Te levantas a pedazos, como saliendo del entretecho. Abres la cortina y el sol que rebota en un cenicero cubierto de pedazos de vidrios de colores comprado en un templo erigido en medio de un campo de arroz de Bali (la habitación se llena de cuadritos luminosos). Vas al baño, te rascas los huevos, miras al espejo, no quieres responder. Llave, agua, ducha, toalla, espejo de nuevo. Hola, te dices. Hueles la camiseta que usaste ayer y te da lo mismo, te la pones con la misma mínima gracia con la que anoche la lanzaste sobre esa silla. Pantalones, zapatillas. Leche con platano (si hay leche y platano, claro). Fumar y quedarse pegado en detalles, pensarlo todo. Ascensor, don Zenén, cómo le va, qué tal amaneció Oliver (métale unos huesos a la comida mejor y no se le ocurra darle pan, eh?). Calle, bicicleta y música. Pedaleas lento porque quieres encontrar la canción adecuada que va a abrir la seguidilla interminable de temas que escucharás durante el día (animación rítmica de la vida privada, diría Lipovetsky). Let’s get lost, de Chet Baker, y aunque no estabas preparado para esa trompeta, lo dejaste seguir porque te hacía sentido en algún rincón de esa mañana. Let's get lost, lost in each other's arms, cantas como si nadie te oyera, conforme tomas Portugal y aceleras para no quedarte atrapado en el semáforo en rojo. No lo conseguiste y ahora juras que esa chica media colorina y de piernas trasparentes parada en la esquina, te mira, que bajo esos lentes ochenteros clava sus ojos en los tuyos. Verde, y sigues pedaleando, fumado, hasta Diez de Julio, haciéndole el quite a un taxista, adivinando la curva del otro, sacando fotos mentales, asociando árboles con bolsas voladoras movidas por sutiles ráfagas, y más allá paredes con grafitis en casa viejas, afiches de conciertos pasados, futuros, adornando portones de metal, y fundidos en el bosque de cemento y ladrillo brotan desde el vulgo hombres de sueños sencillos, ¿y qué haces tu aquí famélico roble?, si una más de tus hojas perdieras desconocería tu nombre, te dice ahora Tremendo por los audífonos… y te deslizas. Por la calle, que no es una calle, si no una cinta de producción que corre y te lleva a ese lugar donde estás encerrado durante ocho horas frente a un computador, un espejo ¿un espejo? o más bien una esponja, una caja de huevos, una hielera hirviendo con ventanitas de ventanitas, trozos de pedazos y trazos, y huuuuy, cuidado con esa micro, mijo, que lo pilla y se acaba el cuento, y pasan las horas de sol a sol a solas frente a esa pantallita…