Los invito a leer Un cuento sobre fotografía - "El extraño caso del Sr. C" - 1a parte

    Un cuento:
    El extraño caso del Sr. C. - Primera Parte

    "...pensé: «¿Para qué? Siempre será inocente; no se puede echar la culpa a los inocentes; no tienen nunca la culpa. Lo único que se puede hacer es dominarlos o eliminarlos. La inocencia es una especie de locura.»

    The Quiet American
    (El americano impasible)
    Graham Greene

    I. - El fenómeno
    El Señor C dice ser un artista: es fotógrafo. El Señor C tiene en alta valoración y estima su propio trabajo, del que está tan orgulloso como del status de artista que supone ha conseguido. El Señor C da por sentado que posee una fina sensibilidad, un alto criterio estético y un gran conocimiento del arte y la técnica fotográfica. Yo sin embargo, pienso que su obra es estéticamete banal y fotográficamente mezquina, poco más que un rejunte de foto-postales inconexas de dudoso valor fotográfico. En cuanto a él, lo creo arrogante, ignorante y falto de la sensibilidad y la destreza que hacen a un buen fotógrafo. No pocos opinan como yo. Para convencerse, basta con recorrer su portfolio en la red o leer los textos que escribe para acompañar sus fotos. Le agrada escribir sobre las intenciones que motivaron sus fotos y los pormenores de su realización. Insatisfecho con ello, continúa con referencias históricas y turísticas y constata datos de nulo interés fotográfico y escaso valor cultural. El estilo de sus declamaciones es paternalista, como el del que enseña, aconseja, o revela alguna verdad grave u oculta. Su tono es pedante. Su redacción es deficiente. Lo desparejo en la gramática evidencia un frecuente y descarado copy&paste. Como pretendiendo que todo lo que escribe es de cosecha propia, nunca cita fuentes. En todos los casos, los comentarios son tediosos y deslucen los mínimos méritos fotográficos que pudieran eventualmente encontrarse en sus fotos. Sus textos brindan menos información sobre la génesis de la imagen que sobre su propia persona y pensamiento. Paradójicamente, el Señor C está convencido de que sus fotos y textos son valiosos registros y documentos destinados a ilustrar al resto de los fotógrafos y al público en general.
    Una de sus costumbre más reprochables es la de participar en foros de diversos grupos de fotografía representando el papel de un experimentado fotógrafo, de un erudito. El espectáculo que brinda es entre cómico y triste. Para peor de improperios, el Señor C no desaprovecha la mínima oportunidad de enaltecerse, hecho que me ha llevado a inferir que para él la fotografía es sólo un vehículo, una excusa para comunicarse, buscar exposición y aprobación pública. Si Marshall McLuhan hubiese analizado el caso habría sin duda concluído en que "su ego es el mensaje" (*1)
    Mucha veces pienso en que si se limitara a fotografiar, si desistiera de escribir, sería menos imposible encontrar valor a sus fotos. La ambiguedad y multiplicidad de sentidos de la fotografía podría jugarle a favor, podría beneficiarlo. Pero para el Señor C, explicar sus fotos es fundamental, lo que las agota a poco de verlas.
    Confunde a más de un espectador el curioso hecho de que entre su fotografía y escritos pueda reconocerse una clara analogía estética. Dudan entonces de si están ante la presencia de un premeditado e insidioso hecho artístico o ante una vulgaridad. Que no se confundan. La estética en cuestión es la estética de lo insustancial, de lo ordinario, lo anodino, lo banal, lo intrascendente, lo pueril. No estoy seguro de si esto pueda ser un mérito en algún otro caso, pero estoy seguro de que para el Señor C, ningún mérito es el resultado de algo buscado.
    Pese a todo y a mi pesar, el Señor C ha logrado convencer a un considerable número de público, de que es un gran fotógrafo.
    La mayor parte son novatos y legos en fotografía que visitaban su portfolio en Flickr.com. Este ejército de seguidores alimentaba su ego en forma continua, alabando sus fotos, felicitando sus textos y ocurrencias de mal gusto y festejando cada iniciativa que emprende. Es un público que comparte sus mismas aspiraciones y se identifica tanto con él probablemente por tener sus mismas limitaciones. Son ellos, en definitiva, quienes prolongan en el Señor C la ilusión de creerse un maestro de la fotografía, un cronista de la vida cotidiana, un divulgador del folklore nacional y de la cultura contemporánea. Ya lo dice el refrán: "la culpa no es el chancho sino del que le da de comer". Es por eso que a su público dirijo mis mayores reproches.
    El caso del Señor C no es singular, existen muchos como él. Son un subproducto de la revolución digital que ha posibilitado que una nueva generación y tipo de fotógrafos adquiera un rápido dominio y control sobre las herramientas y la composición fotográfica, pero esta misma revolución digital, no no ha podido ofrecer atajos para adquirir madurez en el lenguaje, coherencia conceptual y conciencia en lo que se comunica. Estos fotógrafos buscan difusión en la red, primero en ámbitos acotados que van paulatinamente agrandando agregando miembros a sus redes de contactos. El siguiente gran paso es trascender los límites virtuales montando alguna exposición, vendiendo copias o logrando que algún medio publique algunas de sus fotos. Llegan a publicar libros digitales por su cuenta, o siendo presa de alguna editorial que solo busca la ganancia de la impresión, pagada enteramente por el autor.
    El Señor C ya ha transitado muchos de esos caminos y ha llegado aún más lejos, asistiendo a talleres a cargo de famosos fotógrafos. Con tantos logros en su haber, se siente un gran fotógrafo y se comporta como tal, adquiriendo los típicos defectos de carácter de los artistas y ninguna de sus virtudes. Porque si hay algo de lo que el Señor C no duda es de su propio criterio y pensamiento. Y atención, que no se trata de convicción, sino de necedad. El Señor C responde a la perfección a la famosa definición de hombre-masa que hiciera Ortega y Gasset hace casi un siglo y que, si me permiten, bien vale la pena citar:(*2)

