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Anuncio en Life - Tu mirada pone nombre a todo lo que es verdadero | by Antonio Marín Segovia
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Anuncio en Life - Tu mirada pone nombre a todo lo que es verdadero

Canciones sin su música

 

Porque te voy a ver tal vez mañana

y porque aún palpita aunque dolido el tiempo

por un instante pacto con mi historia

puedo al fin dar tu rostro a este abandono

poner mi nombre a aquél que desangraste

llamar mi vida a este naufragio

saber que fue todo verdad tu amor

y fue tu desamor verdad del todo

eras tú quien me alzaba de la sombra

y hecha sombra impensable eras tú quien me hería

confieso que te quise salvadora o maligna

mi esplendor o mi muerte eran tu ministerio

y yo te amaba en todos tus poderes

todo lo supe fue ese abismo el que quise

y hoy todavía para mí ya no hay mañana

sino por la violencia con que espero

por mi bien o mi mal volver a verte

una vez más una sola vez más

siempre una sola siempre

una misma vez más.

 

 

 

 

 

 

 

Confesión

 

El día,

está tan bello

que no puede mentir:

comemos de su luz nuestro pan de verdad.

 

Su cuerpo se desciñe

y se tiende y se ofrece.

Esta dicha no engaña: nada quiere.

 

Di: ¿no es más fuerte

que nuestro amor altivo de la muerte

esta sencilla gracia equilibrada

que nada

ejerce?

 

Pero cuánto pavor,

violenta alma mediata,

te infunde todavía esa burlona voz

que a solas te susurra «estás salvada».

 

No, no,

tu destino ni ha muerto ni es tu esclavo.

Soberbia y Miedo, confesad:

la vida toda fue verdad.

 

 

 

 

 

 

Contra mi tacto evocador me afano...

 

Contra mi tacto evocador me afano.

Con los más duros y ásperos pertrechos

he trabajado hasta dejar deshechos

por el hierro los dedos de esta mano.

 

Los quiero embrutecer, pero es en vano;

en sus fibras más íntimas, maltrechos,

aún guardan la memoria de tus pechos,

su tibia paz, su peso soberano.

 

Ni violencias ni cóleras impiden

que fieles y calladas a porfía

mis manos sueñen siempre en su querencia,

 

ni mil heridas lograrán que olviden

que acariciaron largamente un día

la piel del esplendor y su opulencia.

 

 

 

 

 

 

 

Desnuda aún, te habías levantado...

 

Desnuda aún, te habías levantado

del lecho, y por los muslos te escurría,

viscoso y denso, tibio todavía,

mi semen de tu entrada derramado.

 

Encendida y dichosa, habías quedado

de pie en la media luz, y en tu sombría

silueta, bajo el sexo relucía

un brillo astral de mercurio exudado.

 

Miraba el tiempo absorto, en el espejo

de aquel instante, una figura suya

definitiva y simple como un nombre:

 

mi semen en tus muslos, su reflejo

de lava mía en luz de luna tuya

alba geológica en mujer y hombre.

 

 

 

 

 

 

 

Dicho a ciegas

 

Di si eran éstas las palabras

Míralas bien

Córtalas con cuidado

Y vamos a guardarlas

Sepultadas debajo de la casa

Tesoro rescatado

Devuelto al culto

Palabras guarecidas

Mantenidas en vida

Que de secreto se alimentan

Reverenciadas en su catacumba

Ocultas mientras dure afuera

la locura lasciva del lenguaje

Para sólo sacarlas

Cuando pisemos el silencio soberano

En la omnisciente noche de la afasia

Y antes de que la clave se nos borre

Mirarlas un instante en su esplendor

Carne verbal viviente en el silencio

Inmaculadas concepciones

Rompedoras del círculo vicioso

Otra vez mediadoras

Para que se hagan mutuos mediadores

Dos que dicen tú y yo

Antes de que la noche del amor los borre

Mas todo está fundado si al borrarse se hablan.

 

 

 

 

 

 

 

Dime mujer dónde escondes tu misterio...

