Mochuelo de hoyo [Burrowing Owl] (Athene cunicularia minor)

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Lugar: El Paraíso, al este de Higuerote, Barlovento. El mochelo se asomó sólo lo necesario para ver quien pasaba frente a su hoyo. En todo caso, yo no andaba por allí con intención de fotografiarlo a él, pero tampoco iba a perder la oportunidad que voluntariamente me dio. ¡Gracias mochuelito!

Place: El Paraiso, East of Higuerote, Barlovento, north-central Venezuela. The owl only put out its eyes to see who was passing in front of its hole. In any case, I was not looking for it, but if it gave me voluntarily the opportunity I was not going to loose that occasion. Thanks, little owl.
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Sobre el Mochuelo de hoyo he escrito el texto que sigue
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Mochuelo de hoyo [Burrowing Owl] (Athene cunicularia)

El Mochuelo de hoyo es un simpático miembro de la familia Strigidae el cual sólo habita en América, desde Canadá hasta Argentina. Es muy fácil de identificar por varias peculiaridades que lo diferencian de otras especies de lo que se conoce generalmente como aves rapaces nocturnas, como la de mantenerse activo no sólo de noche sino asimismo de día, conducta que, cabe advertir, no es sólo suya ya que tiene otros parientes que también la practican, como sucede con nuestra conocida Pavita ferrugínea (Glaucidium brasilianum).

No sucede lo mismo con su singular costumbre «de construir galerías de un metro o metro y medio de longitud y 50 cm de profundidad o más. Sin embargo, a veces la longitud del túnel supera los tres metros» (Gómez, 1994, p. 75). De allí le viene lo de Mochuelo de hoyo, lo mismo que las denominaciones «Mochuelo excavador» y «Mochuelo de madriguera», esta última recomendada por la Unión Española de Ortnitología, en uso en algunos otros países latinoamericanos, equivalente al nombre utilizado en inglés, ya que «burrow» significa madriguera. Esas cuevas el ave puede cavarlas cuando el suelo no es muy compacto, pero en caso contrario no dudará en apropiarse de alguna madriguera abandonada por algún mamífero pequeño, entre los cuales estaría, según parece desprenderse del epíteto de su nombre científico, el conejo («cuniculus» en latín).

Otros nombres del ave, como el de Sijú o Cuco de sabana, utilizado en Cuba, o bien el mexicano de Tecolote llanero, se derivan de su hábitat preferido, que son los terrenos planos en zonas más bien áridas. En los Llanos venezolanos suelen ubicarse en los lugares más elevados, a salvo de las inundaciones de la estación lluviosa, formando incluso colonias, a veces numerosas, de varias parejas cada una de ellas con su propia madriguera, gregarismo que constituye otra de sus características únicas dentro de esta familia. Se les puede ver durante el día de pie sobre los promontorios que marcan la entrada de sus habitáculos o asomando apenas la cabeza fuera del hoyo, atentos a lo que pasa a su alrededor, como lo está el de la foto. Por ello se les califica de «terrestres», ya que pasan mucho tiempo en el suelo, aunque ocasionalmente se perchean en alguna rama cercana, desde donde pueden lanzarse sobre presas eventuales.

El nombre de «Mochuelo» se lo pusieron los españoles por un primo suyo muy parecido a él bastante bien distribuido en Europa, conocido en España como Mochuelo común (Athene noctua), el cual debería esa denominación a su cola corta o «mocha» («chucuta» diríamos en Venezuela), o tal vez por no tener «cuernos», es decir, penachos de plumas en la cabeza. En inglés se le llama «Little Owl», que podría traducirse como Mochuelito. Sin embargo, como en ese idioma «owl» se aplica a toda ave de las familias Strigidae y Tytonidae, también podría traducirse como Buhito o Lechucita, para no hablar de los Cárabos y Autillos, que son otros nombres utilizados para designar en español a algunas lechuzas y búhos.

Esta diversidad de términos ha generado gran confusión, ya que no hay reglas claras para su uso. Así por ejemplo, aunque es frecuente decir que los búhos se diferencian de las lechuzas por tener, entre otras cosas, un par de penachos de plumas sobre la cabeza, llamados orejas por algunos, resulta que en el género Megascops (anteriormente Otus), representado en nuestro país por varias especies conocidas como «Curucucú», las hay con y sin penachos, en tanto que la llamada Lechuza Estigia (Asio stygius) exhibe dos prominentes penachos. Por otra parte, suele señalarse que las lechuzas tienen la cara con forma de corazón, como sucede con la muy conocida Lechuza de campanario (Tyto alba), único representante de la familia Tytonidae en Venezuela. Pero resulta que, salvo ésta, ninguna de las aves llamadas lechuzas en nuestro país tiene la cara igual o parecida. También se dice que las lechuzas tienen los ojos oscuros, aunque hay varias de las así llamadas que los tienen amarillos. Más aún, sucede a veces que dentro de un mismo género, como los Megascops y los Pulsatrix, hay especies con ojos de diferente color, unas veces pardos y otras de un amarillo encendido.

