DSC2928 / El salto del fraile

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El salto del fraile
Chorrillos, Lima

Corrían los inicios de 1860, entre las nobles familias que habitaban esta ilustre ciudad de los reyes, se distinguía, la del marqués de Sarria y Molina. Fiel a su rey y señor, dueño de buenas propiedades que redituándole tres por ciento al año le daban sin embargo, en relumbrantes pesos, más de lo que podía gastar. Casado en edad madura, hacía dos años que había enviudado, concentrando desde entonces todo su afecto en su única hija, Clara, que su esposa le había dejado al abandonar este mundo.

La niña prometía ser tan hermosa como lo había sido su madre, a los quince debía formar el tipo de la ardiente y voluptuosa criolla. Ahora, que sólo contaba con doce, era la niña traviesa y mimada, cuya voluntad era soberana en la casa. Entre la numerosa servidumbre se distinguía Evarista, arrogante mulata que había sido la nodriza de Clara, y su hijo Francisco, tres años mayor que la niña. Esta le profesaba tierno cariño, lo que equivale a decir que estaban segregados de las tareas del servicio. Evarista era la togada ama de llaves, y Panchito, como se le llamaba, era el engreído del señor marqués.

Es verdad que Panchito era un "cuarentoncito" muy bien plantado y su raro parecido a uno de los tíos de Clara daba motivo para que las malas lenguas dijesen, que este noble señor no había sido indiferente a los incitantes atractivos de la mulata, cosa que a nadie debe escandalizar, pues es cosa reconocida, la afición que a la canela tenían antiguos dominadores españoles. El tiempo, mientras tanto, corría y más pronto de lo que se cree, la niña fue mujer y el engreído cumplió diez y ocho años. Eran, sin embargo, tan inocentes los niños de aquel tiempo, que continuaban en el ejercicio de sus infantiles juegos, y aunque no faltase persona maliciosa que temerariamente adelantase el juicio, hasta suponer que no estaba exenta de peligros la estrecha intimidad de Clara con el único hombre a quien trataba.

Una mañana, en la cual habían sucedido a la calma y paz doméstica, la confusión y la discordia. El desgraciado padre gritaba airado, y amenazaba a su hija, a quien llamaba desnaturalizada, echándole en cara haber manchado su nombre y sus blasones. Esta sufría desmayos y convulsiones, y su compañero de infancia se había refugiado en el último rincón de la casa, huyendo del furor del marqués, que le acusaba de haber deshonrado sus canas.

La situación era "por naturaleza" irremediable, y el pobre mandó llamar al tío de Clara y a su confesor, que lo era el padre Mendoza, religioso de la orden dominica y después de una larga conferencia, se resolvió que el mancebo sería encerrado en la Recoleta y se le haría fraile. En cuanto a la niña, fueron todos los pareceres que un largo viaje era lo más conveniente.

Tres días después, podía verse a Panchito con el cerquillo y hábito de Santo Domingo, ayudando en la misa del padre Mendoza, en la Recoleta Dominica. El marqués, mientras tanto, hacía sus preparativos para partir a España en la fragata "Covadonga" que debía de salir dentro de un mes. Verse, era imposible, y los días, mientras tanto, pasaban sin que ni el uno ni el otro, supiesen la eterna separación a la que estaban condenados, pues los preparativos de viaje se hacían con extremo sigilo. Pero la nodriza de Clara, quien sospechaba algo, descubrió por fin el secreto, escuchando oculta tras una cortina la conversación de su amo, con el capitán de la "Covadonga".
Al día siguiente, muy temprano, se dirigió a la Recoleta, y haciéndose ver de su hijo, mientras éste ayudaba en la misa, le hizo señas para que, terminada, procurase hablarle.

Desde aquel día, todas las mañanas podía encontrarse a la mulata en la Recoleta oyendo misa de ocho, y un observador atento podría haber visto también que, al retirarse, introducía la mano debajo del confesionario, donde dejaba una carta y recogía otra. La correspondencia de los amantes estaba casi asegurada desde entonces.

Un párrafo de la última carta, decía así: "Esta será la última mía que recibirás, Clara querida; mañana parto para Chorrillos con el padre Mendoza, a quien el médico manda salir de este pueblo. Debo obedecer... no tengo voluntad propia... ¡soy un esclavo"....

"Me dice mi madre que el 17 parte el buque que debe alejarte para siempre de mí; escucha pues, la súplica que te hago. Cuando pases frente a Chorrillos, dirige la vista, auxiliada de un anteojo, a la punta del cerro que se avanza al mar, allí estaré yo para darte mi postrera despedida!...
"¡Adiós, alma de mi alma!"

Al día siguiente, se veía en efecto, con dirección a Chorrillos, un balancín en el que iban el padre Mendoza y su pupilo. Ocho días después, el 17 de octubre, el marqués y su hija se dirigían al Callao y se embarcaban en la fragata, que debía zarpar a las dos de la tarde. Clara estaba serena, pero su rostro pálido, sus hermosos ojos hundidos y sin brillo; y su respiración entrecortada por frecuentes suspiros, que en vano trataba de ahogar, revelaban el hondo sufrimiento que devoraba esa alma destrozada por el dolor. La fragata siguió el rumbo paralelo a la Isla de San Lorenzo y eran las cinco y media cuando pasaban a la altura de Chorrillos, que se divisaba vagamente, envuelto en la bruma de la tarde. Cuarto de hora después, la embarcación se hallaba frente al Morro Solar. Una mujer estaba de pie y en actitud majestuosa sobre el castillo de proa; tenía en sus manos un magnífico anteojo con el que miraba fijamente a la indicada punta. Era Clara que, así como busca el navegante en medio de la tempestad el faro salvador, buscaba al ser querido, cuyo amor era la única luz que podía penetrar en su alma azotada por la borrasca de la pasión.

De repente, la joven exhaló un ¡ah! de sorpresa y de íntimo placer; su rostro se inflamó, y el anteojo tembló entre sus manos convulsas. Acababa de descubrir a Francisco, que parado sobre la peña más alta, sostenía sobre su cabeza con ambas manos, el manto que se había quitado y que agitaba en el aire. Un minuto después, el fraile se precipitaba desde la altísima cima al fondo del abismo, y no quedaba de él, más que los rasgados jirones de sus vestiduras, que, prendidas de la filada cresta de un peñón saliente, flotaban al viento como una bandera fúnebre!...

Mientras ese trágico desenlace se realizaba en tierra, pasaba a abordo una escena no menos terrible. Clara había lanzado un agudo grito: el anteojo se cayó de sus manos, y exclamando con acento de suprema angustia: ¡Adiós, padre mío, voy a reunirme con francisco!; se arrojó al mar, que la sepultó en su hondo seno!

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Humo

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Fuego

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Vidrio

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