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A quien quiera leerme: | by AnitaKaos
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A quien quiera leerme:

Pedido de justicia

 

Con mis diecinueve años me encuentro en la dolorosa, evitable, absurda situación de dar un grito sordo para exigir justicia, o al menos para que se sepa la verdad. Cada día que pasa me sorprende y asquea más la vida en sociedad, los tiempos individuales y los tiempos colectivos.

Tuve el agrado y la suerte de conocer a Ema, EL amigo de dos amigos, hoy tengo el dolor de recordarlo y la necesidad de contenerlos. Como una chica de veinte años y un chico de veinticuatro años no tienen la fuerza, ni la entereza para poder gritar lo que saben, me puse en el lugar de hacerlo.

A diferencia de las versiones oficiales Emanuel no llegó muerto al hospital. Obviemos toda la parte conocida, empecemos desde el momento en que luego de estar asomado por la ventanilla (¿quién no se dejó llevar por el frenesí alguna vez?) del lado derecho del micro, cayó sobre las piernas de uno de sus amigos, mi amigo. En medio de pedidos “dale gordo, dejate de joder”, notaron que sus conductas no eran normales y frenaron el micro. La policía se arrimó a ver lo sucedido y minimizó el hecho a “fue un balín”. Llamaron al SAME, pero, sin prisa, ya que era “solo un balín”. Así que UNA paramédica y UN ambulanciero, se tomaron un cómodo lapso de VEINTE minutos para llegar al lugar. A simple vista la doctora afirmó tocando ese puntito rojo, "no pasa nada, no traspaso la piel”. Mientras en la ambulancia era trasladado Ema con uno de sus tres amigos, mi amigo y el restante pedían a los policías si podían aproximarlos hasta el hospital Piñeiro (sito a seis cuadras del hecho), recibieron maltratos y negativas. Luego de darles indicaciones de como llegar al nosocomio, estos oficiales dejaron en el lugar del incidente y en medio de una lluvia de insultos a dos individuos de veintiún y veinticuatro años vestidos con los colores de su club; los mismos que motivaron a asesinar a Emanuel. Llegaron (en taxi) al hospital, donde Ema esperaba vivo pero desvanecido en la guardia, cuando una enfermera notó que le pasaba algo más que un shock, así que subido en una silla de ruedas, sus amigos, lo llevaron hasta la antesala de un quirófano, notaron la falta de respuesta y su amigo casi hermano le tomó el pulso que no encontró.

Por si todo esto fuese poco cuando les informan que “se hizo todo lo posible, pero, no pudimos salvarlo”, le piden a uno de ellos si se puede comunicar con los padres para que concurran al hospital a reconocer y proceder con los trámites por su hijo muerto. Así que con veintiún y veinticuatro años los únicos seres con sentido común pidieron a los padres que concurran ya que se había sucedido un accidente y exigieron al vergonzoso hospital la presencia de una psicóloga para recibirlos.

Como cierre a mi denuncia (incompleta y resumida, por cierto), me quedo con un hecho; al momento de ir a declarar, a un par de horas del asesinato, uno de estos amigos de veintiún años, aquel que fue en la ambulancia, escuchó como, en su cara, hablando por teléfono un oficial se refería a Ema diciendo “¿Cómo se llamaba el boludo ese? Ahh, si, Emanuel Álvarez”.

 

Anabella Belén Aguilar, 19 años.

Estudiante de abogacía CBC-UBA.

Buenos Aires, Argentina, 18 de marzo 2008

    

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Taken on December 28, 2007