    "Si (...) se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, se encuentra lo siguiente: 1º,una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; por lo tanto, cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que, 2º, le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio. Actuará, pues, como si sólo él y sus congéneres existieran en el mundo; por lo tanto, 3º, intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin miramientos, contemplaciones, trámites ni reservas, es decir, según un régimen de «acción directa».

    Ya mencioné que no soy el único que siente rechazo por la obra y personaje del Señor C. Algunos, los menos, lo exteriorizan en comentarios, discusiones y ataques directos en los grupos de la red. Otros callan, por respeto, por cobardía o por no querer entrar en discusiones vanas. Yo siempre cuidé de mantenerme al margen de cualquier iniciativa o postura que pudiera entenderse como una cruzada en su contra. No por cobardía o falta de animosidad, sino porque desde un principio comprendí que sus detractores declarados formaban parte del mismo fenómeno que lo enalte y potencia. Como método de resistencia a los de su clase practico la indiferencia, prefiriendo un rechazo generalizado y silencioso antes que litigar con los representantes de esa retaguardia artística, entre los cuales, ninguno como el Señor C. No sirve plantear debate a personas intransigentes y autocomplacientes, que se satisfacen en el aplauso, la popularidad y la exposición pública. Cuestionarlos es tenerlos en mucho, es jugar su juego.
    Pese a mis ideas sobre el arte y la fotografìa y culpa de mi natural gentileza para tratar con las personas, o quizá de alguna debilidad de carácter que no me atrevo a reconocer, sin quererlo ni buscarlo, me vi involucrado en una relación que habida cuenta de lo expuesto, resulta incongruente. Porque el Señor C, además de un engreído y mediocre fotógrafo, además de haberlo ser mi némesis declarada, terminó convirtiéndose en mi amigo.

