Atardece en las ruinas más bellas de la tierra, el dios Sol —Inti para los incas— se recoge tras las montañas dejando un rastro de mágica luz sobre una de las declaradas siete maravillas del mundo. Desde el Templo del Sol, en lo alto de las ruinas arqueológicas de Machu Picchu se siente la energía de la tierra. Silencio y espíritu. Vuelan los cóndores entre las cimas y vibra el corazón. A los labios acuden las bellas palabras de Neruda en su Canto General: Madre de piedra, espuma de los cóndores / Alto arrecife de la aurora humana...
Y es que la que fue ciudad perdida de los incas hasta el siglo XX aún conserva el mágico aroma de un centro ceremonial intacto. Fue descubierta por equivocación en 1911 cuando el arqueólogo Hiram Bingham y su grupo intentaba abrirse paso entre la selva para encontrar otras ruinas, las de Tampu Tocco. Atravesaron durante meses montañas, ríos, treparon colinas y cuando ya nadie creía en ellos decidieron —a la desesperada— continuar más allá del último cerro conocido en lengua quechua como Montaña Vieja. Escalaron entre la espesa vegetación y lo vieron. Creyeron que habían encontrado sus preciadas ruinas pero se equivocaron. Habían llegado a Machu Picchu, descubriendo así la Gran Ciudad Perdida de los Incas.