Impresiones de Bolivia - Un turista

Impresiones de Bolivia - Un turista

La mujer viajaba desde el campo a la ciudad de Uyuni varias veces a la semana. Hacía el trayecto caminando, eran diez kilómetros a campo travieza Ningún medio de transporte la llevaba a Uyuni, pero ella no se quejaba, sabía caminar bien esa distancia, incluso como ahora, cargando, además de algunas mercaderías para vender en el mercado, a su pequeño hijo.
Cuando llegó a las afueras de la ciudad se encontró con las calles inundadas, cosa normal para esa época del año, pero ella sabía qué camino tomar para no mojarse. Cambió su rumbo y al doblar en la primera esquina vio a un turista.
—A estos gringos se los reconoce al momento, porque andan todo el tiempo con sus cámaras de fotos, porque miran lo más común con ojos desorbitados. Lo más cotidiano les parece formidable. Una mujer común, como yo, con su hijo a cuestas, es para ellos digna de una foto.

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El Infeliz - Cuento

El Infeliz - Cuento

Uno suele encontrar su destino en el camino que toma para evitarlo.
Refrán popular

Salió del trabajo a las dieciocho treinta. El camino de regreso era monótono y tedioso. Bajó en el ascensor, saludó al portero y salió a la calle. Se detuvo en el puesto de diarios y miró las portadas de revistas expuestas. Chimentos, desgracias, política, deportes, erotismo y pornografía. El mundillo de la farándula estaba conmocionado con el reciente accidente sufrido por una joven y hermosa modelo que se cayó mientras bailaba en un programa de televisión. Compró el diario La Nación y siguió su camino hasta el estacionamiento donde tenía su auto. De paso por la farmacia, entró y compró aspirinas y preservativos. Era increíble todo lo que vendían en las farmacias. Golosinas, cucherías y baratijas. Salió y comenzó a caminar lo más rápido posible. Esperó para cruzar la calle y vio en la esquina de enfrente a varias familias mendigantes. Dos o tres madres y varios niños y niñas de distintas edades se aglutinaban jugando y pidiendo limosna en un caos de movimiento que parecía ligado al final del día. Dudó si atravesar ese tumulto humano. Estuvo a punto de cambiar de dirección, pero juzgó que no tenía por qué. El semáforo se puso verde y comenzó a cruzar. Vio como varios de los niños lo miraban esperando a que llegase a la vereda para pedirle plata. Desvió la mirada hacia adelante y evitó mirarlos. Se sintió incómodo. No le gustaba sentir que daba la espalda a esa triste situación social, pero resolverla no estaba realmente en su poder. El también sabía dar limosnas eventualmente, pero no le gustaba sentirse obligado. Cuando llegó a la otra esquina vio a un linyera que se preparaba para abordarlo. Pensó que si le diera una bolsa de supermercado llena de comida posiblemente sería despreciada. El rostro del tipo era impresionante. Flaco, chupado, casi demacrado, de piel oscurísima, casi ébano, pero de rasgos europeos, bronceado sin duda por la