Era precisamente de este último color que los antiguos griegos se imaginaban los ojos de Atenea, su diosa de la sabiduría, quien paradójicamente lo era también de la guerra, hecho desconcertante para nosotros ya que, hoy en día, no nos podría caber duda que una de las cosas más reñidas con la Sapiencia es la de creer que pueda haber soluciones bélicas a los grandes conflictos de la humanidad. Se trataba ciertamente de los ojos de una de esas rapaces nocturnas cuya aguda visión nada deja escapar, la cual prefiere permanecer apartada, como lo haría un sabio, en lugares tranquilos, ave que solía ser representada junto con la diosa.

Ahora bien, sucede que a través de los siglos se ha ido formando un gran embrollo en los textos en español en torno a la identidad de tal ave, ya que las palabras para designarla, tanto en griego (glaux) como en latín (noctua), son genéricas, es decir, se aplican por igual a búhos, lechuzas y mochuelos, de modo que los traductores pueden elegir a su propio gusto cualquiera de ellos.

Inicialmente la más seleccionada fue la lechuza, según un interesante escrito al respecto que asienta que «la tradición viene, efectivamente de antiguo; por ejemplo, figura ya en la traducción al castellano de la Metafísica de Aristóteles realizada por Enrique de Villena en 1428» (Rodríguez, 2006, p. 104). Posteriormente se puso en boga llamarlo búho, lo cual «se debió a las traducciones al castellano del filósofo alemán Hegel, que llamaba al ave de Atenea Eul, que en alemán es término genérico para búho y otras especies emparentadas, y que los traductores al castellano de su obra vertieron como “búho”, y no como “lechuza”» (Rodríguez, 2006, p. 106). No nos resultará para nada extraño, entonces, que el recordado periodista Arístides Bastidas, quien fuera un gran divulgador de temas científicos, dijera, refiriéndose específicamente a los búhos, que su costumbre de tomar muy quietecitos el sol de vez en cuando, como «quien se hunde en grandes reflexiones, hizo que los griegos los estimaran como el emblema de la sabiduría, colocándolos a la diestra de Palas, la diosa pagana de esta virtud» (Bastidas, 1987, p. 121).

Pero no, el ave de Palas Atenea no era ni búho ni lechuza, sino el ya mencionado primo cercano que le prestó su nombre a nuestro gracioso Mochuelo de hoyo (Una interesante infografía sobre el tema se puede ver aquí). Para un pajarero de nuestros días ello sería obvio, ya que el nombre de su género (Athene) hace referencia sin duda a la diosa en cuestión, de modo que Athene noctua, nombre científico del Mochuelo común europeo, o más precisamente euro-asiático-africano, debería ser traducido en buen cristiano como «Mochuelo de Atenea». Más aún, «la identificación del ave de Atenea no deja lugar a dudas, gracias tanto a las descripciones de las fuentes escritas como, sobre todo, a sus frecuentes representaciones escultóricas, pictóricas y en monedas (la más reciente en la de un euro de curso legal [verlo aquí]), donde el ave sustituye a la imagen de la propia diosa» (Rodríguez, 2006, p. 107 y Lechuza, 2001-1 y 2). De allí que, además de Palas Atenea, se le conozca igualmente como Atenea Glaukopis, que significa «la de los ojos de Mochuelo».

Y hablando de ojos, hay en el folklore español un cuento que concluye con una moraleja muy pertinente, en el cual uno de los protagonistas es un mochuelo. Se titula «El Mochuelo y el Gato» y fue recopilado por Diego José Penacho, siendo el informante un saleroso anciano de 80 años de Algar, Cádiz, de nombre Pedro Guerra. Dice así:

«Esto era un mochuelo y era una noche muy mala, con mucho frío y mojada. Vio una luz muy lejos y dice:
—Yo me voy a acercar a ver qué es aquello.
Y era el chozo de un gato. Y le dice el mochuelo:
—¿Me puedo quedar esta noche aquí?
—Sí, entra para adentro.
El mochuelo entró y se sentó en una silla. El gato estaba tumbado en la ceniza y miraba de vez en cuando al mochuelo.
Por la mañana le dijo el gato:
—Amigo, esta noche has dormido poco.
Y el mochuelo le contestó:
—Cuando el amigo es incierto hay que dormir con un ojo cerrado y el otro abierto» (Guerra, 2009).