    II. - La amistad
    Lo conocí en los grupos y foros fotográficos de flickr.com, en Internet claro. Su acercamiento a mi fue genuino, pero no exento de otras intenciones. Pretendía sin duda acceder a mi círculo de fotógrafos amigos, entre los cuales había profesionales y aficionados serios. Habíamos fundado un grupo que denominamos Café Porteño, en el que centrábamos nuestras actividades y debates. A fuerza de comentarios y preguntas fue acaparando mi atención. Intenté ser parco, pero adiviné buenas intenciones y le di carta abierta. ¡Para qué!, rápidamente se me adhirió como una sanguijuela, ansioso de reconocimiento y necesitado de amistad. No pocas veces intenté despegármelo y fue solo por mérito de su insistencia que terminé por apreciarlo y hasta tenerle una sincera estima.
    Pese a lo taxativo de mis pareceres, no debe dudarse de mis buenas intenciones para con C, ni de la amistad que llegué a profesarle en el plano personal. Las relaciones humanas son complejas y pueden ser contradictorias, pero cariño y amistad no conllevan necesariamente coincidir en gusto estético o ideología. Julio Cesar fue amigo de Bruto, su asesino. Cesar Augusto y Tiberio, fueron amigos, pero el segundo destruyó todo por lo que el primero había luchado. La tradición histórica presenta a Salieri como enemigo de Mozart, pero se sabe que fueron grandes amigos. Ser amigo del Señor C no me impedía detestar todo lo que hacía. ¿Qué otro motivo que una sincera amistad podía ser la razón para que dedicara mi tiempo a hacerlo reflexionar sobre lo excesivo de su auto valoración, lo poco apropiado de sus textos y lo vergonzoso de su amanerada pose pseudo intelectual? Pero fue tiempo perdido. Nunca logré que recapacite, ejerza la autocrítica o cultive la humildad. C relativizaba todo lo que le decía. Me argumentaba que yo era muy exigente y estructurado, que en el arte, y por ende en la fotografía, no todo pasa por la razón o la racionalidad, antes bien por la emoción y la sensibilidad.
    Con el tiempo fui desistiendo de hacer cualquier tipo de cuestionamiento porque ¿cómo razonar con alquien que escuda sus arbitrariedades, absurdos y mediocridad bajo la pantalla del arte? El era feliz viviendo esa farsa, y verdaderamente tenía un público que lo apreciaba y alentaba, ¿quién era yo para pincharle esa burbuja que tanto trabajo le había costado construir? Mi sincero aprecio me exigía moderar la sinceridad al momento de hablar de la calidad de su obra.
    Supe que solo podría ser amigo de C, en tanto la amistad no tuviese que ver con la fotografía. La fase artística de C me exasperaba. Paulatinamente fui excluyendo los temas fotográficos de nuestras charlas y comenzamos a tocar temas de política, cine y personales. Fue así que pude conocerlo más profundamente y darme cuenta de que en el fondo, C no era más que un triste muchacho sin rumbo, golpeado por la vida y necesitado de cariño y aceptación. Desde muy temprana edad C había atravezado duras pruebas y había salido airoso, aunque algunos de esos golpes indudablemente lo habían marcado. No incurriré en el relato de las circunstancias de su vida que lo llevaron a ser quien es porque no me interesan las razones que dieron forma al monstruo fotográfico ni a su personalidad amanerada. Lo único que me interesaba era encontrar el antídoto que me haga inmune a los de su clase.
    Mi situación era incómoda, el Señor C era mi amigo, pero artísticamente era mi enemigo. Con el Señor C, todo representaba una dualidad, una paradoja, un dilema, una disyuntiva. No es casual que haya hablado de "monstruo" y de "antídoto". Arrinconado entre amistad y repulsión, me sentía como Ulises navegando entre Escila y Caribdis, dos peligrosos monstruos de los que tenía que mantenerme alejado. Mi rechazo artístico hacia él no debía empañar la amistad y la amistad no debía ser confundida con aceptación artística. Tenía que aprender a separar las cosas. Pero ser amigo de C también era difícil. Era un tipo muy absorvente y tenía la tendencia a inmiscuirlo a uno en todos sus problemas y preocupaciones. Tomaba más de lo que se le ofrecía. Ansioso en todo, no podía esperar a que una amistad madure. Todo lo que proyectaba cosechar de una amistad: confianza, compromiso, afecto, etc. lo asumía como una realidad concretada y se comportaba comfome a ello. Debía marcarme límites y no traspasarlos, era lo más prudente. Podía salvarme de Escila y Caribdis manteniendo distancia, pero había otro monstruo del que no podía alejarme.
    En la novela de Stevenson "El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde", una fórmula secreta transforma el aspecto y personalidad del Dr. Jekyll en el de un alter ego que es su opuesto moral: Mr. Hyde. Identificaba al Señor C con el repulsivo Señor Hyde y a mí mismo con el bueno y atormentado Dr. Jekyll, pero lo cierto era que un poderoso Mr. Hyde pugnaba por emerger de mi interior, fortalecido día a día por la violenta indignación que me provocaba su mediocre fotografía, su patética prosa y su insoportable pose de intelectual barato. Necesitaba un antídoto para controlarlo, un método. Mi tolerancia se había agrietado. No podía aceptar la existencia de una persona que me molestara tanto y cada vez me costaba más ocultar lo que sentía, contener las ganas de ponerlo en su sitio, de cantale las cuarenta, de decirle abiertamente lo mediocre de su producción y lo lastimero de sus poses. Empezaron a escapárseme alguas ironías y comentarios punzantes. Mi sarcasmo se hizo más intenso. Y empecé a ponerlo en ridículo públicamente. No podía soportarlo. Tenía que alejarme de él hasta encontrar la forma de controlar mi indignación o de canalizarla en forma positiva o constructiva. La lucha interna que me aquejaba ya tenía un vencedor. Mi identificación con Mr. Hyde era total.