 

(Para Luci Fernández de Alba, que se sorprendió)

 

Dime mujer dónde escondes tu misterio

mujer agua pesada volumen transparente

más secreta cuanto más te desnudas

cuál es la fuerza de tu esplendor inerme

tu deslumbrante armadura de belleza

dime no puedo ya con tantas armas

mujer sentada acostada abandonada

enséñame el reposo el sueño y el olvido

enséñame la lentitud del tiempo

mujer tú que convives con tu ominosa carne

como junto a un animal bueno y tranquilo

mujer desnuda frente al hombre armado

quita de mi cabeza este casco de ira

cálmame cúrame tiéndeme sobre la fresca tierra

quítame este ropaje de fiebre que me asfixia

húndeme debilítame envenena mi perezosa sangre

mujer roca de la tribu desbandada

descíñeme estas mallas y cinturones de rigidez y miedo

con que me aterro y te aterro y nos separo

mujer oscura y húmeda pantano edénico

quiero tu ancha olorosa robusta sabiduría

quiero volver a la tierra y sus zumos nutricios

que corren por tu vientre y tus pechos y que riegan tu carne

quiero recuperar el peso y la rotundidad

quiero que me humedezcas me ablandes me afemines

para entender la feminidad la blandura húmeda del mundo

quiero apoyada la frente en tu regazo materno

traicionar al acerado ejército de los hombres

mujer cómplice única terrible hermana

dame la mano volvamos a inventar el mundo los dos solos

quiero no apartar nunca de ti los ojos

mujer estatua hecha de frutas paloma crecida

déjame siempre ver tu misteriosa presencia

tu mirada de ala y de seda y de lago negro

tu cuerpo tenebroso y radiante plasmado de una vez sin titubeos

tu cuerpo infinitamente más tuyo que para mí el mío

y que entregas de una vez sin titubeos sin guardar nada

tu cuerpo pleno y uno todo iluminado de generosidad

mujer mendiga pródiga puerto del loco Ulises

no me dejes olvidar nunca tu voz de ave memoriosa

tu palabra imantada que en tu interior pronuncias siempre desnuda

tu palabra certera de fulgurante ignorancia

la salvaje pureza de tu amor insensato

desvariado sin freno brutalizado enviciado

el gemido limpísimo de la ternura

la pensativa mirada de la prostitución

la clara verdad cruda

del amor que sorbe y devora y se alimenta

el invisible zarpazo de la adivinación

la aceptación la comprensión la sabiduría sin caminos

la esponjosa maternidad terreno de raíces

mujer casa del doloroso vagabundo

dame a morder la fruta de la vida

la firme fruta de luz de tu cuerpo habitado

déjame recostar mi frente aciaga

en tu grave regazo de paraíso boscoso

desnúdame apacíguame cúrame de esta culpa ácida

de no ser siempre armado sino sólo yo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

El extranjero

 

No le toques los pechos Extranjero

A esta sombra con fiebre que esta noche

Anocheció tan hembra

Por los linderos de los residentes

Todo el verano es de ellos

Escúchalos dichosamente extraviados

Sin saber cómo hacer

Para entender bajo sus propias voces

Este lamento de la plenitud

Que tan claro se oye en tu silencio

Y tienes que vagar a solas

Por las quietas afueras de su fiesta

Y poner sólo ecos distantes

En tu ramo nocturno en la sombra cortado

Y bañarte tan solo en murmullos de espumas

No saben que su amo

Tiene en ti un siervo más

Que también el verano te devuelve un rato

Tu corazón con llaga

Nadie sabe aquí el nombre

De tu amor extranjero

Y tienes que alejarte al borde de la noche

A decirlo a sus muertos

Que duermen allá afuera y que piensan en ti

Tras sus pesados párpados cerrados.

 

 

 

 

 

 

 

El quemado

 

De la mañana a la tarde

me consumes, sol; me secas

con tu gran ojo sin alma;

pero así la noche al fin

halla en mí el duro carbón

que no podrá disolver,

y al corazón seco vuelve,

sombría y fresca, la savia

que blanca le sorbió el día.

 

 

 

 

 

 

 

En brazos de la noche

 

Está ya oscurecida la hermosura;

los árboles desnudos

se mecen en la sombra,

y un gran silencio vela suspendido.

