Solo una doncella pura podía custodiar la puerta de acceso al mundo de Nemeton. Armada con la espada de la verdad, interrogaba al viajero por el motivo de su peregrinar al santuario. Solo cuando hacía la pregunta levantaba la vista y miraba en el interior del peregrino. Si la respuesta no estaba dictada por la sinceridad, los cuervos le arrancaban los ojos y las raíces de los árboles le arrastraban a las mismísimas entrañas de la tierra.