continua exposición al sol. El tipo lo miraba y hablaba solo. Pero en realidad no lo miraba a él, su mirada lo atravesaba y se perdía en el infinito. Era un loquito. Pobre tipo. Automáticamente pensó en evitarlo pero sintió pena o culpa y metió la mano en el saco para sacar la billetera y darle un billete. Hizo todo sin quitarle la mirada de encima, en actitud defensiva, como esperando algún tipo de exabrupto. Su rostro era impresionante. Bello y despreciable. Era una lacra, una desgracia para la sociedad. El tipo seguía hablando solo. Sacó un billete de veinte pesos y se lo dio. "Comprate algo para comer", le dijo. "No", le contestó el otro "voy a comprar fasos". Sintió que esa franqueza no le convenía. Se animó a tocar su hombro y le dijo "Suerte viejo" y siguió su camino. Pensaba en su mano, con la que había tocado la ropa del linyera, pensó en la suciedad de su cara, en el desagradable olor que llegó a percibir, el olor del abandono, de la pobreza, del frío, de la miseria.
Caminó una cuadra más y finalmente llegó al estacionamiento. Pagó la cuenta y se dirigió a su auto. Subió, lo prendió y lo dejó en marcha un rato. Prendió la calefacción y encendió un cigarillo. No veía la hora de estar en su casa. Estar en su auto ya era parecido a estar en su casa, era un espacio suyo, confortable y hermoso. El tapizado de cuero, los tableros digitales, la caja automática. Le provocaba placer manejarlo. Consideraba que su auto era el fruto de su trabajo, de sus aciertos, de su inteligencia y de su claridad para los negocios. Sí, cada uno tiene, de alguna manera, lo que merece, lo que cosecha. Es cierto que hay mala gente con plata, políticos corruptos, ladrones y explotadores, pero él había triunfado honradamente. Estaba orgulloso de sí mismo, de su vida, su trabajo, su familia, su esposa y de sus dos hijos. Puso primera y salió del estacionamiento. Ya en la vereda frenó y quedó esperando para entrar a la avenida. Recordó a los niños mendigantes y al linyera tocado. Recordó días y días retornando del trabajo y esquivando la mirada y el contacto con cada especie de marginal que se cruzaba en su camino. En la calle, en los trenes y en los colectivos. Pensó que otros, aunque marginalmente, vivian dignamente, feristas, cartoneros, vendedores ambulantes y limpiavidrios. Pensó en la Villa 31 y en todas las villas de emergencia, en los rateros, ladrones, violadores y asesinos. Se alegró de no ser uno de ellos, de llevar una vida digna y sin necesidades.
Miró la avenida y vio la vía libre, y como queriendo olvidarse de todos esos oscuros pensamientos, pisó el acelerador e ingresó a la avenida como un bólido. Al mismo tiempo, una camioneta de reparto que pasaba a toda velocidad lo embistió brutalmente.
El golpe en la cabeza fue mortal. Su cabeza quedó sangrando apoyada contra el vidrio de la ventana.
La gente comenzó a amontonarse alrededor. El linyera pasaba por la vereda fumando y miraba la escena. Sin dejar de caminar sentenció: "Pobre infeliz".

