LEY DE BALLANCE SOBRE LA RELATIVIDAD. La duración de un minuto depende del lado de la puerta del baño en que se encuentre. (La ley de Murphy) Arthur Bloch

Cuando se es joven tiene uno que preocuparse de todas esas cosas; de si debería uno ir o no ir allá; de si mamá se queda sola. Y uno se preocupa, y se esfuerza por llegar a una decisión, y entonces pasa algo que lo cambia todo. Es mucho más fácil decidir, sin más. Nada importa, nada va a hacerle a uno cambiar de opinión. Hice eso una vez siendo estudiante en el MIT. Me cansé de tener que decidir qué postre iba a tomar en el restaurante; tener que hacerlo me ponía enfermo. Entonces decidí que iba a tomar siempre helado de chocolate, y nunca más volví a preocuparme del asunto; ya había resuelto ese problema. Sea como fuere, decidí que me iba a quedar definitivamente en Caltech. En cierta ocasión quisieron hacerme cambiar de idea sobre este punto. Fue poco después de fallecer Fermi. El claustro de la Universidad de Chicago estaba buscando sucesor. Vinieron a verme dos emisarios de Chicago, que me pidieron que los recibiera en mi domicilio; yo no sabía todavía de qué se trataba. Comenzaron exponiéndome todas las excelentes razones por las que yo debería ir a Chicago: podría hacer esto, podría hacer aquello, tenían allí gente brillantísima, tendría la oportunidad de hacer toda clase de cosas maravillosas. No les pregunté cuánto estarían dispuestos a pagarme, y por eso ellos no hacían más que dejarme ver que lo dirían en cuanto preguntase. Finalmente, me preguntaron si no me gustaría saber cuál sería mi salario. «¡Oh, no! — les respondí —. He resuelto ya quedarme en Caltech. Mary Lou, mi esposa, está en la habitación de al lado, y si se enterase de cuál sería mi salario tendríamos una discusión. Además, he decidido no decidir nunca más; definitivamente, me quedo en Caltech.» Así que no les dejé decirme el salario que me ofrecían. Más o menos un mes después, estando yo en un congreso, Leona Marshall se me acercó y me dijo: «Es curioso que no aceptases la oferta que te hicimos los de Chicago. Nos quedamos desolados, y además, sin comprender cómo pudiste rechazar una oferta tan espléndida.» «Fue muy fácil — respondí —. No les permití decirme de cuánto era vuestra oferta.» Una semana más tarde recibí carta suya. La abrí, y la primera frase decía: «El sueldo que te iban a ofrecer era de ______ », una cifra tremenda, tres o cuatro veces lo que estaba cobrando entonces. ¡Apabullante! Su carta continuaba diciendo. «Te he dicho el salario antes de que pudieras leer nada más. Quizás desees reconsiderar tu decisión, porque me han dicho que la cátedra sigue vacante y a nosotros nos gustaría muchísimo tenerte con nosotros.» Tuve que escribirles una carta de respuesta diciendo: «Después de leer el sueldo, he llegado a la conclusión de que tengo la obligación de rehusar. La razón de tener que rechazar un salario semejante es que me permitiría hacer lo que siempre he querido hacer, buscarme una querida maravillosa, ponerle un piso, comprarle cosas bonitas... Con el sueldo que me ofrecen podría realmente hacerlo, y ya saben lo que me iba a ocurrir. Empezaría a preocuparme por ella, o por lo que ella hiciera; tendría discusiones al volver a casa, etc. Todos esos disgustos me harían sentirme incómodo y desdichado. No podría entonces hacer un buen trabajo en física, y todo sería un gran follón. Lo que siempre he querido hacer sería malo para mí; por eso he decidido declinar su oferta. »

¿Esta usted de broma Sr. Feynman? (Capítulo: Una oferta que es preciso rechazar) Richard Phillips Feynman

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Taken on September 27, 2010