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8 - Arrendajo [Yellow-rumped Cacique] (Cacicus cela) | by barloventomagico
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8 - Arrendajo [Yellow-rumped Cacique] (Cacicus cela)

Lugar: Izcaragua Country Club, Autopista Caracas-Guarenas, centro norte de Venezuela.

 

Este fue, sin duda, uno de los visitantes al bucare más llamativos.

El árbol de cuyas flores se alimenta es un Bucare ceibo (Erythrina poeppigiana).

 

Sobre el arrendajo tengo escrito lo que sigue.

 

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Arrendajo [Yellow-rumped Cacique] (Cacicus cela cela)

  

La combinación de negro y amarillo en sus diversas tonalidades, desde el amarillo pálido hasta el anaranjado, pasando por el verdoso, es muy común en la avifauna venezolana. En Barlovento el ave más popular entre las portadoras de esos colores es, sin duda, el Arrendajo (Cacicus cela), también denominado Arrendajo Común para diferenciarlo de otros que portan aquél nombre, especie que se destaca por «las vivaces melodías que silban, y por el arte de remedar las voces que oyen» (Bastidas, 1987, p. 123). Julio Calcaño señalaba acertadamente que Arrendajo venía del verbo arrendar (Calcaño, 1950 [1896], p. 371), uno de cuyos significados es el de «remedar la voz o las acciones de alguien» (Real Academia Española, 2001, Tomo I, p. 213), lo cual, según sostenía Agustín Codazzi, hacen los Arrendajos con el canto «de todos los animales, aun el rebuzno del asno» (Codazzi, 1960 [1841], Volumen I, p. 198). Es por ello que Lisandro Alvarado decía que el Arrendajo es un ave «mui diestra en arrendar o contrahacer todo grito, voz o sonido que oiga» (Alvarado, 1984 [1929], p. 527). Por extensión, «el término se aplica a las personas que no tienen ideas y repiten lo que oyen a otros» (Calcaño, 1950 [1896], p. 371), aunque en la actualidad se les diría más bien loros.

 

Esa facultad imitativa de nuestro Arrendajo no parece tener una clara finalidad específica. Sin embargo, en el caso del Arrendajo europeo (Garrulus glandarius), ave también imitadora de la cual el nuestro obtuvo su nombre, a pesar de no ser familia ya que aquél es un córvido y éste un ictérido, sí presentaría una motivación muy evidente, ya que dicha ave dicen que tiene la muy antipática manía de destruir «los nidos de algunas aves canoras, cuya voz imita para sorprenderlas con mayor seguridad» (Real Academia Española, 2001, Tomo I, p. 213). Tal conducta pendenciera, sobre cuya incidencia hay quienes afirman que se ha exagerado un poco (Alonso, 2006, p. 10), generalmente busca eliminar la competencia de otras especies por la comida, por lo cual tal vez no tendría objeto para el Arrendajo americano, habitante de una tierra muy pródiga donde el alimento no sólo ha alcanzado, sino que muchas veces hasta ha sobrado para cubrir el sustento diario de todas sus criaturas emplumadas, de modo que su capacidad imitativa probablemente le sirva para otras cosas, como por ejemplo para burlarse de sus congéneres al hacerse pasar por lo que no se es, práctica por lo demás muy frecuente entre los humanos, sobre todo los que se dedican a la política.

 

Sea lo que fuere, lo cierto es que nuestro arrendajo pareciera disfrutar mucho con sus remedos, diversión que, lamentablemente, le ha resultado tan contraproducente como el canto y la pinta al Turpial, ya que ésa es una de las principales razones por las cuales se le atrapa para ser vendido. De esta suerte los cazadores, tratándose de Arrendajos, no dudan en valerse de cualquier medio que les permita capturar a los adultos y alcanzar a los pichones en sus nidos, no obstante que estas aves suelen colocarlos «alto en las ramas cerca de avispas» agresivas (Phelps y Meyer, 1979 [1978], p. 350). Esos nidos, tejidos a manera de bolsas que recuerdan la forma de las pimpinas, se pueden ver agrupados en los árboles más altos, ya que los Arrendajos acostumbran anidar en colonias. Además de las cualidades anteriores, el Arrendajo es notable por «su elegante cuerpo y bello plumaje negro lustroso, con excepción de la parte inferior de la espalda y algunas plumas del ala, que son amarillo vivo» (Röhl, 1956 [1942], p. 343), lo mismo que el bajo vientre, según se puede ver en la foto, así como sus llamativos ojos azules.