    III. - Lo inverosímil
    Transcurrido algún tiempo sin verlo y ni saber de él, supuse que finalmente me había librado de su absorvente presencia y del influjo negativo que me provocaban sus poses, producción y actitudes. Pero un día, de improviso, se comunIcó conmigo telefónicamente y sin ningún tipo de preámbulo me hizo una propuesta inverosímil: que oficie como curador de su primera exposición individual. Había pactado exponer su primer ensayo fotográfico, aún sin terminar, en el Museo Fotográfico Simik de Buenos Aires. El Simik es un espacio de difusión y promoción alternativo e informal, donde suelen exponerse variados y dispares obras y autores, pero en donde suelen citarse no pocos fotógrafos y personalidades del ambiente fotográfico porteño.
    Mi rol de curador incluía guiarlo y asistirlo para que logre presentar un ensayo formalmente homogéneo y conceptualmente consistente. Luego debía seleccionar las fotos que formarían parte de la exposición. Obviamente le respondí que no. No estaba dispuesto a ser parte de ningun iniciativa suya. Me excusé alegando que, como él bien había señalado una vez, yo tenía una visión "racionalizada" de la fotografía que no le convenía a su trabajo "emocional y sensible". Me contestó que en este caso había juzgado que lo que necesitaba justamente era mi enfoque "racionalista" y que me daría libertad para producir la muestra como mejor me pareciera. Dijo que el haberme elegido representaba un reconocimiento a mi capacidad crítica (evidentemente no se imaginaba lo poco que me interesaba su reconocimiento). Le agradecí el honor y le volví a decir que no, que no disponía de tiempo necesario y que realmente no me convencía su trabajo. C insistió en que no debía contestarle en ese momento, en que me tome mi tiempo para meditarlo. De mal humor le respondí que no necesitaba meditar nada. Me dijo que me llamaría dentro de unos días para tener mi respuesta. Le dije que no se moleste en llamarme porque no me interesaba.

    IV. - Lo incomprensible
    Nunca sabré por qué acepté ese insano encargo. Tal vez porque lo juzgué como una buena oportunidad para dejar mis recelos de lado y hablar seriamente con C sobre su trabajo, o tal vez para reivindicarme y controlar a mi mounstro interior, el despiadado Mr. Hyde, que tan duro trato que le había propinado a C en nuestros útlimos encuentros. Sea por lo que fuere, presentía el desastre. Me sentí como un cordero caminando voluntariamente al matadero.
    Tenía ante mi un desafío personal, artístico y profesional. Siempre me gustaron los retos, pero tendría que pensar con claridad y encontrar la mejor forma de llegar a buen puerto.
    Recordé un libro de poesías de Silvio Soldán (*3) que, con ánimo bromista, me regaló mi buen amigo Juan Carlos Latriglia. El libro incluía un CD con las toscas poesias recitadas por este famoso locutor televisivo devenido en poeta. Una música de fondo de telenovela barata acompañaba el recitado. El prólogo de esta bizarra obra estuvo a cargo del célebre guionista de telenovelas Alberto Migré (*4). Soldán y Migre eran referentes, cada uno en su especialidad. Colegas en el ambiente televisivo porteño, debian ser amigos sin lugar a dudas. Imagino la cara que habrá puesto Migré cuando Soldán le pidió que prologara su libro de poesías. Adivino su preocupación al leer los primeros versos. No puedo imaginarme lo que habrá sentido al escuchar los recitados. Pero entiendo muy bien las razones por las que no pudo negarse. Escribir ese prólogo habrá sido el mayor desafío en la carrera de Alberto Migré. Yo ya tenía mi desafío, ya tenía a mi Soldán.