 

En brazos de la noche

se guarda y perpetúa la promesa del día,

la prometida plenitud del día

que cumple en sólo prometerse

un don que nos inclina,

y nos fuerza, y nos basta.

 

De noche la hermosura a solas habla;

a solas en el aire solo

late oculto el ardor de su promesa

sin cesar renovada.

 

Y a través de la noche,

desde el oscuro fondo de su entraña,

nos guía y acompaña

heridos de esperanza, al nuevo día,

 

nuevamente a cumplir bajo el sol nuevo

su plenitud igual y suficiente

de prometida nuestra sin fin, siempre la misma.

 

 

 

 

 

 

 

En las fuentes

 

Quién desteje el amor

Ése es quien me desteje

No es nadie

El amor se deshace solo

Como la trenza del río

destrenzada en el mar

No estoy de amor tejido

Estoy tejido de tejerlo

 

De sacar de mis íngrimos telares

Este despótico trabajo

Eternamente abandonando

el fleco que se aleja

A la disipación y su bostezo idiota

Y sólo escapo de su horror

Recogiéndome todo sin recelo

En el lugar donde nace la trama.

 

 

 

 

 

 

Encarnaciones

 

Hundido el rostro en tu cabello, aspiro

el sofocante aliento de la noche

que allí estancado humea y flota como el sueño.

Todo el inmenso espacio pesadamente yace

sobre esta tibia tierra adormecida,

sobre el cuarto y el lecho y nuestros miembros,

y la casi secreta agitación

que mueve nuestros pechos.

No respiramos aire, respiramos silencio;

un gran silencio inmóvil

que cubre nuestra piel desnuda

como oscuros aceites.

Y de pronto,

siento que mi ternura me desborda y anega,

que también con la sombra te acaricio,

y te abrazo también con el espacio,

y te rozo los labios con el aire;

que toda esta solícita violencia

es también este vasto silencio conmovido

que arrojado de bruces encima de nosotros

se asoma a nuestro amor,

y lo recorre entero un estremecimiento,

sollozo cálido, ala del destino.

 

 

 

 

 

 

 

Entre los tibios muslos te palpita...

 

Entre los tibios muslos te palpita

un negro corazón febril y hendido

de remoto y sonámbulo latido

que entre oscuras raíces se suscita;

 

un corazón velludo que me invita,

más que el otro cordial y estremecido,

a entrar como en mi casa o en mi nido

hasta tocar el grito que te habita.

 

Cuando yaces desnuda toda, cuando

te abres de piernas ávida y temblando

y hasta tu fondo frente a mí te hiendes,

 

un corazón puedes abrir, y si entro

con la lengua en la entrada que me tiendes,

puedo besar tu corazón por dentro.

 

 

 

 

 

 

 

La música

 

A Alicia Urreta

 

No se ve por ningún lado la fuente de silencio

el estanque de sombra la secreta semilla de tiempo

de donde ella ha debido levantarse

sigilosa descalza alada

mujer blanca y desnuda con un antifaz negro

en su danza de suspiros jugando con el fuego

música silencio viviente tesoro de irónicas monedas puras

chorro de enigmas deslumbrantes surtidor de inquietud

música boca sellada diosa que nada dice

por qué me clavas en el alma este imposible

de qué me estás hablando

qué atávica locura quieres hacerme confesar

qué serpiente dormida quisieras despertarme

adónde me arrastras por este túnel en que has convertido el tiempo

no te rías no huyas deja de socavar la tierra bajo mis pies

adónde quieres precipitarme

música abismo luminoso insidioso amor

música vibración de la ausencia lluvia de heridas

lluvia de claros venenos

lluvia de mudas preguntas sin respuesta

por qué me encadenas así al latido del tiempo

ah insensata avasalladora soy tu esclavo sonámbulo

espérame déjame tocarte enloquezco de libertad

dónde tenía yo estas oscuras entrañas que me acaricias

dónde estaba mi pureza límpida como el rayo

y que recibo ahora de tus manos de agua

música radiante de confusión

mina de luz lenguaje que gravita y gira

lenguaje astral silencio al fin solar

lenguaje movedizo bandada de señas y de risas

sigue durando no te acabes vive

sigue sigue fundando este imperio de éter

no te mueras fuera de ti apenas toque el mundo

va a disiparse este bloque de bondad que ha hecho de mí tu amor

espera llama helada no te vayas

acaba de decir la última sílaba termina esa palabra

materialízate detente formula ya el enigma

qué dices qué decías

ah no me arrebates ya tan fugitivo este blanquísimo dolor...

