*popular de River al término del partido en Resistencia.
Superclásico histórico. Una vez más, emprendo un viaje siguiendo a River por todo el país. La ocasión es especial, es la primera vez que el Millonario enfrenta a su clásico rival estando en una categoría diferente. Un viaje a Chaco de catorce horas en ómnibus, y la esperanza de, al menos por un rato, poder desquitarnos de todas las penas sufridas en el peor año de nuestra historia. Con un amigo periodista nos alojamos en un hotel del centro de la ciudad y nos fuimos a cubrir la previa. Muchas banderas y camisetas de ambos equipos, muchos hinchas en la puerta de cada uno de los hoteles alentando a sus jugadores. Demasiado calor, más de treinta grados. El día se hace largo y no tenemos ganas de hacer otra cosa que esperar a las 22.10, hora en que dará inicio el encuentro. Almorzamos en el único lugar que queda abierto a las 14.30 hs. Dormimos un rato de siesta. Ya no sabemos cómo gastar el tiempo. A eso de las 19 estamos tan ansiosos que partimos hacia la cancha. Saco fotos de los hinchas entrando al estadio en medio de un gran operativo policial. Se comenta que hay un uniformado por cada diez espectadores. Y parece que es verdad. Cuando entro al campo de juego veo que las tribunas están repletas y afuera todavía quedan varios miles de personas. Espero que no haya incidentes. “A ver si en la tribuna de River hacen espacio que no entran todos”, ruega “la voz del estadio”, lo que automáticamente provoca un “llená la cancha la puta que te parió”, de la parcialidad millonaria para su rival, que tiene todavía las gradas a medio completar. Duele escuchar los cantos que vienen de los de azul y amarillo: “vos sos de la B” nos dicen, y lamentablemente tienen razón. O en parte, porque una cosa es “ser de la B” y otra cosa es “estar en la B” por culpa de unos delincuentes. Pero bueno, a la hora de la cargada es lo mismo. El día del descenso pensé que el mundo se acababa, y ya me amargaba de antemano esperando el momento de enfrentar a Boca porque me imaginaba que este canto iba a llegar. Pero la verdad, no es tan grave. En las malas se ven los verdaderos hinchas: cuando los Xeneizes perdieron un campeonato en las últimas fechas pusieron banderas negras; hoy River está en la B y sus hinchas agotan las tiendas comprando más camisetas de lo habitual. El equipo es horrible, el técnico inexperto, y el ascenso todavía no está asegurado, pero no importa, la gente sigue llenando cuanta tribuna se le presenta enfrente. Entonces, miro a todos esos que hicieron cientos de kilómetros para amontonarse en una popular, y ya no me duelen tanto los cantos que vienen de la tribuna de enfrente. Ya no puteo porque Funes Mori nunca le hace goles a Boca, o porque Trezeguet todavía es una gran duda. Soy de River, y tuve que esperar a pasar los treinta para entender que esa grandeza está mucho más allá que un descenso o treinta y tres campeonatos. Está en los pasillos del Monumental, en La Máquina, en el juego histórico, en los ídolos que no se compran, en el semillero que inició Peucelle. Cada vez que entro al Antonio V. Liberti miro las tribunas con la misma fascinación que aquel diez de marzo del ´91, cuando mi viejo me llevó por primera vez y el Millo le ganó a Talleres con dos de la Bruja Berti, el segundo de penal. Y ahora, encima, tengo el placer de trabajar cubriéndolo en todas las canchas a dónde vaya. En la A, la B, o la H. River es el más grande, lejos.
Federico Peretti, fotógrafo de La Página Millonaria.
Colaboración especial para Vamo´ lo´ Pibe´.