    V. - Las preocupaciones
    Ni las racionalizaciones, ni las justificaciones que esgrimí para consolarme por haber aceptado el trabajo lograron aquietar un temor que me rondaba desde el inicio: temía que en el ambiente fotográfico mi nombre quedara asociado al de C. El trabajo de prensa que haría el Simik sobre el evento y su difusión en los portales de fotografìa casi garantizaban que Google arroje listas de resultados asociando mi nombre al de C. Los motores de búsqueda en la red son los mayores alcahuetes de la era cibernética y esto podría significar que se me identifique con ese círculo fotográfico que tanto me desagradaba. Definitivamente no me convenía. Debe entenderse que yo tenía mis propias aspiraciones fotográficas y obviamente prefería ver mi nombre asociado al de los fotógrafos con los que siento afinidad o admiración, y no al de un autor de poca monta por el que siento aversión. La buena prensa era algo fundamental para un autor emergente, y yo estaba dando un mal paso. Meditaba en esto cuando me vino a la mente una frase que debo haber escuchado en alguna película (¿Ed Wood?) y que decía que la mala prensa no existía, que no importa que se hable mal o bien de uno, lo importante era que se hable. Recordé al ex-presidente argentino Carlos Menem, a su pésima relación con los medios y sus buenos resultados electorales. Pero ya no servía lamentarse, la suerte estaba echada desde que me había comprometido a realizar el trabajo. Después de todo, mi nombre no estaba en el panteón de los fotógrafos o el de los críticos de arte como para que me afecte tanto tener un mal paso. En el peor de los casos siempre podría condicionar mi aparición en los créditos a que el resultado obtenido sea decente. Le diría a C que prefería el anonimato, y que la desición de no figurar tenía que ver con mantener un bajo perfil. Seguramente su inflado ego vería en ello una oportunidad para acrecentar su propio protagonismo.
    Pero repentinamete surgió otro temor aún mayor. No había pensado en que seguramente C querría incluir en la exposición su insidiosa marca personal: sus textos berretas de discurso vacuo y pedante. La fotografía de C podía catalogarse como intrascendente, mediocre o tibia pero sus textos eran sencillamente impresentables. Eran peor que las poesías de Soldán, que a pesar de ser malas estaban bien escritas. No podía arriesgarme a tener que soportar su nociva pluma, que tanto me afectaba. Me resultaba inaceptable. Debía actuar rapidamente. Le impondría mis condiciones y si no las aceptaba declinaría en mis funciones como curador. Decidiera lo que decidiera yo saldría ganando.
    Lo cité en un café en Avenida de Mayo y Salta con la excusa de hablar sobre la organización del proyecto. Llegué puntual, pero C me estaba esperando y ya había tomado un café. Me senté, pedí dos cafés y fui directo al punto.
    Para trabajar como curado tendría que tener control completo sobre la exposición, y no solo en la parte fotográfica sino que también sería el encargado de la redacción de todo y cualquier tipo de textos, comentarios en las fotos, presentaciones, reseñas biográficas, gacetillas de prensa o textos de las piezas promocionales. C se opuso de plano. Alegó que sus textos eran parte de su forma de trabajo, estilo y de la percepción de su fotografía. Estuve tan de acuerdo con lo que dijo que insistí en mi condición. Le dije que esta debería ser una exposición netamente fotográfica, no una crónica personal. Dándose cuenta de mi intransigencia, con mucho pesar, aceptó mis condiciones. y como quien no sede sin quitar, me pidió que de paso me encargue del diseño gráfico de las invitaciones, el catalogo, los volantes y el afiche. Nueva e inexplicablemente, acepté. El trabajo había crecido demasiado y de pronto me encontré al frente de muchas responsabilidades: curaduría, redacción, diseño gráfico y lo peor, armar una exposición fotográfica para mostrar las virtudes de un fotógrafo con el que no tenía la más mínima empatía, con una obra que no valoraba y con la que no me sentía identificado. Me sentí cansado de antemano, agobiado, como quien emprende un viaje a la Antárdida para hacerse con unos cubitos de hielo. La mejor manera de resolver estas contradicciones era encarar el encargo como un trabajo. La redacción de los textos no sería complicada, reseñas y gacetillas pertenecen a un género muy estructurado en el que nadie espera encontrar críticas o cuestionamientos, tan solo una orientación o introducción al autor y su trabajo. Mi trabajo como consultor publicitario me tenía habituado a desarrollar información basado sólo en los aspectos positivos de una empresa, producto, servicio o persona. Incluso los aspectos negativos o desfavorables a veces pueden comunicarse como valores de identificación. Como cuando anuncian como una gran ventaja que un teléfonos celular sea "extra-liviano". La verdad es que es puro plástico, pero no era menos verdad que era "ultra-liviano".
    La edición fotográfica no me preocupaba demasiado. Había hecho varias curadurías para amigos y para el grupo de fotografía y sabía muy bien que subyugando la selección a un concepto estético y sacrificando las fotos indicadas, podría sin duda socabar ese postalismo fotográfico que identificaba al autor. Solo necesitaría tener acceso a las mayor cantidad de fotos para poder hacer mi selección, especialmente fotos borradores y descartes. Desde esos descartes del autor, edificaría mi obra.