 

 

 

 

 

 

 

La semana sin ti

 

Quisiera haber nacido de tu vientre,

haber vivido alguna vez dentro de ti,

desde que te conozco soy más huérfano.

 

¡Oh! gruta tierna,

rojo edén caluroso.

Qué alegría haber sido esa ceguera!

 

Quisiera que tu carne se acordara

de haberme aprisionado,

que cuando me miraras

algo se te encogiese en las entrañas,

que sintieras orgullo al recordar

la generosidad sin par con que tu carne

desanudaste para hacerme libre.

 

Por ti he empezado a descifrar

los signos de la vida,

de ti quisiera haberla recibido.

 

 

 

 

 

 

Lluvia estival

 

En la apartada noche ya sin nadie,

tibia, agitada, leve cae la lluvia,

sola para sí sola.

 

Íntima bailarina por la noche,

misteriosa, alocada,

gime allá, vuela, ahoga aquí una risa,

caprichosa musita, se interrumpe,

juguetona, inquietante,

viene y va, calla, desde lejos torna

con sonreídas lágrimas,

va a decir algo que en suspiro muere.

 

Y huyendo con susurros

y voces de sirena,

deja en el aire un mórbido perfume

de amor difunto en punzante recuerdo,

 

y en el alma el errático, incurable,

secreto amor de todas las derivas...

 

 

 

 

 

 

Miel, aceite

 

Una mancha de miel tiñe la luz

Al tocar la ciudad

Que aun dormida elabora

 

Desde aquí arriba

Se la ve desbordar

Sus ondas caldeadas

Hacia la falda donde el monte

Inicia su inocencia ociosa

 

Tumbadas y abrazadas en el tiempo

La ciudad y la luz

Sin cesar se digieren una a otra

 

Por fin entiendo que un verano

Tanto tiempo esperado ha vuelto así

 

El cielo y la babel mezclan sus aires

 

Bellamente viciada

La rubia luz espesa

Unta las coyunturas

A su nivel es donde el mundo es uno

 

Hundidos en su dulce aceite

Nos deslizamos fuera de su ligadura

Al nivel de una miel

Donde amor y cimiento

Giran uno en el otro sin fractura.

 

 

 

 

 

 

 

Modesto deshaogo

 

Estoy más triste que un zapato ahogado

estoy más triste que el polvo bajo los petates

estoy más triste que el sudor de los enfermos

estoy triste como un niño de visita

como una puta desmaquillada

como el primer autobús al alba

como los calzoncillos de los notarios

triste triste triste de sonreír como un bobo desde los rincones

de ver tallar las cartas en redondo saltándome siempre a mí

de todo lo que se dicen y se dan y se mordisquean en mis narices

estoy harto de quedarme con el saludo en la boca

de salir bien dibujado entre la muchedumbre

para que me borre siempre el estropajo de su roce

de no estar nunca en foco para ningunos ojos

de tener tan desdentada la mirada

de navegar tras la línea del horizonte

con mis banderitas cómicamente izadas

no puedo más de no ser nunca nadie

de que no me dejen jamás probarme otra careta que la de ninguno

de no irrumpir de no alterar el oleaje

de no curvar jamás un tren de ondas

de no desviar a mis corrales la palabra suelta

de que nunca me caiga a mí la lotería de un vuelco visceral

De no poblar ni el más vago sueño ocioso

De saber que ningún mal pensamiento tendrá ya más mi rostro.

