Ilustración para un divertidísimo cuento de Laura Fernández.

Illustration made by Carmen Burguess for " a Science - F short history by Laura Fernández Published and printed in 2009 on "Quimera&quot, literary magazine. Digital collage, 2009

 

www.flickr.com/photos/burguess/

 

Collage digital x Carmen Burguess. IIustración publicada en la revista literaria Quimera, 2009. Ilustración para el cuento de ciencia ficción, sin título, de Laura Fernández.

 

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¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA?

 

 

La nave se posó en la tierra con un delicado (FLOP). Dentro, Wayne Proxs y su hija adolescente, Sam, discutían. El piloto, un vanidoso escritor frustrado llamado Roy, apagó el motor con un inaudible (CLICK) y se sirvió una taza de café.

-¡BIENVENIDOS A LA TIERRA! – gritó Wendy.

Wendy era la nave. Su voz era la de la actriz más famosa de Rethrick, el planeta del que provenían, tan pequeño e insignificante que ninguno de los observatorios espaciales de la Tierra había logrado detectarlo.

-¡Creí que lo que querías era conocer a tu madre! – Ese era Wayne Proxs.

Wayne Proxs tenía treinta y nueve años terrestres, una perpetua barba trenzada, tez verdosa y los ojos azules. Habían sido sus ojos azules lo que había conquistado a la madre de Sam. La única terrícola con la que Wayne había (EJEM) estado.

Sus tres ojos azules, por cierto.

Uno de ellos oculto aquel día bajo la pequeña aleta de tiburón que trataba de pasar por nariz. Los habitantes de Rethrick no tenían nariz porque no la necesitaban pero sabían que si querían viajar a la Tierra debían esconder sus antenas y ocultar su tercer ojo bajo aquel pedazo de plástico.

-¿Acaso estaríamos aquí si te hubiera dicho la verdad? – Esa era Sam Proxs.

Sam Proxs tenía los mismos ojos azules que su padre, pero no tenía tres sino dos, y una nariz diminuta y la tez menos verdosa de todo Rethrick. Acababa de cumplir los dieciséis y tenía un novio de ojos azules que no aprobaba su obsesión por Billy Brendan, el terrícola que, al parecer, era el responsable de aquel viaje.

-¡Por supuesto que no! – bramó Wayne.

Roy, el piloto, apuró su café mientras ojeaba el periódico terrestre que acababa de escupir Wendy. A Roy le traían sin cuidado los planes de los Proxs. Roy, el escritor frustrado, tenía muy claro por qué se encontraba allí. Con una sonrisa maliciosa, alzó el auricular de su intercomunicador espacial y marcó el número de James Olmos.

 

James Olmos salió de casa aquella mañana olvidando el paraguas y para cuando llegó a la redacción del periódico estaba empapado. Lo primero que hizo antes de sentarse a la mesa fue ir en busca de un café de máquina y secarse un poco con la maloliente toalla del lavabo.

-Tu teléfono no ha parado de sonar desde que he llegado – le dijo Meg, su compañera de mesa, en cuanto se sentó – Ahí lo tienes.

El teléfono había vuelto a sonar.

James descolgó.

-¿Sí?

-¿Es usted James Olmos?

La voz sonaba extraña, como si proviniera de una pecera.

-Sí – dijo James.

-Muy bien. Escuche. Soy de otro planeta. Acabo de aterrizar a las afueras de su ciudad. Quiero que le diga al presidente de los Estados Unidos que quiero hablar con él.

-¿Cómo?

-Ya lo ha oído – susurró Roy – Si no lo hace, mataré a su perro.

¡Rex!, bramó el inconsciente de James Olmos.

-¿Cómo sabe que tengo un perro?

-¿No me ha oído? Vengo de otro planeta. Soy un maldito extraterrestre. ¿No nos llama usted así? Malditos extraterrestres.

