¡Hoy tengo muchas, muchas ganas de ti!

Le daba vueltas a la sopa fría mientras me aburría más que una coliflor. No tenía nada que hacer, ningún sitio al que ir y ningún amigo al que llamar. Mamá estaba trabajando y Peggy se había ido a estudiar a la biblioteca.

Ya no me quedaban esperanzas para enviarte más e-mails y el tiempo amenazaba con ahogarme si salía a pasear a Pecas.

La sopa tenía una pinta horrible, incluso dibujando corazones tenía una pinta asquerosa.

De repente las olas que mi cuchara formaba en aquel plato cobraron vida. Se formó un torbellino y todo comenzó a dar vueltas. Primero sólo era el plato, cuchara incluida. Después el mantel y el vaso de agua se unieron. Las cacerolas, el frutero… la casa al completo giraba y giraba entorno a la sopa y yo, agarrándome fuerte a la silla, empecé a caer en su interior.

Aunque en realidad mi nombre es Paige, me pregunté si yo sería Alicia y estaría viajando al País de las Maravillas. Pero qué tonterías, ¿no?

Caí encima de un montón de hojas secas de otoño. A mi alrededor olía a pastel de arándanos y a metal. Me encontraba en la vieja cabaña en la que jugábamos de niños. Tú tenías siete años y me perseguías mientras yo corría entorno al roble. Al correr se me levantaba el vestido y se me veían las braguitas de flores ¡ahora entendía porqué siempre me hacías correr! Tú te reías y tus ojos negros se agradaban. Una voz dulce nos llamó para la merienda. Tu madre nos tenía preparado el mejor pastel de aquellos años. Cuando terminamos con la cara rosa y el estómago lleno, nos tumbamos en el montón de hojas secas. Yo nos miraba con nostalgia, apartada en un banco.

Aquella sopa me había traído al pasado, a los recuerdos de nuestra infancia.

Me pellizcaste la nariz y grité. Me acerqué para oír bien de qué hablábamos. Yo estaba enfurruñada contigo y tú me mirabas con los ojos más grandes del mundo. Me diste un beso en la mejilla y saliste corriendo.

¡Éramos un encanto! Ojalá estos tiempos volvieran, pensé y me puse a llorar. ¿Por qué años después habíamos acabado así? Se supone que el primer amor que nunca que se olvida pero tú… Lloraba a voz en grito, desde la invisibilidad. Nosotros seguíamos jugando y te caíste encima de mí. Susurraste algo bajito… Qué oí en mi corazón.

Desperté con la cabeza apoyada en la mesa de la cocina. La sopa seguía allí y todo parecía estar en su sitio. Pero no había tiempo de comer ni tampoco lamentarse.

Así que esa vez, pasé del e-mail y te llamé, sólo porque dijiste que siempre, siempre, estaríamos juntos.

 

 

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