Como se puede apreciar, en España el Mochuelo es bastante popular, siendo «Oliva» otro de los nombres que allí le dan, ya que al parecer le gusta esconderse perchado en los arbolitos de olivo, de donde viene el antiguo dicho según el cual «cada mochuelo a su olivo», utilizado «para indicar que ya es hora de recogerse», o para «dar a entender que cada cual debe estar en su puesto cumpliendo con su deber», o, en fin, «para indicar la acción de separarse varias personas que estaban reunidas, volviendo cada una a su casa o a su lugar de partida o procedencia» (Real Academia Española, 2001, T. 2, p. 1518). Para Julio Calcaño, que me enteré por referencia de nuestro colega fotógrafo de aves Lorenzo Calcaño que era su tío bisabuelo, esa expresión era equivalente a «ser un mochuelo», que definía entre nosotros al «individuo misántropo, que se deja ver raras veces» (Calcaño, 1950 [1896], p. 403-404), en tanto que para Rocío Núñez y Francisco Pérez era una fórmula obsoleta referida a la «persona poco sociable y que raras veces se reúne con otras» (Núñez y Pérez, 2005 [1994], p. 340).

Cabe destacar que, en todo caso, ninguna de tales características sería aplicable a nuestro Mochuelo de hoyo, ya que éste es uno de los pocos de su familia que no sólo son sociables, según ya se dijo, sino que resultan relativamente fáciles de ver. Es realmente divertido encontrárselos fuera de su hoyo, exhibiendo sus largas piernas, girando su cabeza de un lado a otro y posando luego la mirada de sus grandes ojos amarillos sobre el observador, para luego parpadear con donaire y girar de nuevo la cabeza para otear hacia otro lado. Si uno se aproxima a una distancia que el Mochuelo de hoyo considere demasiado próxima, comenzará a mover la cabeza hacia arriba y abajo y a flexionar las piernas, lo cual acompañará con un leve llamado de alerta si uno insiste en acercarse. Si no hacemos caso de sus advertencias veremos con seguridad cómo «se aleja súbitamente una corta distancia con un vuelo ondulante» (Hilty, 2003 [2002], p. 363), repitiendo el mismo comportamiento en su nueva ubicación, pudiendo eventualmente terminar perchado en una rama o poste cercanos si uno persiste en no atender a sus admoniciones.

Todo lo anterior lo pude comprobar cuando lo encontré por primera vez en Barlovento, zona para la cual no estaba reportado hasta entonces. Fue en la urbanización El Paraíso, al este de Higuerote, el 7 de abril de 2008. Se trataba probablemente de una hembra, ya que en una de las visitas que después le hice vi asomarse fuera de la madriguera a un par de volantones. Algún tiempo después encontré a otra familia a poca distancia. Parece, sin embargo, que las persistentes lluvias de este año los hicieron mudarse a otro sitio, porque ya no los he visto más.

Los Mochuelos de hoyo se alimentan de insectos y otros artrópodos y de «pequeños mamíferos, lagartijas, culebras, anfibios y alacranes» (Phelps y Meyer, 1979 [1978], p. 132), es decir, básicamente de animales considerados en gran medida como dañinos para el ser humano, de modo que podría resultar muy útil tenerlo como vecino. Cabe resaltar que se trata de un oportunista que «come diferentes presas dependiendo de la disponibilidad en su hábitat y de la época del año» (Cheng, 2001, p. 3), lo cual quedó sorprendentemente claro en una investigación adelantada por el Departamento de Zoología de la Universidad de Florida, según refería una reseña publicada por el diario El Mundo de Madrid que decía así:

«Una especie de mochuelo que vive en el continente americano se ha revelado como un auténtico maestro en el uso de una peculiar y olorosa herramienta: los excrementos de los mamíferos. Gracias a ellos, consigue una gran parte de su dieta alimenticia.
La astuta táctica de esta ave es colocar las deyecciones cerca de su madriguera y esperar a que aparezcan los escarabajos del estiércol. Gracias a esta técnica, tiene cerca de casa y, a golpe de pico, una considerable cantidad de proteínas.
El caso estudiado es en Florida, donde los insectos tienen unos dos centímetros. Gracias al estudio, se ha comprobado que el 65% de la dieta del mochuelo es el escarabajo del estiércol. Los expertos han demostrado que el mochuelo coloca los excrementos con la finalidad de comerse los escarabajos, porque cuando les quitaban las deyecciones de la puerta de sus guaridas, la dieta de escarabajos disminuía considerablemente. Por el contrario, aumentaba en el caso de volver a colocarle el estiércol». Advirtamos rápidamente, por si acaso alguien estuviese preocupado por los mochuelitos, como los denominaba Lisandro Alvarado (Alvarado, 1984 [1929], p. 1.141), que no fue necesario abrirles el estómago para hacer la cuantificación de su dieta, ya que, según asentaba el redactor de la nota, «es fácil saber qué come una rapaz nocturna gracias a las egagrópilas, unos bolos estomacales que regurgitan con los restos de las presas que no han sido digeridos. Al abrirlos, se pueden ver los huesecillos, pelos y otras partes de sus presas que no puede digerir» (Catalán, 2004).

No puede caber duda, por tanto, de que don Julio Calcaño se equivocó al afirmar que «el mochuelo es torpe» (Calcaño, 1950 [1896], p. 403). Antes bien, parece ser sumamente diestro, al menos en eso de agenciarse en diario sustento.
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Bibliografía citada

Alvarado, Lisandro. 1984 [1929]. «Glosarios del bajo español de Venezuela». En: «Obras completas». Tomo I. La Casa de Bello. Caracas.

Calcaño, Julio. 1950 [1896]. «El castellano en Venezuela. Estudio crítico». Ministerio de Educación Nacional. Caracas.

Catalán Deus, Gustavo. 2004. «El astuto y oloroso cebo del Mochuelo». En: «El Mundo». Año XV. Nº 5381. Jueves 2 de setiembre de 2004. Madrid. Visto el 20 de enero de 2009 en: www.elmundo.es/papel/2004/09/02/ciencia/1686746.html

Cheng, Christina. 2001. «Athene cunicularia». Animal Diversity Web. Visto el 20 de enero de 2009 en:
animaldiversity.ummz.umich.edu/site/accounts/information/...

Gómez Carredano, José Luis. 1994. «Las aves de presa de los llanos venezolanos». Lagoven. Caracas.

Guerra, Pedro. 2009. «El mochuelo y el gato». Visto el 20 de enero de 2009 en:
www.weblitoral.com/archivo de textos/palabras-mayores/cuentos-de-animales/copy33_of_la-que-no-sabia- remedar

Hilty, Steven. 2003 [2002]. «Birds of Venezuela». Princeton University Press. Princeton y Oxford.

Lechuza. 2001-1. «La lechuza de Minerva en monedas atenienses». Visto el 20 de enero de 2009 en: www.lechuza.org/zoo/mon02.htm

Lechuza. 2001-2. «La lechuza de Atenea en la moneda de un euro emitida por Grecia». Visto el 20 de enero de 2009 en: www.lechuza.org/zoo/mon03.htm

Núñez, Rocío y Francisco Javier Pérez. 2005 [¿1994?]. «Diccionario del habla actual de Venezuela. Venezolanismos, voces indígenas, nuevas acepciones». Universidad Católica Andres Bello. Caracas.

Phelps, William H. Jr. Y Rodolphe Meyer de Schauensee. 1979 [1978]. «Una guía de las aves de Venezuela». Gráficas Armitano. Caracas.

Real Academia Española. 2001. «Diccionario de la lengua española». Tomos I y II. Editorial Espasa Calpe. Madrid.

Rodríguez-Noriega Guillén, Lucía. 2006. «Intentando socavar una falsa creencia: la identidad del Ave de Atenea». En: «STUDIVM. Revista de Humanidades». Nº 12. Pág. 103 a 111. Universidad de Zaragoza. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de Teruel. Zaragoza. Disponible en:
dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2541986
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  1. Villa Semadhi Bali 48 months ago | reply

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  8. iztetl 46 months ago | reply

    hola kisiera saber si podrias aportar algunas otras caracteristicas de estas aves, como su tamaño y coloracion del plumaje cuando son pequeños, cosas asi, grasias

  9. monchoparis 37 months ago | reply

    increible, vaya ojos !! enhorabuena :-)

  10. ChelseaLane_2009 37 months ago | reply

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  14. Inatil 36 months ago | reply

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