 

Sam Proxs lo tenía todo previsto. Había conseguido el teléfono de la periodista que más artículos había escrito sobre Billy Brendan en la Tierra. Se llamaba Linda Skipper. Trabajaba para una revista de cotilleos que Sam conseguía a través de Philip Gostard. Philip Gostard era un contacto terrestre. Así llamaban en Rethrick a aquellos que se dedicaban a la compraventa de objetos de la Tierra.

-Lo siento, papá – Sam se estaba disculpando porque quería usar el intercomunicador espacial.

-No lo entiendo, cariño – Wayne Proxs se masajeaba las sienes. De repente le dolía la cabeza. Le dolía horrores. ¿De qué demonios le servía ahora toda la tensión que había acumulado? Wayne había creído que iba a reencontrarse con la madre de Sam y se había pasado los ocho días de viaje apretando los dientes.

Sí, los habitantes de Rethrick tenían dientes, sólo que no eran como los terrestres, sino mucho más anchos y menos puntiagudos. No había nada en Rethrick que pudiera comerse a mordiscos, así que no necesitaban incisivos.

-¡Oh, vamos, papá! ¡Será divertido! – Sam abrazó a su padre en un impulso desesperado. Era la primera vez que lo hacía desde que se había dejado arrancar el último diente de leche, y eso en Rethrick ocurría francamente pronto.

Así que Wayne Proxs se rindió.

-Está bien – dijo – ¿Qué es lo que quieres hacer exactamente?

 

Linda Skipper estaba encerrada en una de las cabinas del lavabo de la revista esperando a que el jodido test de embarazo contestara. La pregunta era sencilla. Y la respuesta también. Pero aquel jodido test parecía estar haciendo una tesis con sus tres gotas de pis.

-¿Linda? – Esa era Trisha, una de sus estúpidas compañeras.

-Voy en un minuto, Trish.

-Tienes una llamada.

-Voy en un minuto.

-Dice que es urgente.

-¿No me has oído?

-Sí.

Trisha no se movió. Linda podía ver sus estúpidos zapatos bajo la puerta.

-¿Estás bien? – preguntó Trisha.

-No, Trish. Me está devorando una piraña de baño. ¿Tú qué crees?

-Le digo que espere entonces – dijo Trisha.

-Salgo en un minuto – insistió Linda.

Y Trisha se fue. Justo a tiempo. Un segundo más y habría escuchado a su test de embarazo decir:

-ENHORABUENA, ESTÁ USTED EMBARAZADA.

 

James Olmos se bebió de un trago aquel apestoso café de máquina y le dijo a Meg que tenía que hablar con el presidente de los Estados Unidos.

-Ya. Y yo con George Clooney – dijo Meg.

James estaba pálido. Había empezado a morder el vaso de plástico.

-Tengo que hacerlo.

-Para aumentos de sueldo, dirigirse a la secretaria con bigote – dijo Meg.

-Meg – James la miró directamente a los ojos – Acaba de llamarme un jodido extraterrestre.

-¿Qué?

-No sé cómo pero estaba enterado de que yo había trabajado en Ufo’s World.

-¿Tú habías trabajado en Ufo’s World?

-Hace un millón de años.

James Olmos había sido el redactor estrella de Ufo’s World, la revista para amantes de la ufología con mayor tirada de los Estados Unidos. Ufo’s World había quebrado a mediados de los 90, siendo sustituida por una publicación quincenal llamada Tus zapatos y tú, pero eso Roy no podía saberlo porque el intercomunicador espacial hacía que sonara el teléfono que más cerca estaba de la persona a la que pretendía llamarse en el preciso instante en que se la llamaba.

-¿Y qué vas a hacer? – preguntó Meg.

-Voy a llamar a la Casa Blanca – dijo James.

 

El teléfono estaba descolgado sobre la mesa. Con el estómago encogido por la respuesta de su test de embarazo, Linda Skipper levantó el auricular.

-Dígame – dijo.

-¿Linda Skipper?

-¿Puede hablar más alto?

La voz sonaba extraña, como si proviniera de una pecera.

-¿Dónde puedo encontrar a Billy Brendan?

-¿Quién eres? – preguntó Linda.