 

La literatura barloventeña, en consonancia con la gran popularidad del ave en la región, le ha dedicado abundante prosa y poesía, comenzando por Juan Pablo Sojo, ese hijo de Curiepe nacido en 1907, escritor y folklorista apasionado por el estudio de la cultura negra venezolana y de su Barlovento querido, autor de una novela titulada «Nochebuena negra». Allí, por ejemplo, la sazón del erotismo, omnipresente en su obra, acudió también al Arrendajo para expresarse en un párrafo en que Emeterio soñaba con Deogracia desnuda, viéndola como «una Venus trigueña, olorosa a arrendajos y a jazmines de hacienda» (Sojo, 1976 [1930], p. 20), para luego involucrar al ave (descrita en tres trazos precisos) directamente en el devaneo amoroso de los personajes, como se puede apreciar en el párrafo que se transcribe a continuación:

 

«Emeterio divertía a otras mujeres, entre las cuales se hallaba Deogracia, mostrándoles un lindo arrendajo recién cogido en una jaula de golpe... Deogracia se quedó un instante sola con Emeterio, y él aprovechó para sacar su pañuelo oloroso y mágico. Deogracia sonrió dulcemente. Entre el calor de sus manos de adolescente se acurrucaba el arrendajo con su plumaje gualdinegro y el pico que parecía cincelado en oro. Los azules ojos del pájaro ejercían sobre ella cierta fascinación» (Sojo, 1976 [1930], p. 30-31).

 

En otro capítulo Sojo presentó la onomatopeya barloventeña de una variante del canto del ave al decir que «el pilar cucú de los arrendajos dejaba oír sonoras sartas de perlas y silbos desafiantes antes de internarse en las haciendas para hundir sus picos sonoros en el cobre fragante de las naranjas» (Sojo, 1976 [1930], p. 106). Para expresar los avatares contrastantes de la vida, tanto de los animales como de la gente, Sojo también se valió, entre otros recursos, de los nidos de estas aves, primero en registro bucólico, cuando «los arrendajos salmodiaban desde sus nidos colgantes el soplo tenue de la brisa que los balanceaba, anunciando la caída de la tarde» (Sojo, 1976 [1930], p. 120), para después pasar a las consecuencias lamentables de la furia desatada de los elementos naturales cuando, luego de una tormenta, «los arrendajos y gonzalitos, desde los bucares mutilados, lloraban desafiantes la pérdida de sus nidos» (Sojo, 1976 [1930], p. 126), y concluir en la cruenta lucha cotidiana entre depredador y presa, al relatar que «los arrendajos enmudecían, huyendo de las clareadas copas de los bucares, donde las hojas pendían inhóspitas, y sus nidos parecían colgajos deshechos, saqueados por la gula de las macaguas que ateridas en la mojada hojarasca, buscaban las tibias nidadas, piantes de asustados pichones, cargadas de huevos en los extremos de las ramas» (Sojo, 1976 [1930], p. 131).

 

Como se trata de una especie muy gregaria que conforma grupos numerosos, esos nidos, cuya cantidad puede variar entre «alrededor de 6 y 75», en realidad los «colocan muy juntos unos a otros, algunos entrelazados» (Hilty, 2003 [2002], p. 826), de manera tal que están a lo largo de toda la rama y no sólo en las puntas. También el nido de los arrendajos dio la pauta a Sojo para referirse con aire de chanza a la senilidad, cuando graficaba unas «mujeres viejas, con los senos bamboleantes como nidos de arrendajo» (Sojo, 1976 [1930], p. 113). Por cierto que la señora Deery de Phelps decía que en las agrupaciones que forman estas aves «los machos ejercen sólo la función de guardián de la colonia, mientras que todo el trabajo de construir los nidos, incubar y alimentar a los polluelos corresponde a las hembras» (Deery, 1999 [1954], p. 72), sucediendo a veces que los pichones resultan ser más bien de Tordo Pirata (Molothrus oryzivora), especie llamada así (un ejemplar se puede ver aquí) porque en su caso la hembra es tan perezosa que sus huevos los «pone en las colonias de Conotos y Arrendajos, para que les incuben los huevos y les críen los pichones» (Phelps y Meyer, 1979 [1978], p. 349).

 

En Julio Febres Cordero, un hijo adoptivo de Barlovento que fuera su cronista oficial en los años setenta del siglo XX, la fantasía volaba con el ave cuando anotaba que «la imaginación se me escapó tras el llameante carbón de un arrendajo» (Febres, 1985, p. 46), mientras que Fray José Tornero, autor de una biografía del cura Zapico, párroco de San José de Río Chico (hoy día San José de Barlovento) en los años 20 y 30 del siglo XX muy recordado por su gran generosidad y su afanosa actividad en favor de su comunidad, hacía entender que se trataba de una de las expresiones más fidedignas de la foresta barloventeña cuando refería que «una bandada de arrendajos pasó con estridencias de música selvática» (Tornero, 1952, p. 38).

