Hace días que tengo esa sensación bien fea de querer irse lejos. De apagar(los) a todos, de desconectar(me) de tanto. Estar sin nadie. Abandonar el maldito miedo de encontrarte con verdades. Perderme en el campo inaccesible de mi. Desechar nombres. Rellenar huecos. Rearmarme.
Hay mucho que no dices, me dijo un amigo ebrio hace tiempo.
Hay mucho que he evitado decirme incluso a mi misma, hace tiempo también.
Quizás uno de los errores más feos que he cometido últimamente fue sustituir el ejercicio introspectivo de la conversación con la almohada, por las extensas confesiones de a dos que terminaron en nada.
No le culpo por no querer valorar el privilegio de la confianza.
No condeno que haya dejado el vacío de no saber dónde depositar lo que soy cuando callo.
Pero aún no perdono que se haya llevado un trocito de mi biografía y no precisamente para atesorarlo como lo haría yo.