-Sam Proxs.

-¿Nos conocemos?

-No.

Linda tapó el auricular del teléfono y reprimió una náusea.

-Lo siento, no puedo ayudarte – dijo luego.

-¿Por qué no? – preguntó Sam.

-Porque no soy su secretaria – respondió Linda.

Y colgó.

Luego se peinó sus afiladas cejas con los dedos y miró a Trisha. Tan estúpidamente rubia y tan inocentemente despreocupada.

Oooh, Trish, ¿por qué no te explota la cabeza a ti?, canturreó su bizqueante cerebro.

El teléfono volvió a sonar.

Y Trisha, la misma Trisha que no había tenido que oír gritar ENHORABUENA a un test de embarazo, levantó la vista y preguntó:

-¿Te encuentras bien?

Y lo que hizo Linda fue descolgar el teléfono y gritar:

-¡ODIO AL MALDITO BILLY BRENDAN!

Luego escuchó. No había nadie al otro lado. O sí. Una voz extraña. La voz que parecía provenir de una pecera. Dijo:

-Yo también estoy preñada.

 

-¿Por qué demonios has hecho eso? – Wayne Proxs no daba crédito a lo que acababa de decir su hija de tan sólo dieciséis años.

¿Embarazada? ¡Por todos los dioses galácticos!

En Rethrick, las mujeres no se quedaban embarazadas hasta pasados los treinta y ocho años terrestres. Los hombres, en cambio, solían hacerlo entre los veinte y los treinta y seis. En cualquier caso, los dieciséis era una locura.

-No es verdad, papá – se apresuró a aclarar Sam.

-¿Y por qué lo has dicho entonces?

-Porque necesitamos que Linda nos acompañe.

 

James Olmos no llamó a la Casa Blanca sino que se dirigió directamente a la persona encargada de lidiar con ufólogos del más diverso pelaje: Flannery Mayer. Flannery, ex agente del FBI, pasaba los días viendo girar el ventilador del techo de su oficina y recibiendo llamadas estúpidas.

-¿Flannery? Soy James Olmos.

-¡JAMES! – En secreto, Flannery había estado siempre enamorada de James. Y eso que no lo había visto ni una sola vez en persona.

-¿Qué tal todo por ahí?

-¿Has vuelto?

-¿Vuelto?

-Te hemos echado de menos – Flannery, que tenía los pies sobre la mesa, se fijó en el lunar que le había salido junto al tobillo y pensó, coqueta, que, de poder verlo, a James le encantaría.

-Ya. Bueno, Flannery, te llamo porque (EJEM) ha pasado algo – James susurró esto último.

-¿Te ha mordido un extraterrestre?

-No, me ha llamado.

-¿Cómo? – Flannery se rió.

James tuvo que esperar a que dejara de reír para responder.

-Quiere hablar con el presidente.

-Ya.

-No es un farol, Flannery.

-¿Y qué quieres que haga?

-Anota esta dirección. Es donde está la nave. Envía a alguien. Si no hacemos algo, va a matar a Rex.

-¿Quién es Rex? – preguntó Flannery y esperó que no fuera su amante.

-Mi perro.

Flannery suspiró aliviada y dijo:

-Está bien.

 

Roy, el piloto vanidoso, les dijo a los Proxs que no pensaba abandonar la nave.

-Les esperaré aquí sentado – dijo, señalando su sillón frente al panel de control.

-¿No te aburrirás? – preguntó Wayne.

Roy sonrió.

-Creo que no, señor Proxs – dijo.

 

Flannery Mayer comunicó la posición de la supuesta nave a sus ex compañeros del FBI. Los agentes especiales Rick Vanzo y Shirley Perenchio tardaron cerca de tres horas en recorrer los quince kilómetros que separaban el bar en el que se encontraban cuando recibieron la llamada de Flannery Mayer y la nave. Había llovido un poco y la ciudad se había convertido en un amasijo de coches yendo de un lugar a otro.

-¿Qué crees que vamos a encontrar en ese sitio? – preguntó Rick.

