Santuario de la Tradición, de la Ciencia y del Arte, la catedral gótica no debe ser contemplada como una obra únicamente dedicada a la gloria del cristianismo, sino más bien como una vasta concreción de ideas, de tendencias y de fe populares, como un todo perfecto al que podemos acudir sin temor cuando tratamos de conocer el pensamiento de nuestros antepasados, en todos los terrenos: religioso, laico, filosófico o social. […] En la obra gótica, la hechura permanece sometida a la Idea; en la obra renacentista la domina y la borra. Una habla al corazón, al cerebro, al alma: es el triunfo del espíritu; la otra se dirige a los sentidos: es la glorificación de la materia.
Fulcanelli.
En esta esfera de vaporosa carroña donde vivimos -donde el burgués, estúpido filisteo, que bebe su vino edulcorado con la más erótica frivolidad, se alza regio sobre el arte, atreviéndose incluso a afirmar que la constituye- las antiguas etimilogías se ampollan en sal.
Los viejos maestros se vuelven polvo en el imaginario mientras los académicos se ríen de ellos en aduladores panfletos hacia el tutor. Quizá la Verdad, el discernimiento y la percepción se hallen bajo esas laceraciones de las catedrales, durmiendo bajo el musgo o palpitando disimuladamente entre el plomo de una vidriera. Rugiendo en el capitel de una pequeña Iglesia.
¿A quién le importa? Aunque en las madrugadas se explota un esoterismo de mercaderes en todos los canales, los saberes ocultos en la línea de un gravado arden sólo en las mentes de los inadaptados, los cuales cada vez son menos, ya que, obviamente, no vamos a contar como tales a los redactores, editores e histéricos de las revistas mensuales. ¿Quién se atreve a invocar al Diablo que se lleva dentro? ¿Quién manipula los metales sino ingenieros? ¡Ingenieros, por Dios! Hombres sin metáfora aparente. La decadencia de Occidente.
Yo no quiero eso, no quiero caer en la Sabiduría de libro barato, quiero caminar sobre las pistas de los muertos, peregrinar sin capa hacia Ella (y con Ella, por lo cual doy gracias a Dios). Aunque no llegue más que a ver de refilón el reflejo del sol en sus ojos para después perderlo al enfocarlo. Eso sería la certeza de que existe y las espuelas para las sucias botas de un caminante. Sé, por otra parte, que nunca manipularé el atanor, que jamás veré los brillos en la noche de la Corona perdida. Sería estúpido e insano pensar en el tacto de mesas de oro, pero también sería estúpido y también insano morir pensando que no existen, aunque sólo sea entre los cortinajes y el polvo de una biblioteca. Pienso que esta foto es una señal de que tengo razón.