Estoy hasta aquí de la avaricia de los privilegiados

de que quieran para ellos solos toda la juventud

todos los influjos en las cosas del mundo

todo el favoritismo de la puta alegría

toda la iniciativa de renuevo y capricho

de que se apropien sin escrúpulos la plusvalía de calor y encuentros

todo el capital de risa y de coloquio

que repartido con justicia

alcanzaría de sobra para alimentarnos a todos

a todos los hambrientos de carne de comunión

y sedientos de vino de comunión

a todos los que están tristes

como faldones arrugados que les cuelgan a los otros

en fin estoy jibosamente desolado

de haber envejecido sin seguro de vida

sin seguro de nombre

sin cavar mi guarida en el espeso ahorro

de no haber cobrado el billete cuando la vida se asomaba a mirarme

de haber tirado siempre deudas al cesto sin mirarlas

y lo que quiero decir es que estoy a fin de cuentas

terriblemente triste de que no me hayáis perdonado.

 

 

 

 

 

 

No volverá

 

No volverá

como el calor que el pan exhala,

esta mitad ya de tu vida,

no volverá a entibiarte aquella sangre

que ya corrió.

 

Inhábil como un niño,

tu jaula mal cerrada sus pájaros dispersa;

al viento van tus días,

despedazados aleteos.

 

Lo que ha sido tu vida,

sobre la tierra ahora tiene menos peso

que la huella de un beso

posada en una frente.

 

O como una palabra

(menos aún que un beso);

¿y a quién se la dirás?

¿a quién le confiarás que amaste, odiaste,

tuviste un día el tiempo entre tus brazos?

El nombre del pasado no quiere decir nada

si no es para los labios que lo dicen.

 

Buscarás en el peso del silencio

lo que el presente duramente trenza,

y para tener algo entre las manos,

no dirás «he vivido»,

no hablarás esas sílabas

que conmueven tan fugitivamente al aire...

 

 

 

 

 

 

 

Otra vez en tu fondo empezó eso...

 

Otra vez en tu fondo empezó eso...

Abre sus ojos ciegos el gemido,

se agita en ti, exigente y sumergido,

emprende su agonía sin regreso.

 

Yo te siento luchar bajo mi peso

contra un dios gutural y sordo, y mido

la hondura en que tu cuerpo sacudido

se convulsiona ajeno hasta en su hueso.

 

Me derrumbo cruzando tu derrumbe,

torrente en un torrente y agonía

de otra agonía; y doblemente loco,

 

me derramo en un golfo que sucumbe,

y entregando a otra pérdida la mía,

el fondo humano en las tinieblas toco.

 

 

 

 

 

 

 

Palabras de allá

 

Salí y me entretuve afuera durando días y días;

noches sin noche ni día envuelto en un manto arable

hecho de todas las estaciones

contra la inclemencia de la intimidad.

El muro en que me apoyé, teñido de los matices

de todos los musgos del tiempo, era sin color

y era el espesor y el peso del tiempo.

Un intenso enjambre de oro estallaba

dispersándose en el aire claro y volvía a ser

el centelleo palpitante de oro de sus ondas irradiadas.

Lo que tocaban los ojos,

disuelto por la mirada se tornaba invisible;

y la mirada corría con el alborozo del ímpetu liberado;

pero danzaba, no huía, regresaba a danzar,

abrazaba en la dicha lo visible

que en su transparencia no se ocultaba,

se daba a ver pero abierto y desnudo

a los ojos solos del abrazo.

Recogí del polvo unas palabras secas

(no eran éstas, ni eran otras que éstas) y les dije que sí.

 

 

 

 

 

 

 

Purificado

 

En la noche por fin,

sombrío oasis de los tórridos

arenales del día, largamente,

me he sumergido,

y he disuelto la sal de la tristeza,

y me he purificado

el corazón mordido de impaciencias.

 

Con los miembros ligeros

lavados por la sombra,

salgo al paso del tiempo libremente.

Ahora ya no tengo retención,

ni designios, ni errante

gimo desposeído.

 

Y toda esta hermosura desbordante,

ahora abandonada,

 

si con asentimiento le sonrío,

como mía me expresa.

 

 

 

 

 

 

 

Qué sabes tú, qué sabes tú apartada...

 

¿Qué sabes tú, qué sabes tú apartada

injustamente en tu cruel pureza;

tú sin vicio, sin culpa, sin bajeza,

y sólo yo lascivo y sin coartada?

