La estación.
Por María Adelina Cammarano.
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La tarde es espesa y amarilla, ella está sentada en la banca de la estación de su niñez y espera. Se había olvidado como pesa el cielo en esas tardes calurosas de Enero y como todo puede ser un poco más rojizo si se lo mira con los ojos entrecerrados. Mirando está el final de las vías donde se pierden.
La estación es pequeña y blanca, con un banco rojo en el centro. Nadie nunca viene a la estación y menos en Enero a las tres de la tarde, los pueblos siempre duermen, Ranchos siempre está dormido como un sueño. Cruzando las vías están los campos sembrados, los caballos, los ganados pastando, los árboles de durazno cristal tan perfumados, su madre llamando a dormir la siesta porque el calor abomba. Del otro lado el pueblo redondo se muerde la cola, con sus callecitas cerradas y sus autos cachivaches, con su iglesia y su plaza en el centro que rebota y se pierde entre bautismos y casamientos. Entre todo eso ella, en la roja banca de madera espera. La espera es caliente y borrosa pero parece tener algún sentido. Al fin suena el silbato y se ve una nube de humo gris que se aproxima, La Chanchita suele tardar una eternidad desde que dobla la cola del pueblo hasta que llega a la estación, se asoma cautelosa pero no puede verla todavía, entonces se sienta y sigue esperando. Lee Viaje al centro de la tierra, lo empieza y lo termina, se come un paquete de Manon, escribe su segundo libro de poesías al cuál le faltarán estrictas correcciones, vuelve a mirar y nada. Decide pensar en otras cosas y se pregunta si Julio habrá conocido el centro de la tierra, porque lo describe tan bien que parece haber estado allí, y tiene hasta un poco de miedo y náusea, la señora Gorda de la biblioteca le dijo que lea despacio éste porque hay que entenderlo pero ella no puede y se agota. Más si se acuerda que mañana es lunes y tiene que devolvérselo, le da los siete de la semana y recibe otros siete más. Ya pasó un buen rato pero del tren ni rastros, ni humo, ni guarda. Se para en el borde de la cornisa y mira hacia ambos lados, lo escucha pero no lo puede ver, después mira el cielo y el sol sigue arriba como si nada, entonces piensa cómo pasó tanto tiempo y las horas no se fueron nuca. Se acuerda de algo que dijo el profesor en la facu de la sensación térmica y de María Elena Ruiz Giñazú en la época de la dictadura, recuerda que dijo que una cosa era la temperatura oficial y otra era la real, la que la gente sentía en la calle, y esa era la verdadera aunque le digan otra cosa. Lo mismo con todo. No sabe porqué le invade la memoria el corderito que criaron guacho con su hermano y se les murió porque los gauchos no les dijeron que había que ponerle clara de huevo en la mamadera para reemplazar el calostro de la madre, se les murió sin remedio y lloraron como locos y le hicieron una tumba y una cruz, la gente es mala, dijo su padre refiriéndose a los gauchos. Ahí se da cuenta que el tren no llegará más, que las horas no se van a ir y que se va a quedar para siempre esperando en la estación detenida. Por primera vez siente un calor infernal que la estrangula.
De pronto tiene nueve años y cincuenta y uno, ha leído, ha estudiado para los exámenes de latín, ha comprado el pan para su mamá en la panadería en donde le regalan gusanitos de dulce, se ha casado con el amor de su vida, se ha perdido en las plantaciones de choclo, todo junto mientras espera el tren que no llegará. Agotada a las tres de la mañana se levanta de la cama y escribe. El perro la mira desde su cucha de algodón con ojos caramelo y sigue su sueño perruno. Ella le envidia su suerte sin insomnio, sin esperas, sin estación.
estación trenes abandonada en Ranchos, Provincia de Buenos Aires - Argentina
abandoned train station in Rauch, Buenos Aires - Argentina
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