    VI. - El trabajo
    Me aboqué diligentemente a completar la exposición de manera que no quedara nada por resolverse ni librado al azar. Afortunadamente pude convencer a C de que la exposición no requería de textos. Le dije que el ensayo debía hablar por sí mismo y que acompañarlo con opiniones del autor era como ponerle muletas al trabajo o anteojos al espectador. Le dije que no era inteligente condicionar al espectador con la visión del autor. Le dije que su ensayo poseía tal riqueza de significados que permitía las más diversas lecturas y que agregar textos era restringirlas. Estas y otras mentiras le dije antes de que cediera a mi presión. Confieso que me avergonzó haberle mentido tan descaradamente, principalmente porque el elogio grandilocuente a su obra era lo que basicamente molestaba en su público. Razoné que lo que estaba defendiendo era mi propio trabajo y mi reputación y que si no le decía la verdad era simplemente porque él ya había demostrado que no era capaz de asimilarla.
    Con la tranquilidad de tenerlo alejado, terminé el armado de la muestra en tiempo record y en forma óptima. Concebí así cinco series de cinco fotos cada una, de ambigua sencillez. Cada serie se cimentaba sobre sutiles variaciones narrativas. En forma global, la muestra comunicaba emociones nostálgicas y melancólicas, generaba sentimientos incómodos, casi perturbadoras, como surgidos de una necesidad insatisfecha. De las fotos emergía una estética que parecía heredera de la tradición de algún viejo maestro. Así de bueno fue mi trabajo, y yo estaba más que satisfecho por haber compuesto a un nuevo autor al tiempo que sepultaba a C bajo un andamiaje conceptual inaccesible para él. Cualquiera que conociera la obra de C y viera esta muestra, quedaría sin duda perplejo ante la profundidad del ensayo presentado. De la identidad del autor a penas se veían vagas trazas y sólo si se miraban las fotos fuera del contexto de las series. Hasta llegué a pensar que después de todo eran buenas fotos. Me asusté de haber podido ser el descubridor de un nuevo fotógrafo talentoso. Imaginaba a C subido a caballo de mi triunfo, mirandome desde arriba, desde el nuevo pedestal que significaba esta exposición con la certera convicción de que se había erigido victorioso de nuestra lucha íntima. Porque en algún nivel de su inconsciente él debía saber del rechazo que me provocaba su fotografía. Yo sabía que el C era incapaz de hacer fotos con la sutileza que surgía de mis series. El mérito escondido era exclusivamente de la curaduría. C no hubiera valorado estas fotos bajo ningún punto de vista, y seguramente, pasado algún tiempo, las hubiera borrado de su archivo. Estoy convencido de que las fotos que incluí en mis series fueron hechas por absoluta casualidad, y sin propósito ni intenciones definidas. C había sido su autor, pero la magia lograda en las series era obra mía, yo era el artífice de ese pequeño milagro. La pequeña gloria que C lograría gracias a mi trabajo, demostraba que mi amistad era sincera y que si bien no apreciaba al fotógrafo, sí a la persona.
    Hasta ahora no he mencionado el tema del ensayo de C, y no lo haré, porque prefiero no tener que explayarme sobre cuestiones fotográficas. Baste con decir que no era un tema muy novedoso, y que solo un fotógrafo avezado, que no era el caso de C, podría haberlo abordarlo con originalidad. A como estaban las cosas esta originalidad dependería exclusivamente del curador.