 

En la poesía de Pedro Lhaya, autor de inspiración profunda, a la vez universal y arraigada al terruño, quien sin duda podría ser considerado como el mejor de los poetas barloventeños del siglo XX, el ave volvió a tener connotaciones sensuales en el verso de «La tarde contigo» que dice: «te ven mis ojos / y el arrendajo que canta en la rama / del mandarino rojo» (Lhaya, 1975, p. 23). Este autor también identificaba al arrendajo con el amanecer en un verso de su «Invitación a Dilse para un viaje nocturno» según el cual «el indio duerme hambriento; / el negro va a dormir hasta la diana azul del arrendajo» (Lhaya, 1955, p. 86), connotación que también le daba en sus «Octosílabos» ese otro poeta y cuentista llamado Oscar Rojas Jiménez —para mayores señas nacido en 1910 en San José de Barlovento—, aunque lo hacía de modo más directo, pues para él, simplemente, «el arrendajo anuncia la mañana campesina» y el inicio de la jornada del labriego, en tanto que «en las horas cristalinas / el apamate florece / en arrendajos sonoros» (En: Escalona, 1966, p. 675-676).

 

Y, ciertamente, la sonoridad es una de las características más resaltantes de esta ave. Saber que un Arrendajo anda por allí es muy sencillo, ya que su canto no sólo es tan particular que resulta inconfundible, sino porque lo hace con unos decibeles tan altos que sería casi imposible no escucharlo, estando en su repertorio, entre otras piezas, una «compleja y áspera canción que puede durar hasta 20 minutos, incluidos estrepitosos silbidos, chasquidos e imitaciones, tales como sonidos de aves, ranas, máquinas, etcétera» (Restall, 2007 [2006], Vol. 1, p. 750), lo cual, en estos tiempos de raperos, puede resultar en realidad muy divertido.

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Bibliografía citada

  

Alonso, César Luis. 2006. «Arrendajo – Garrulus glandarius (Linnaeus, 1758)».

 

Alvarado, Lisandro. 1984 [1929]. «Glosarios del bajo español de Venezuela». En: «Obras completas». Tomo I. La Casa de Bello. Caracas.

 

Bastidas, Arístides. 1987. «Nuestros compañeros de hábitat». Ernesto Armitano Editor. Caracas.

 

Calcaño, Julio. 1950 [1896]. «El castellano en Venezuela. Estudio crítico». Ministerio de Educación Nacional. Caracas.

 

Codazzi, Agustín. 1960 [1841]. «Obras escogidas. Volúmenes I y II». Ediciones del Ministerio de Educación. Caracas.

 

Deery de Phelps, Kathleen. 1999 [1954]. «Cien de las más conocidas aves venezolanas». Fundación Avensa. Caracas.

 

Escalona Escalona, José Antonio. 1966. «Antología general de la poesía venezolana». Ediciones Edime. Caracas.

 

Febres Cordero, Julio. 1985. «Cuenterío barloventeño». Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos. Los Teques.

 

Hilty, Steven. 2003 [2002]. «Birds of Venezuela». Princeton University Press. Princeton y Oxford.

 

Lhaya, Pedro. 1955. «Caminos de la sangre». Impresiones Guía C. A. Caracas.

 

Lhaya, Pedro. 1975. «Cantar del amor, de la noche y el mar». Imprenta Universitaria. Caracas.

 

Phelps, William H. Jr. Y Rodolphe Meyer de Schauensee. 1979 [1978]. «Una guía de las aves de Venezuela». Gráficas Armitano. Caracas.

 

Real Academia Española. 2001. «Diccionario de la lengua española». Tomos I y II. Editorial Espasa Calpe. Madrid.

 

Restall, Robin. 2007 [2006]. «Birds of Northern South America. An identification guide». Volúmenes 1 y 2. Yale University Press. New Haven y Londres.

 

Röhl, Eduardo. 1956 [1942]. «Fauna descriptiva de Venezuela (Vertebrados)». Nuevas Gráficas. Madrid.

 

Sojo, Juan Pablo. 1976 [1930]. «Nochebuena negra». Biblioteca Popular Mirandina – Gobernación del Estado Miranda. Los Teques.

 

Tornero, José. 1952. «Barlovento, cruz y gloria del padre Zapico». Imprenta Urania. Madrid-Caracas.

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Taken on November 2, 2008