-Extraterrestres – dijo, convencida, Shirley.

-¿Cuántos extraterrestres has visto en tu vida, Shirl?

-Ni uno.

-¿Y por qué siempre que te hago esa pregunta respondes que vamos a encontrar extraterrestres?

-Porque es lo que creo – dijo Shirley.

 

Wayne Proxs comprobó que la nariz de plástico seguía en su lugar y volvió a la mesa. Sam estaba mirando aquella foto. La llevaba a todas partes. No era de un chico de Rethrick sino de uno que sólo tenía un par de ojos. Wayne sospechó que podía tratarse del tal Billy Brendan y exigió echarle un vistazo.

-Parece un buen chico – dijo luego.

-Es ella – dijo Sam.

Se estaba refiriendo a la mujer que había entrado por la puerta.

A Wayne estuvo a punto de parársele el corazón al verla.

-Sam – dijo.

Pero la chica ya se había levantado y agitaba la mano de un lado a otro, sonriendo.

 

-Ciertamente, parece una nave – dijo Rick Vanzo.

La puerta del coche se cerró con un descarado (BAM). Shirley abrió su bolso, sacó su cámara de fotos y disparó una, dos, tres veces.

-Lo es – dijo.

-Shirl, ¿cuántas veces me has dicho eso y luego ha acabado siendo una ridícula reproducción en cartón piedra?

-Demasiadas veces, Rick.

-Entonces, ¿por qué dices que lo es?

-Porque lo creo – dijo Shirley y, como si les hubiera estado escuchando, un tipo de color verde abrió la portezuela del aparato y les saludó con lo que parecía una mano terrestre. Shirley alzó su mano y la movió, de un lado a otro, con el corazón (BUMBUM-BUMBUM) golpeando como un boxeador experto contra su sujetador.

-¿Qué demonios es eso? – preguntó Rick.

-El extraterrestre – dijo Shirley.

-¿Cuántas veces…?

-Cállate, Rick – dijo Shirley.

Luego dio el primer paso hacia la nave.

 

Usaron el coche de Linda Skipper. Linda se sentía algo mareada pero ver a aquella extraña cría de tez verdosa supuestamente EMBARAZADA del maldito Billy Brendan redobló sus fuerzas. Viajaban a setenta por hora camino de la lujosa mansión que el actor tenía en Bevery Hills.

En el asiento trasero, Wayne Proxs, que se había aplicado antes de salir de la nave una capa de maquillaje sobre su verdosa piel, miraba por la ventanilla. ¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA? Después de todo, Sam había conocido a su madre, sólo que todavía no sabía que lo había hecho.

-Papá – susurró Sam.

-Dime, cariño.

-Quiero llevarme a Billy Brendan.

-¿Llevarte? – Wayne alzó la voz y se encontró con los ojos de Linda en el retrovisor. Le examinaron como si hubiera algo en él que le hubiera recordado algo. Wayne bajó la vista al instante. ¿Era posible que no le recordara?

-¿Le conozco? – preguntó la periodista.

Wayne carraspeó. Sam se puso rígida sobre el asiento.

-No – dijo Wayne.

-¿Está seguro? – Linda no dejaba de mirarle.

-¿Es ella? – preguntó Sam, mirando a su padre con los ojos como platos.

-¡Claro que no! – atajó Wayne Proxs, pero Wayne Proxs no era, como la mayor parte de los habitantes de Rethrick, un buen mentiroso.

-¡Papá! – Sam no podía dar crédito. Su cara se contrajo en una mueca de disgusto. Tenía un nudo en la garganta. De repente, quería llorar. ¡Su madre se había estado tirando a Billy Brendan! ¡Su jodida madre!

-¿Cómo podía saberlo? – Wayne Proxs también tenía ganas de llorar. Tenía un nudo del tamaño de una granada de mano en la garganta.

-¡Eh! ¿Qué demonios pasa ahí atrás? – Esa era Linda.

-¡MALDITA ZORRA! – gritó Sam, propinándole un puñetazo en mitad de la espalda a Linda Skipper, a través del asiento del conductor de su maltratado Chevy.

