Teatro popular

Teatro popular

En 1912, hace ahora cien años, un pequeño grupo de burgueses ilustrados crearon la Liga de Amigos de la Escuela de Laceana, primera institución de su tipo en España. A través de ella, fomentaron la cultura y la enseñanza en Laciana, una tierra en la que históricamente ambas habían sido cuidadas, respetadas, salvaguardadas y tenidas en cuenta por sus habitantes. Algunos de los fundadores no pudieron ver su sueño hecho realidad, pues murieron prematuramente a los pocos meses y a los pocos años. Otros, en cambio, piensa uno que, dado que vivieron más tiempo, valoraron en su justa medida el aliento, el impulso y la realidad de la obra que habían conseguido: escuelas en varios pueblos, mejora de las condiciones de los alumnos, bibliotecas circulantes, actividades extraescolares, cultura para el pueblo y por el pueblo. Todo aquello acabó.

En 1936, también acabó el teatro popular impulsado por el grupo La Barraca y otros. Hace algunos años, en Laciana se retomó aquel teatro popular a través de los cursos de verano de la Universidad Carlos III. El teatro y la cultura llegaron a los pueblos del Valle, con gran aceptación del público. Pero, con la llegada de otros, la crisis y la desidia, todo acabó.

Se ve que... no "vende".

Foto: Teatro en Villaseca de Laciana, julio 2004.

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Iglesia de San Xulianu

Iglesia de San Xulianu

Robles de Laciana, iglesia de estilo románico consagrada en 1090.

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Mineros en Calderón

Mineros en Calderón

De aquellos días de agosto salió un estío de extrañas heladas resuelto en arándanos y genciana. Florecieron los espantapastores y la braña dejó de oler a caldereta y de atronarse cada noche con los ladridos de los perros. Brotó poco después un otoño abundante en tonalidades y en samartinos, tratantes, ajos y avellanas en la Feriona, madreñas nuevas y la mastina, que parió tres cachorros.

Atrás quedó el verano fructífero en bolos, en fiestas, en partidas, en asturianadas. Quién sería aquél Juanín de Mieres del que tanto hablaban, con las cantaridas que echaban ellos aquí. En la Cantina, o en el Alcázar, o en el Azul, o donde fuera. Cantaba mejor el Presi, aquella del romance del fuego del grisú ardiendo en la sangre arisca, por el amor de una moza, que de su amor no sabía. Vivían al día porque para ellos no había mañana, sólo tal vez.

No tardó en empezar a nevar y el pueblo se enterró. Como se enterraban ellos en las entrañas de la tierra, cada mañana, muertos en vida y vivos en muerte, o lo que es lo mismo, tentando a la suerte con un pico, una pala, una fardela y la humildad de quien se sabe cautivo de la incertidumbre. Porque como dijo aquél, la muerte es sólo la suerte con una letra cambiada.

La nieve era el testigo mudo de unos días sin pulso, de una cirria abundante que cubría los montes y los prados y los caminos y las linares y los corrales y los tejados de las casas. Ellos, cada mañana, cada madrugada, abrían senda para llegar al pozo cuando el tren, el Mixto, el Correo o el Jaimito, no pasaban. Con una pala abrían la senda, un metro tú, otro metro yo, y atrás iba borrándose el rastro de sus pisadas y de sus paladas porque la nieve no amainaba. En la Pinietsa la vista era una bendición de los dioses, pero aquel blanco inmaculado del valle difícilmente podían dejar de verlo negro. Cruzaban el monte, sorteaban la braña, llegaban a la mina empapados y se mojaban dentro más. Horas y horas de trabajo por un mísero jornal, día sí y día también viendo pasar los féretros de los compañeros. Fueron muchos los días en que el grisú vino al tajo hambriento de sangre viva. Y así se fueron el entibador, el posteador, el guaje, el picador, el ayudante, el barrenista, el caminero. Tantos que hubo un día en que se perdió la cuenta de los muertos y de los vivos, por toda herencia una lámpara apagada y las huellas de una caricia. El último beso a la viuda, el último beso al huérfano.

Quedaron ellos, unos pocos, para contarnos aquella epopeya de un tiempo de dictadura atroz y miseria sin límites. Un tiempo que parecía lejano y, sin embargo, era tan cercano como ellos mismos, tan de carne y hueso, tan débiles ahora y tan fuertes inexplicablemente entonces. Vivieron en la miseria porque todo aquel trabajo nunca fue reconocido, pero sólo fue miseria en lo material porque la grandeza no se compra ni se consigue con nada material, sólo con dignidad.

Tenía razón el Presi cuando cantaba que el alma en las espaldas y la noche en las pupilas. Qué sencillo de contar el romance de su vida.

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Uploaded on Jul 23, 2010

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Lumajo

Lumajo

Arquitectura tradicional a la entrada del pueblo de Lumajo.

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Uploaded on Jun 25, 2010

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Elegía

Elegía

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Uploaded on Jun 18, 2009

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