    VII. - El éxito
    Lo cité a mi estudio y le presenté la propuesta. Las cinco series en paneles rígidos de un metro y medio por treinta centimetros de alto, cada uno con cinco fotos de catorce por veintiún centímetros. C las miró con atención. Aparatosamente finjía el gesto de quien analiza profundamente. Más allá de ese gesto, se lo veía sorprendido. Su cabeza se movía a un de lado a lado de los paneles y sus pupilas revoloteaban con movimientos de colibrí. Medité sobre lo inútil que era mover tanto los ojos cuando ya se está moviendo la cabeza. Imité esos extraviados movimientos de ojos y justo me miró. Me llevé una mano al ojo como si tuviera una basurita y me quedé en silencio. C seguía mirando los paneles. Lo miré intentando decifrar lo que pensaba. Me pareció desconcertado. Debía haberse dado cuenta de que la muestra comunicaba algo que él desconocía en sus fotos. Di media vuelta y fui a sentarme a mi escritorio. Me puse a ordenar anotaciones en papelitos. C puso los paneles de frente sobre los estantes de la biblioteca y se alejó para verlos. Me miró y sonrió. -Descubriste algo nuevo en mi. Es raro, pero me gusta.- dijo. No le contesté, pero le sonreí. Era evidente que no se reconocía en sus fotos. Eso significaba que las series estaban dando el resultado esperado. -Me gusta- dijo al fin. Hizo silencio un largo rato y luego agregó -Es una selección muy rara, pero me gusta, tiene algo especial-. Aunque pudiera darse cuenta, C jamás reconocería que era incapaz de generar en forma voluntaria y conciente eso que lo había cautivado de las series. Feliz con su ingenuidad, me felicitó por lo que llamó "un gran trabajo profesional". Dijo (en otras palabras muy confusas) que a él le hubiera resultado imposible realizar la curaduría por no poder desprenderse del lazo emocional que lo unía a cada foto, hecho que no le permitía valorar a ninguna foto por sobre otra, ni mucho menos realizar ningún descarte. Me dijo que mi gran mérito fue el haber sabido interpretar lo que él buscaba. No comprendió que el mayor mérito de la curaduría había sido traer a un primer plano lo conceptual anteponiéndolo al tema y la forma, e incluso el autor. En mi serie, el autor era anecdótico, prescindible. Es más, la muestra hubiera ganado mucho si las fotos se presentaban como anónimas, o como el resultado de un trabajo colectivo. C estaba desconcertado y sorprendido pero de alguna manera muy conforme. Añoraba haber podido ser parte de ese proceso ignoto que logró esa suma de emociones y percepciones indefinibles para su limitada comprensión de la fotografía y el arte.
    Pese a la alegría que le adjudicaba, noté que preparaba una objeción. Algo no lo convencía. ¿Qué sería?. Se entretuvo mirando una y otra vez los paneles de cada serie, mientras sin duda buscaba las palabras indicadas para lo que quería decir. Finalmente habló. Dijo que con las fotos descartadas podrían agregarse dos o tres series más. Dijo que faltaban fotos que él juzgaba fundamentales. Quiso decir otras cosas, pero no lo dejé. Con firmeza y una entonación de indignación le dije: -No-. Luego le argumenté que la exposición ya estaba cerrada y que no estaba dispuesto a hacer ningún cambio. Le recordé que nuestro acuerdo se basaba en que respete mis desiciones. Mi firmeza lo aplacó, pero estaba tenso. Para distenderlo le comenté que las fotos descartadas eran buenas fotos, pero que yo no podía armar un concepto consistente con ellas. Le expliqué que para lograr algo siempre era necesario sacrificar otra cosa, que todo no se podía. Le dije que los descartes le podrían servir para armar otra exposición o para, en el futuro, armar una retrospectiva con fotos inéditas. Le brillaron los ojitos al escuchar esto último. Seguramente fantaseaba con que en el futuro alguien redescubríría sus obras maestras hoy descartadas. Por supuesto no le mencioné que si por mi fuera, las fotos que no seleccioné hubiesen terminado en el cesto de la basura. Le sugerí que debía empezar a abordar algún nuevo tema, un nuevo proyecto. Se relajó y me dio una palmada en la espalda mientras me decía "Buen trabajo, amigo mio. Muy buen trabajo".