-¡EH! ¿A QUIÉN LLAMAS ZORRA, NIÑATA?

Sam Proxs se echó a llorar. Se tapó la cara con ambas manos y se echó a llorar. Wayne Proxs trató de consolarla y luego dijo:

-Es tu hija, Linda.

-¿QUÉ?

El frenazo le costó tres uñas, un esguince de muñeca y parte del parachoques trasero de aquel montón de chatarra azul marino.

 

Flannery Mayer estaba depilándose el bigote cuando recibió la llamada de Rick Vanzo. Dejó que el teléfono sonara durante tres minutos, los que necesitaba aquella dichosa crema del demonio para acabar con su cada vez más espesa mata de pelo facial, y cuando decidió que estaba lista, descolgó.

-Mayer, ponme con el presidente.

-¿Qué presidente, Rick?

-¿Qué presidente va a ser, Mayer?

Flannery Mayer consultó su reloj de pulsera. Eran sólo las doce de la mañana.

-¿Quieres que interrumpa su almuerzo?

-Quiero que venga a ver esto.

-¿El qué?

-Un jodido extraterrestre, Mayer.

 

Cuando colgó, Rick Vanzo se aproximó al lugar en el que Shirley Perenchio y Roy, el escritor frustrado proveniente de Rethrick, charlaban como si de un par de compañeros de instituto se tratara. Roy exhibía con orgullo sus dos antenas y sus tres ojos, y su tez verdosa, en su caso casi amarillenta, brillaba bajo el sol del mediodía.

-Rethrick está a la vuelta de la esquina – estaba diciendo Roy, cuando Rick se les unió – Apenas ocho días de viaje en este cacharro.

-¿Qué tipo de cacharro es? – preguntó Rick.

-¿Y cómo es que hablas nuestra lengua?

-Hablamos todas las lenguas terrestres. Estamos a la vuelta de la esquina.

Rick estaba examinando el platillo volante.

-¿Cómo es posible? – preguntó, entusiasmada, Shirley.

-Vivimos en un lugar que para vosotros ni siquiera existe. Pero puedo asegurarte que está ahí. Y también puedo asegurarte, maldito terrícola, que si no dejas de husmear, te partiré en dos con esto – dijo Roy, sacándose del bolsillo una pistola del tamaño de un pintauñas.

Rick alzó las manos y dijo:

-No hay problema.

-Pues yo creo que sí – dijo Roy, y disparó.

En un primer momento, Rick fue presa de un ridículo ataque de risa, y al momento siguiente, sólo era un par de pedazos de carne.

-¡Dios santo, Rick! – Shirley se agachó junto a lo que quedaba de su compañero.

Roy sonrió satisfecho.

Aquello le recordaba a uno de sus cuentos.

-JA. Estúpido terrícola – dijo. Y luego, dirigiéndose a Shirley, añadió – Y ahora quiero que llames al presidente y que le digas que si no hace lo que le digo, la humanidad tendrá este aspecto mañana por la mañana.

Shirley levantó la vista, tragó saliva (GLAM) y asintió.

 

Linda Skipper no podía creerse que hubiera dejado preñado a un tío. Simplemente aquellas cosas no pasaban. Por primera vez en su vida se sintió como uno de esos tipos despreocupados que despiertan una mañana con una carta de su ex en el buzón y una foto de una cría de dieciséis años en su interior.

-¿Cómo demonios pude preñarte?

Se habían detenido en una lujosa estación de servicio de la autopista que unía Los Ángeles con Hollywood. Sam se había quedado en el coche. No acababa de creerse lo que estaba pasando. Básicamente no le cabía en la cabeza, aquella cabeza de una sola antena, que su madre se hubiera estado tirando a Billy Brendan. Peor aún, que estuviera PREÑADA de Billy Brendan. ¿Convertía eso a Billy en su padrastro?

