Irremediablemente ceñido a mis párpados, el túnel de mis ojos se descorazona, inundándose. Se cuelan mis poros infantiles de la acuosidad irremontable de sus sales, se detiene el pálpito frenético, enmudeciendo su lengua estentórea. Están mis ansias, endurecidas por la ceguera de mis rutas, y mis labios vencidos goteando primaveras pretéritas. Está mi eco noctámbulo evadiendo seres, despidiendo abrazos, musitando pasos enrevesados.
Y esta mirada oscura con sus casas invisibles, y sus plazas invisibles, y sus gentes invisibles, me des-alma el espacio ajeno de mi piel colmada. No quiero un futuro para mi amor inacabado, si mis manos no logran aliviarlo entero. No quiero mejillas para este líquido espeso, si mi risa no alcanza a silenciar su zigzagueo violento. No quiero ni espacio ni letras, si no me habitas el pecho de luciérnagas. Es más, sólo quiero. Y tanto. La incorporeidad de mi vorágine.