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Fernando M. Sassone
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El infeliz - Cuento

El infeliz - Cuento

Salió del trabajo a las dieciocho treinta. El camino de regreso era monótono y tedioso. Bajó en el ascensor, saludó al portero y salió a la calle. Se detuvo en el puesto de diarios y miró las portadas de revistas expuestas. Chimentos, desgracias, política, deportes, erotismo y pornografía. El mundillo de la farándula estaba conmocionado con el reciente accidente sufrido por una joven y hermosa modelo que se cayó mientras bailaba en un programa de televisión. Compró el diario La Nación y siguió su camino hasta el estacionamiento donde tenía su auto. De paso por la farmacia, entró y compró aspirinas y preservativos. Era increíble todo lo que vendían en las farmacias. Golosinas, cucherías y baratijas. Salió y comenzó a caminar lo más rápido posible. Esperó para cruzar la calle y vio en la esquina de enfrente a varias familias mendigantes. Dos o tres madres y varios niños y niñas de distintas edades se aglutinaban jugando y pidiendo limosna en un caos de movimiento que parecía ligado al final del día. Dudó si atravesar ese tumulto humano. Estuvo a punto de cambiar de dirección, pero juzgó que no tenía por qué. El semáforo se puso verde y comenzó a cruzar. Vio como varios de los niños lo miraban esperando a que llegase a la vereda para pedirle plata. Desvió la mirada hacia adelante y evitó mirarlos. Se sintió incómodo. No le gustaba sentir que daba la espalda a esa triste situación social, pero resolverla no estaba realmente en su poder. El también sabía dar limosnas eventualmente, pero no le gustaba sentirse obligado. Cuando llegó a la otra esquina vio a un linyera que se preparaba para abordarlo. Pensó que si le diera una bolsa de supermercado llena de comida posiblemente sería despreciada. El rostro del tipo era impresionante. Flaco, chupado, casi demacrado, de piel oscurísima, casi ébano, pero de rasgos europeos, bronceado sin duda por la continua exposición al sol. El tipo lo miraba y hablaba solo. Pero en realidad no lo miraba a él, su mirada lo atravesaba y se perdía en el infinito. Era un loquito. Pobre tipo. Automáticamente pensó en evitarlo pero sintió pena o culpa y metió la mano en el saco para sacar la billetera y darle un billete. Hizo todo sin quitarle la mirada de encima, en actitud defensiva, como esperando algún tipo de exabrupto. Su rostro era impresionante. Bello y despreciable. Era una lacra, una desgracia para la sociedad. El tipo seguía hablando solo. Sacó un billete de veinte pesos y se lo dio. "Comprate algo para comer", le dijo. "No", le contestó el otro "voy a comprar fasos". Sintió que esa franqueza no le convenía. Se animó a tocar su hombro y le dijo "Suerte viejo" y siguió su camino. Pensaba en su mano, con la que había tocado la ropa del linyera, pensó en la suciedad de su cara, en el desagradable olor que llegó a percibir, el olor del abandono, de la pobreza, del frío, de la miseria.
Caminó una cuadra más y finalmente llegó al estacionamiento. Pagó la cuenta y se dirigió a su auto. Subió, lo prendió y lo dejó en marcha un rato. Prendió la calefacción y encendió un cigarillo. No veía la hora de estar en su casa. Estar en su auto ya era parecido a estar en su casa, era un espacio suyo, confortable y hermoso. El tapizado de cuero, los tableros digitales, la caja automática. Le provocaba placer manejarlo. Consideraba que su auto era el fruto de su trabajo, de sus aciertos, de su inteligencia y de su claridad para los negocios. Sí, cada uno tiene, de alguna manera, lo que merece, lo que cosecha. Es cierto que hay mala gente con plata, políticos corruptos, ladrones y explotadores, pero él había triunfado honradamente. Estaba orgulloso de sí mismo, de su vida, su trabajo, su familia, su esposa y de sus dos hijos. Puso primera y salió del estacionamiento. Ya en la vereda frenó y quedó esperando para entrar a la avenida. Recordó a los niños mendigantes y al linyera tocado. Recordó días y días retornando del trabajo y esquivando la mirada y el contacto con cada especie de marginal que se cruzaba en su camino. En la calle, en los trenes y en los colectivos. Pensó que otros, aunque marginalmente, vivian dignamente, feristas, cartoneros, vendedores ambulantes y limpiavidrios. Pensó en la Villa 31 y en todas las villas de emergencia, en los rateros, ladrones, violadores y asesinos. Se alegró de no ser uno de ellos, de llevar una vida digna y sin necesidades.
Miró la avenida y vio la vía libre, y como queriendo olvidarse de todos esos oscuros pensamientos, pisó el acelerador e ingresó a la avenida como un bólido. Al mismo tiempo, una camioneta de reparto que pasaba a toda velocidad lo embistió brutalmente.
El golpe en la cabeza fue mortal. Su cabeza quedó sangrando apoyada contra el vidrio de la ventana.
La gente comenzó a amontonarse alrededor. El linyera pasaba por la vereda fumando y miraba la escena. Sin dejar de caminar sentenció: "Pobre infeliz".