 

Rompe ya esa inocencia enmascarada,

no dejes que en mí solo el mal escueza;

que responda a la vez de mi flaqueza

y de que tú seas hembra y encarnada;

 

que tengas tetas para ser mordidas,

lengua que dar y nalgas para asidas

y un sexo que violar entre las piernas.

 

No hay más minas del Bien que las cavernas

del Mal profundas; y comprende, amada,

que o te acuestas conmigo o no eres nada.

 

 

 

 

 

 

 

Sé que no sabes que recuerdo tanto...

 

Sé que no sabes que recuerdo tanto

tu piel untuosa y pálida, amasada

con fiebre y luna, y tu boca abrasada,

blanda y jugosa y salada de llanto,

 

y tu implorante gesto de quebranto,

sobre tu frigidez crucificada

y agradecida y tierna aunque insaciada,

y mi esfuerzo patético entretanto,

 

y el amor con que entonces se volvía

tu largo cuerpo de impecable diosa

en su halo de luz y denso efluvio

 

y ofrecías sensual a mi porfía

la masa de las nalgas prodigiosa,

guiando mi mano hacia tu pubis rubio.

 

 

 

 

 

 

 

Si te busco y te sueño y te persigo...

 

Si te busco y te sueño y te persigo,

y deseo tu cuerpo de tal suerte

que tan sólo aborrezco ya la muerte

porque no me podré acostar contigo;

 

si tantos sueños lúbricos abrigo;

si ardiente, y sin pudor, y en celo, y fuerte

te quiero ver, dejándome morderte

el pecho, el muslo, el sensitivo ombligo;

 

si quiero que conmigo, enloquecida

goces tanto que estés avergonzada,

no es sólo por codicia de tus prendas:

 

es para que conmigo, en esta vida,

compartas la impureza, y que manchada,

pero conmovedora, al fin me entiendas.

 

 

 

 

 

 

 

Soplos en la noche

 

Aquí contra mi piel el soplo

de tu respiración dormida

Y al otro lado afuera

El susurro del viento errante por la noche

Que trae de los trasfondos la efusión solitaria

Del tumulto callado de las cosas

Y entre uno y otro soplo

Con las alas abiertas cayendo por el tiempo

La extensión del abrazo

de un dichoso yo mismo de musical ausencia

Que bebe un hondo río de amor y de misterio

Cuyas dos manos son

Dos alientos disímiles.

 

 

 

 

 

 

 

Souvenir

 

A solas en mi cuarto

Busco en la oscuridad

Un eco de tu nombre

Estoy de pie desnudo

Camino y siento esto

Adentrarme desnudo en una sombra

Acogedora y ávida y a eso

Yo lo he llamado siempre con tu nombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tu carne olía ricamente a otoño...

 

Tu carne olía ricamente a otoño,

a húmedas hojas muertas, a resinas,

a cítricos aceites y a glicinas

y a la etérea fragancia del madroño.

 

Hábil como una boca era tu coño.

Siempre había, después de tus felinas

agonías de gozo, en las divinas

frondas de tu deseo, otro retoño.

 

Te aflojabas de pronto, exangüe y yerta,

suicidada del éxtasis, baldía,

y casta y virginal como una muerta.

 

Y poco a poco, dulcemente, luego,

absuelto por la muerte renacía

tu amor salvaje y puro como el fuego.

 

 

 

 

 

 

 

Tus ojos que no vi nunca en la vida...

 

Tus ojos que no vi nunca en la vida

turbarse de deseo, ni saciados

dormirse tras la entrega, ni extraviados

mientras gimes loca y sacudida;

 

tu oreja, dulce concha adormecida

que no alojó a mi lengua de obstinados

embates de molusco; tus negados

cerrados labios de piedad prohibida.

 

que hurtan tu lengua, rica pesca extrema,

ni fueron nunca abiertos la diadema

de coral húmeda y abrasadora

 

que por tu rey mi miembro coronase:

yo mismo en todo esto, hora tras hora,

mi muerte fundo y a mi mal doy base.

 

 

 

 

 

 

Tus pechos se dormían en sosiego...

