fruta de lo que hoy conocemos por Caoba, no es comestible, es leñoso» (Casale, 1997, p. 115) (una foto del fruto de la caoba se puede ver aquí). Es el caso, sin embargo, que entre las legumbres y frutas que mencionaba el susodicho Consejero, al menos las del mercado de Caracas, no encontramos los caobos (Lisboa, 1992 [1866], p. 49).

 

Sobre las cualidades de la caoba, aseveraba Henri Pittier que «la madera es de grano fino, rica en colores, variando desde el amarillento claro hasta el rosado o rojo oscuro. Se trabaja con facilidad, tuerce poco, adquiere un magnífico pulimento... Además de hacerse un gran consumo en el país, se exporta en cantidades bastante considerables» (Pittier, 1970 [1926 y 1939], p. 184). Otras características importantes de la caoba son su resistencia a los parásitos, como las termitas, y a la humedad, lo cual hizo que en el pasado se utilizara en la construcción de embarcaciones. En cuanto al cedro, el mismo autor decía algo parecido a lo que señalaba para su prima la caoba, al señalar que su «madera es liviana... de color rojizo, de sabor amargo, y es susceptible de un hermoso pulimento. No la ataca la polilla y se usa extensamente en toda clase de trabajos de ebanistería y carpintería; tiene mucha aceptación en los mercados del exterior» (Pittier, 1970 [1926 y 1939], p. 199).

 

Por las cualidades señaladas, ambas especies han sido sometidas desde siglos atrás a una explotación inclemente que tal vez las hubiese llevado al borde de la extinción, de no ser por el hecho de que una y otro se reproducen fácilmente por semillas, las cuales tienen un poder germinativo muy alto, ya que de cada diez de ellas, entre ocho y nueve germinan (Hoyos, 1974, p. 120 a 123). Sucede además que tanto el cedro como el caobo son árboles «de larga vida» (Hoyos, 1987 [1983], p. 222 y 224). Sin embargo, en el «Libro rojo de la flora venezolana», si bien el cedro se señala sólo como «vulnerable», la caoba es considerada en cambio una especie «en peligro crítico», ya que «las deforestaciones la han confinado a muy pocos relictos, los cuales no cuentan con ninguna política de protección por parte del Estado» (Varios Autores, 2003, p. 253 y 255). Con todo, todavía no ha llegado a ser una rareza en ciertas regiones del país, incluidas algunas zonas Barlovento.

 

La caoba es el árbol emblemático del Estado Portuguesa y el cedro lo es del Estado Barinas, lo cual señala a su vez que los Llanos y el piedemonte oriental de los Andes constituyen ambientes naturales propicios para la propagación de ambas especies. Un cedro famoso llevaba el apellido del conquistador mestizo Francisco Fajardo, fundador del primer asentamiento español en el valle de Caracas y, tal vez, también en Barlovento, específicamente cerca o en donde hoy día está el pueblo de Chuspa. Sobre el árbol en cuestión se ha afirmado que «en la Cuadra de Bolívar, en Caracas, casa en que habitó el Libertador en su niñez, existió este famoso cedro, que llevó el nombre del primer poblador de Caracas. El tronco de este árbol estaba lleno de inscripciones en castellano, latín y francés. Fue derribado en 1851, levantándose hoy un vástago que pasa de los cuarenta años» (Schmidke, 1955, p. 72).

 

Arropado entre cedros y robles era como el poeta Pedro Lhaya visualizaba, en su nostalgia, a su querido Río Chico natal. Así lo expresó en la siguiente estrofa del poema titulado «La ciudad apabullada»:

 

«Entre altos cedros y altos robles viejos,

como pequeña niña consentida,

te has asomado hoy a mis recuerdos,

pobre ciudad en el tiempo consumida.»

(Lhaya, 1950, p. 34)

 

Para el escritor y crítico literario y de arte Oscar Rojas Jiménez, nacido en San José de Barlovento en 1910, el cedro traía, en cambio, reminiscencias de olores agradables, como expresaba en unos versos de su «Canto final al barco de Mirta» que dicen «Sólo recuerdo, ¿recuerdas? / El dulce barco de cedro perfumado», o igualmente en su «Canto a la colina de los pobres», donde aludía de nuevo al cedro y también a la caoba, como se puede leer en la siguiente estrofa:

 

«Alegres iban mis amigos luminosos,

los amigos de Dios sobre la Tierra,

los que en las manos doloridas llevan

el rojo olor de la caoba agraria

y la huella viva del cedro perfumado.»

(Rojas, 1954, p. 50 y 51)

 

Muchos siglos antes de que estos autores existieran, en el imaginario indígena caribano todo lo que había en la naturaleza, fuera ello animal, vegetal, mineral o fenómeno natural, tenía un espíritu acompañante, en tanto que todas las cosas o seres de una misma especie o género tenían un espíritu dueño o abuelo que velaba por ellos y actuaba como su protector. Podía, en consecuencia, desatarse el enojo y la venganza de éste si se le hacía daño, por ejemplo, a un animal o a una planta determinada, de modo que al emprenderse una cacería o la tala de árboles o una cosecha había ritos, ceremonias y otras prácticas dirigidas a neutralizar a esos espíritus para evitar su venganza, e incluso a ganárselos para asegurarse por adelantado los buenos resultados de la actividad por realizar.