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Salió del trabajo a las dieciocho treinta. El camino de regreso era monótono y tedioso. Bajó en el ascensor, saludó al portero y salió a la calle. Se detuvo en el puesto de diarios y miró las portadas de revistas expuestas. Chimentos, desgracias, política, deportes, erotismo y pornografía. El mundillo de la farándula estaba conmocionado con el reciente accidente sufrido por una joven y hermosa modelo que se cayó mientras bailaba en un programa de televisión. Compró el diario La Nación y siguió su camino hasta el estacionamiento donde tenía su auto. De paso por la farmacia, entró y compró aspirinas y preservativos. Era increíble todo lo que vendían en las farmacias. Golosinas, cucherías y baratijas. Salió y comenzó a caminar lo más rápido posible. Esperó para cruzar la calle y vio en la esquina de enfrente a varias familias mendigantes. Dos o tres madres y varios niños y niñas de distintas edades se aglutinaban jugando y pidiendo limosna en un caos de movimiento que parecía ligado al final del día. Dudó si atravesar ese tumulto humano. Estuvo a punto de cambiar de dirección, pero juzgó que no tenía por qué. El semáforo se puso verde y comenzó a cruzar. Vio como varios de los niños lo miraban esperando a que llegase a la vereda para pedirle plata. Desvió la mirada hacia adelante y evitó mirarlos. Se sintió incómodo. No le gustaba sentir que daba la espalda a esa triste situación social, pero resolverla no estaba realmente en su poder. El también sabía dar limosnas eventualmente, pero no le gustaba sentirse obligado. Cuando llegó a la otra esquina vio a un linyera que se preparaba para abordarlo. Pensó que si le diera una bolsa de supermercado llena de comida posiblemente sería despreciada. El rostro del tipo era impresionante. Flaco, chupado, casi demacrado, de piel oscurísima, casi ébano, pero de rasgos europeos, bronceado sin duda por la continua exposición al sol. El tipo lo miraba y hablaba solo. Pero en realidad no lo miraba a él, su mirada lo atravesaba y se perdía en el infinito. Era un loquito. Pobre tipo. Automáticamente pensó en evitarlo pero sintió pena o culpa y metió la mano en el saco para sacar la billetera y darle un billete. Hizo todo sin quitarle la mirada de encima, en actitud defensiva, como esperando algún tipo de exabrupto. Su rostro era impresionante. Bello y despreciable. Era una lacra, una desgracia para la sociedad. El tipo seguía hablando solo. Sacó un billete de veinte pesos y se lo dio. "Comprate algo para comer", le dijo. "No", le contestó el otro "voy a comprar fasos". Sintió que esa franqueza no le convenía. Se animó a tocar su hombro y le dijo "Suerte viejo" y siguió su camino. Pensaba en su mano, con la que había tocado la ropa del linyera, pensó en la suciedad de su cara, en el desagradable olor que llegó a percibir, el olor del abandono, de la pobreza, del frío, de la miseria.
Caminó una cuadra más y finalmente llegó al estacionamiento. Pagó la cuenta y se dirigió a su auto. Subió, lo prendió y lo dejó en marcha un rato. Prendió la calefacción y encendió un cigarillo. No veía la hora de estar en su casa. Estar en su auto ya era parecido a estar en su casa, era un espacio suyo, confortable y hermoso. El tapizado de cuero, los tableros digitales, la caja automática. Le provocaba placer manejarlo. Consideraba que su auto era el fruto de su trabajo, de sus aciertos, de su inteligencia y de su claridad para los negocios. Sí, cada uno tiene, de alguna manera, lo que merece, lo que cosecha. Es cierto que hay mala gente con plata, políticos corruptos, ladrones y explotadores, pero él había triunfado honradamente. Estaba orgulloso de sí mismo, de su vida, su trabajo, su familia, su esposa y de sus dos hijos. Puso primera y salió del estacionamiento. Ya en la vereda frenó y quedó esperando para entrar a la avenida. Recordó a los niños mendigantes y al linyera tocado. Recordó días y días retornando del trabajo y esquivando la mirada y el contacto con cada especie de marginal que se cruzaba en su camino. En la calle, en los trenes y en los colectivos. Pensó que otros, aunque marginalmente, vivian dignamente, feristas, cartoneros, vendedores ambulantes y limpiavidrios. Pensó en la Villa 31 y en todas las villas de emergencia, en los rateros, ladrones, violadores y asesinos. Se alegró de no ser uno de ellos, de llevar una vida digna y sin necesidades.
Miró la avenida y vio la vía libre, y como queriendo olvidarse de todos esos oscuros pensamientos, pisó el acelerador e ingresó a la avenida como un bólido. Al mismo tiempo, una camioneta de reparto que pasaba a toda velocidad lo embistió brutalmente.
El golpe en la cabeza fue mortal. Su cabeza quedó sangrando apoyada contra el vidrio de la ventana.
La gente comenzó a amontonarse alrededor. El linyera pasaba por la vereda fumando y miraba la escena. Sin dejar de caminar sentenció: "Pobre infeliz".