    VIII. - El alivio
    Me sentía aliviado de haber podido participar en este proyecto sin correr el peligro de quedar ligado en algo bochornoso. Tan contento estaba que hasta decidí incluir mi nombre en los créditos de curaduría y de las reseñas. Entendía que el haber armado una exposición respetable partiendo de un trabajo sin pies ni cabeza, un tema difuso y un autor que trabajaba con banalidad y sobre lugares comunes, representaba un gran mérito. Estaba tan feliz por los resultados como por haberme quitado este escalabroso asunto de encima. Pero mi felicidad estaba destinada a durar poco...

    Continuará

    ---
    Fernando M. Sassone
    www.finisafricae.com.ar
    www.fs.singularidad.org

    (*1) Marshall McLuhan, filósofo y ensayista candiense especializado en los medios de comunicación electrónicos. Es famosa su sentencia "El medio es el mensaje".
    (*2) José Ortega y Gasset, "La Rebelión de las Masas", 1926-1930.
    (*3) Silvio Soldán es un famoso locutor de radio y televisión en Argentina.
    (*4) Alberto Migré es el más célebre guionista de telenovelas de Argentina y Latinoamérica

    Comments and faves

    1. Drosan Aipuj [deleted] (36 months ago | reply)

      Bien por los retratos Fer, muy bien.

    2. Fernando Sassone (36 months ago | reply)

      Gracias Drosan! recién caigo con tu nombre... jajajaja parecés árabe!!

    3. Fil.ippo (34 months ago | reply)

      Wonderful shot, great work!

      Seen on your photostream

    4. Ignacio Sanz (33 months ago | reply)

      Cuando el Arte se impone no hay nada que hacer ni que explicar, ante la obra no hay razón. He visto (y leido alguno) libros enteros dedicados a una sola obra.

    5. Fernando Sassone (33 months ago | reply)


      Pero este es un cuento , una historia de fantasia derecho viejo, la foto está de adorno.

    6. Drosan Aipuj [deleted] (33 months ago | reply)

      Jajja!
      Vuelvo al mismo comentario: Que buen retrato!!!

    7. Joserri (32 months ago | reply)

      Muy buen trabajo.

      ¡¡¡Felicidades, también, por tu cumpleaños, que en España ya es sábado!!!

      Opinaré algo más sobre la historia cuando la digiera...

    8. Misadon Cueros Argentinos [deleted] (30 months ago | reply)

      Espectacular relate, para cuando la segumda parte ???

      Greg

    9. Carolina Gisela Zammar (15 months ago | reply)

      Muy Bueno Fer!!!! Pobre señor C!! jajaja Que bueno que estés escribiendo!!! Tenés muchas condiciones, ya te lo había dicho! Firma: Señor C , jajaja nah!! en serio muy buena tu manera de redactar!! ¿Para cuando una novela?? Besos!!

    10. Fernando Sassone (15 months ago | reply)

      Gracias Caro. Sigo escribiendo si, tengo un librito digital, en PDF, de cuentos. Si te iteresa leerlo avisame y te paso el link para descargarlo. Beso!

    11. Fernando Sassone (15 months ago | reply)

      Pronto publicaré la segunda parte.

    keyboard shortcuts: previous photo next photo L view in light box F favorite < scroll film strip left > scroll film strip right ? show all shortcuts