 

Esta creencia indígena en los espíritus de la naturaleza y en su capacidad de incidir voluntariamente en la vida de las personas está seguramente en la base de algunos relatos en los cuales las plantas aparecen como protagonistas, cobrando vida generalmente para frustrar las malas acciones de los humanos o para castigarlas. He transcrito, a modo de colofón, una de esas historias con profundas raíces en nuestro pasado en las cuales las plantas, para estupor de la gente, actúan como ésta lo hace muchas veces, sea a la defensiva o a la ofensiva, en ocasiones sin consecuencias mayores pero en otras no. Su autor es otro escritor barloventeño, nacido en Curiepe en 1907, de nombre Juan Pablo Sojo. El texto dice así:

 

La caoba deambulante

 

«Sabido es que en maderas preciosas Barlovento es otra Guayana. Y precisamente la sombra acostumbrada en los cacaotales, aparte de los floridos eritrynas, son el cedro y con mayor profusión la caoba. Años atrás, en los días de post guerra mundial, el comercio de la madera adquirió proporciones gigantescas. El precio del metro cúbico de las más valiosas especies que tanto abundan en Barlovento se cotizaba al máximum; mientras el cacao, principal cultivo de la región, descendía a una valoración vergonzosa, lo que obligó a muchos hacendados a vender sus arboledas preciosas en pie, sin tomar en cuenta el destrozo que ocasionara el derribarlas a la hacienda. Y allí el continuo derrumbe de grandes árboles cuyas voces al caer desgarraban el alma arisca del campo, y donde quiera se improvisaba un aserradero donde se le hacía la vivisección a aquellos gigantes selváticos. Allí había que decir con el poeta Antonio Arráiz: “¡olía a carne de árboles...!”, porque el aire se saturaba del olor de las diversas savias, de la sangre generosa de los árboles corpulentos.

 

Pero aconteció que bien pronto las haciendas fueron clareándose, y todo adquirió aspecto de grandes eriales en formación. Ya no quedó nada que hacer en las arboledas de cacao. Había que buscar maderas en la montaña. Comenzaba la persecución del árbol. Las cuadrillas de “buscadores” invadían en todas direcciones el monte, cargando monstruosas sierras, torniquetes, gruesos cordeles... Eran los ejecutores de esa terrible Hermandad enemiga de la herejía vegetal, cuyas víctimas pletóricas eran los cedros, caobas, apamates, pardillos... Y las voces de dolor de la fragante entraña desgarrada por el hacha, precedía el trueno de la caída, cuyos retumbos se sucedían uno tras otro... Y entonces fue que comenzó a cundir la especie del “árbol que camina”.

 

Esta novedad fue traída al pueblo por los aserradores que se arriesgaban montaña adentro, duraban tres y cuatro días en la búsqueda y luego regresaban al pueblo para volver por más tiempo a la montaña. Ellos acostumbraban marcar los árboles que después echarían al suelo. Y un día se tropezaron con una caoba gigantesca. Algo excepcional, nunca visto en sus vidas de aserradores. Aquel enorme espécimen produciríales holgadamente dos o más metros cúbicos de preciosa madera, que luego de aserrada en forma rudimentaria arrastrarían los bueyes hasta el río. Y en estos cálculos marcaron dicho árbol y dejaron abierta la “pica” por donde llegaron hasta él...

 

Mas el día que volvieron con todos los instrumentos de tortura, sólo hallaron arbustos y tupidos bejucales. Extrañados, no se desanimaron por ello. Siguieron adelante. Su misión era encontrar árboles, derribar árboles, vender árboles... Y cuando ya cansados llegaron a un claro de la montaña, claramente distinguieron la misma caoba con sus anchurosas ramas y toda su corpulencia, meciéndose suavemente en una no muy distante colina. Pero para llegar hasta allá tuvieron que atravesar el lecho de una antigua quebrada, donde, entre paréntesis, habían algunas huellas de “mano de plomo”... Pero el maderero no le teme al tigre. Ascendieron la colina y con tamaña sorpresa el misterioso árbol había desaparecido!... Y así otros días y otros madereros se topaban sucesivamente con el tal árbol cuyas señas coincidían en las explicaciones que se daban los hombres.

 

Cualquiera puede averiguar entre los madereros de Barlovento lo relacionado con esta extraña historia que da pie para suponer que la montaña se vengaba» (Varios Autores, 1959, p. 241-243).

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Bibliografía citada

 

Casale, Irma. 1997. «La fitotoponimia de los pueblos de Venezuela». Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela. Caracas.

 

Hoyos, Jesús. 1974. «Arboles cultivados de Venezuela». Sociedad de Ciencias Naturales La Salle. Caracas.

 

Hoyos, Jesús. 1987 [1983]. «Guía de árboles de Venezuela». Sociedad de Ciencias Naturales La Salle. Caracas.

 

Lhaya, Pedro. 1950. «Testamento del corazón». Ediciones Contrapunto. Caracas.

 

Lisboa, Miguel María. 1992 [1866]. «Relación de un viaje a Venezuela, Nueva Granada y Ecuador». Biblioteca Ayacucho. Caracas.

 

Pittier, Henri. 1970 [1926 y 1939]. «Manual de las plantas usuales de Venezuela y su suplemento». Fundación Eugenio Mendoza. Caracas.

 

Rojas Jiménez, Oscar. 1954. «Canto al trópico americano». Ediciones del Ministerio de Educación. Caracas.

 

Romero García, Manuel Vicente. 1966 [1890]. «Peonía». En: Subero, Efraín. 1966. «Manuel Vicente Romero García». Academia Venezolana de la Lengua. Caracas.

 

Schmidke, Jorge. 1955. «Breve antología del árbol. Poesía - Miscelánea». Ministerio de Agricultura y Cría. Caracas.

 

Varios Autores. 1959. «El Estado Miranda, sus tierras y sus hombres». Ediciones del Banco Miranda. Caracas.

 

Varios Autores. 2003. «El libro rojo de la flora venezolana». Provita – Fundación Polar – Instituto Botánico de Venezuela. Caracas.

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Taken on December 2, 2008