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Salió del trabajo a las dieciocho treinta. El camino de regreso era monótono y tedioso. Bajó en el ascensor, saludó al portero y salió a la calle. Se detuvo en el puesto de diarios y miró las portadas de revistas expuestas. Chimentos, desgracias, política, deportes, erotismo y pornografía. El mundillo de la farándula estaba conmocionado con el reciente accidente sufrido por una joven y hermosa modelo que se cayó mientras bailaba en un programa de televisión. Compró el diario La Nación y siguió su camino hasta el estacionamiento donde tenía su auto. De paso por la farmacia, entró y compró aspirinas y preservativos. Era increíble todo lo que vendían en las farmacias. Golosinas, cucherías y baratijas. Salió y comenzó a caminar lo más rápido posible. Esperó para cruzar la calle y vio en la esquina de enfrente a varias familias mendigantes. Dos o tres madres y varios niños y niñas de distintas edades se aglutinaban jugando y pidiendo limosna en un caos de movimiento que parecía ligado al final del día. Dudó si atravesar ese tumulto humano. Estuvo a punto de cambiar de dirección, pero juzgó que no tenía por qué. El semáforo se puso verde y comenzó a cruzar. Vio como varios de los niños lo miraban esperando a que llegase a la vereda para pedirle plata. Desvió la mirada hacia adelante y evitó mirarlos. Se sintió incómodo. No le gustaba sentir que daba la espalda a esa triste situación social, pero resolverla no estaba realmente en su poder. El también sabía dar limosnas eventualmente, pero no le gustaba sentirse obligado. Cuando llegó a la otra esquina vio a un linyera que se preparaba para abordarlo. Pensó que si le diera una bolsa de supermercado llena de comida posiblemente sería despreciada. El rostro del tipo era impresionante. Flaco, chupado, casi demacrado, de piel oscurísima, casi ébano, pero de rasgos europeos, bronceado sin duda por la continua exposición al sol. El tipo lo miraba y hablaba solo. Pero en realidad no lo miraba a él, su mirada lo atravesaba y se perdía en el infinito. Era un loquito. Pobre tipo. Automáticamente pensó en evitarlo pero sintió pena o culpa y metió la mano en el saco para sacar la billetera y darle un billete. Hizo todo sin quitarle la mirada de encima, en actitud defensiva, como esperando algún tipo de exabrupto. Su rostro era impresionante. Bello y despreciable. Era una lacra, una desgracia para la sociedad. El tipo seguía hablando solo. Sacó un billete de veinte pesos y se lo dio. "Comprate algo para comer", le dijo. "No", le contestó el otro "voy a comprar fasos". Sintió que esa franqueza no le convenía. Se animó a tocar su hombro y le dijo "Suerte viejo" y siguió su camino. Pensaba en su mano, con la que había tocado la ropa del linyera, pensó en la suciedad de su cara, en el desagradable olor que llegó a percibir, el olor del abandono, de la pobreza, del frío, de la miseria.
Caminó una cuadra más y finalmente llegó al estacionamiento. Pagó la cuenta y se dirigió a su auto. Subió, lo prendió y lo dejó en marcha un rato. Prendió la calefacción y encendió un cigarillo. No veía la hora de estar en su casa. Estar en su auto ya era parecido a estar en su casa, era un espacio suyo, confortable y hermoso. El tapizado de cuero, los tableros digitales, la caja automática. Le provocaba placer manejarlo. Consideraba que su auto era el fruto de su trabajo, de sus aciertos, de su inteligencia y de su claridad para los negocios. Sí, cada uno tiene, de alguna manera, lo que merece, lo que cosecha. Es cierto que hay mala gente con plata, políticos corruptos, ladrones y explotadores, pero él había triunfado honradamente. Estaba orgulloso de sí mismo, de su vida, su trabajo, su familia, su esposa y de sus dos hijos. Puso primera y salió del estacionamiento. Ya en la vereda frenó y quedó esperando para entrar a la avenida. Recordó a los niños mendigantes y al linyera tocado. Recordó días y días retornando del trabajo y esquivando la mirada y el contacto con cada especie de marginal que se cruzaba en su camino. En la calle, en los trenes y en los colectivos. Pensó que otros, aunque marginalmente, vivian dignamente, feristas, cartoneros, vendedores ambulantes y limpiavidrios. Pensó en la Villa 31 y en todas las villas de emergencia, en los rateros, ladrones, violadores y asesinos. Se alegró de no ser uno de ellos, de llevar una vida digna y sin necesidades.
Miró la avenida y vio la vía libre, y como queriendo olvidarse de todos esos oscuros pensamientos, pisó el acelerador e ingresó a la avenida como un bólido. Al mismo tiempo, una camioneta de reparto que pasaba a toda velocidad lo embistió brutalmente.
El golpe en la cabeza fue mortal. Su cabeza quedó sangrando apoyada contra el vidrio de la ventana.
La gente comenzó a amontonarse alrededor. El linyera pasaba por la vereda fumando y miraba la escena. Sin dejar de caminar sentenció: "Pobre infeliz".

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