-¡Por todos los dioses galácticos, Linda! ¡Acabo de decírtelo! En mi planeta las cosas son así – Wayne Proxs estaba preocupado por la pequeña Sam, después de todo no era más que una cría – Por eso no te llamé. Sabía que no lo entenderías.

-¿LLAMARME? – Linda se rió – ¿Desde una cabina interespacial?

-No, con mi intercomunicador – dijo, abatido, Wayne. No le apetecía discutir – Escucha. No he venido a pedirte nada. La niña está bien. No te necesita. Lo único que quería era conocer a ese…

-Billy Brendan – Linda encendió un cigarrillo. Recordó su test. Lo apagó – Escucha. No es una buena influencia.

-¡Sólo quiere conocerlo!

-¿Nos conocíamos tú y yo, Wayne? No, ¿verdad? ¡Y mira lo que te hice! – Linda volvió a encender un cigarrillo. Recordó el test. Bah, pensó, y le dio una calada – Por Dios santo, te dejé preñado. Soy un monstruo.

Wayne alargó su mano verdosa sobre la mesa y estrechó la nerviosa y contraída pezuña de Linda. No la que tenía tres uñas menos, sino la otra.

Linda sonrió.

-Es una buena chica – dijo Wayne.

-No lo dudo, Wayne, y lo seguirá siendo si le quitas al jodido Billy Brendan de la cabeza. Créeme, querido, no querrías estar en mi pellejo en estos momentos.

Wayne arrugó su delicado entrecejo.

Linda atajó:

-Será mejor que no preguntes.

 

Una de las millones de secretarias del presidente de los Estados Unidos fue quien dio la orden. Flannery Mayer le pasó las coordenadas y llamó a James Olmos para decirle que, después de todo, resultó que allí había algo. James, que por culpa de haber olvidado el paraguas en casa, había pillado un buen constipado, recibió la noticia con un estornudo.

-Tal vez debería ir a echar un vistazo – dijo luego.

-Yo no te he dicho nada – dijo Flannery.

-Entiendo – dijo James.

Luego colgó y se puso el abrigo.

-Voy a salir – le dijo a Meg.

 

Sam Proxs hizo pedazos la foto de Billy Brendan y se dirigió, con paso decidido, a la cafetería de la estación de servicio en la que Wayne y Linda charlaban como lo que habían sido durante los últimos dieciséis años: padres de una niña de una sola antena. Aunque uno de ellos sin saberlo.

-He tomado una decisión – dijo Sam, cuando alcanzó su mesa.

Wayne y Linda la miraron expectantes.

-Quiero volver a casa – dijo la chica.

Wayne sonrió y Linda sintió una especie de orgullo estúpido y a la vez una tristeza de plastilina que le subía garganta arriba, como suben los peces de colores a por comida disecada en la pecera.

 

Mientras el presidente de los Estados Unidos se subía la cremallera de sus pantalones de tres mil dólares en uno de los cuartos de baño de la Casa Blanca, un equipo de ex agentes especiales del FBI, destinados a borrar cualquier indicio de vida extraterrestre en la faz de la tierra, y eso incluía las visitas de tipos como Philip Gostard, aparcaba frente a la nave de los Proxs y convertía en gelatina de Rethrick a Roy, el escritor frustrado. Luego recogía los pedazos de Rick Vanzo y se deshacía de Shirley Perenchio y de un tipo que pasaba por allí.

Sí, James Olmos.

 

Cuando Billy Brendan se levantó, pasaban siete minutos de las cuatro de la tarde. Se preparó un café y, todavía dormido, se sentó en la mesa de la cocina a leer el guión del capítulo piloto de la serie de televisión que iba a protagonizar. Curiosamente, se trataba de una serie sobre extraterrestres de tres cabezas.

-Ha llamado la señorita Skipper – le dijo el mayordomo.

-¿Y qué quería? – preguntó Billy, dándole un sorbo a su café.

-Dice que vendrá a verle esta tarde.

-Muy bien – dijo Billy, y sonrió.

No tenía ni idea.

Maldito terrícola.

  • kimberlyjones 5y

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Taken on December 3, 2009
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