 

Tus pechos se dormían en sosiego

entre mis manos, recobrando nido,

fatalmente obedientes al que ha sido

el amor que una vez los marcó al fuego;

 

tu lengua agraz bebía al fin el riego

de mi saliva, aún ayer prohibido,

y mi cuerpo arrancaba del olvido

el tempo de tu ronco espasmo ciego.

 

Qué paz... Tu sexo agreste aún apresaba

gloriosamente el mío. Todo estaba

en su sitio otra vez, pues que eras mía.

 

Afuera revivía un alba enferma.

Devastada y nupcial, la cama olía

a carne exhausta y ácida y a esperma.

 

 

 

 

 

 

 

Un momento estoy solo: tú allá abajo...

 

Un momento estoy solo: tú allá abajo

te ajetreas en torno de mi cosa,

delicada y voraz, dulce y fogosa,

embebida en tu trémulo trabajo.

 

Toda fervor y beso y agasajo

toda salivas suaves y jugosa

calentura carnal, abres la rosa

de los vientos de vértigo en que viajo.

 

Mas la brecha entre el goce y la demencia,

a medida que apuras la cadencia,

intolerablemente me disloca,

 

y al fin me rompe, y soy ya puro embate,

y un yo sin mí ya tuyo a ciegas late

gestándose la noche de tu boca.

 

 

 

 

 

 

 

Vientos

 

Ya por el horizonte

se difunde la noche, agua sombría

que moja lo mojado de las nubes murales.

Yo con pasos ausentes recorro la penumbra,

bajo el ala del Tiempo que sobre mí extendida

ingrávida y pausada se desplaza.

Vientos turbios y equívocos disponen

todo el húmedo clima donde arraiga,

ofrecida a la lluvia su fresca carne pura,

como un fruto partido, el peso del destino.

(Este soplo me llega desde oscuras distancias,

cruzó mares que he visto,

arrastra los perfumes de tierras que he pisado,

llenó claras llanuras o bosques sofocantes

donde yo enmudecía y sangraba de amor.

Y en la mitad de este aterido viento,

donde errabundas gotas viajan ciegamente,

siento soplar de pronto un viento diferente,

abierto y luminoso.)

Oh viento tibio y firme, viento bueno

que plasmaba de pronto en aguda presencia

el campo de mi infancia donde una abeja zumba.

Los árboles se instalan noblemente,

los caminos recorren inamovibles huellas,

los sitios tienen nombres persuasivos

que los hacen carnales como el hueso a la fruta.

Y la luz brota desde todas partes,

luz increada y siempre fiel, que inunda

la llanura sin muros donde un niño,

de estatura menor que las yerbas del mundo,

todo él suspendido de dos intensos ojos

que inmóviles lo clavan

a la inasible rotación del día,

se ve sobrepasado por su propio silencio,

que ya secretamente se entiende con la vida.

 

(Y otra vez desemboco en la áspera tierra

del llovido presente

que palmo a palmo con mis plantas palpo,

andando entre desnudas ondas donde anida

esta memoria que en murmurios muere,

tropezando en la sombra a cada instante

con su imperio cambiante.)

 

Y este múltiple viento informulable,

como el mudo lenguaje de un destino,

recorre con su soplo las horas de mi vida.

Y dice que su afán secreto fue tan solo

entender aquel puro silencio con que un día

yo descifraba el Tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

Y sin embargo, a veces, todavía...

 

Y sin embargo, a veces, todavía,

así de pronto, cuando te estoy viendo,

vuelvo a verte como antes, y me enciendo

del mismo modo inútil que solía.

 

Y me pongo a soñar en pleno día,

y reprocho al destino, corrigiendo,

como los locos, lo que fue; y no entiendo

cómo no pude nunca hacerte mía.

 

E imagino que anoche me colmaste

de placeres sin nombre, y que esa chispa

perversa y de ternura en tu mirada

 

prueba que lo otro es nada -que gozaste,

que a ti también este limbo te crispa,

¡que al fin te di el orgasmo!- y lo otro es nada.

 

 

 

Tomás Segovia

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Taken on April 4, 2015