Todo comenzó en un laberinto de aspecto primaveral con un día en el
que, el Sol, mostraba toda su grandeza frente a nosotros.
Juntos comenzamos a recorrer tal laberinto, hasta que de repente no
hubo más “juntos”, tu anatomía y ser comenzó a correr por los
pasillos verdes mientras volvías la mirada hacia mí sonriendo. (Sentí
miedo)
En un momento tu cuerpo desaparece en uno de los cruces del laberinto,
comienzo a correr para poder alcanzarte y - cuando lo hago - ya no
estabas allí.
“¡No puede ser!” - digo - mientras comienzo a recorrer este laberinto
verde al ritmo de un trote leve.
De pronto todo ese Sol que nos abrazaba desaparece y nos cubren las
nubes grises y la esencia tenebrosa que había adquirido el lugar. El
aire comenzó a faltar en mi cuerpo y la desesperación lo invadió.
De lejos - en un cruce - logro reconocer tu cabello; comienzo a
correr sin duda alguna. Al llegar, solo era un mechón de tu cabello y
,al ir observando, objetos que te pertenecían se encontraban en el
suelo. Ya el miedo era parte de mí, no podía controlarlo.
En dicho cruce, se topó de niebla, en un abrir y cerrar de ojos;
lentamente comienzo a atravesarlo, pero comienzo a observar sombras
que corren rápidamente a través de mi camino.
Ya nada me importaba, solo, encontrarte y asegurarme de tu bien estar.
Tal que comienzo a correr como el más rápido de los caballos
existentes hasta que una claridad en el fondo se hace más intensa a
medida que continúo mi camino.
Era un precipicio. Mis piernas no pudieron frenar la velocidad tal que
adquirí y salto sin dudarlo - jamás sentí una sensación tan real de
una caída de esa altura, mi corazón latía sin cesar -. No logro
enfocar la periferia, solo era consciente de que el día volvió a ser
claro luego de ser expulsado del laberinto.
Caigo en un acantilado, mientras que la misma corriente me acuesta en
la orilla, sentía una gran pena por mi fracaso, ya que me era
imposible subir a donde se encontraba el laberinto.
Reviso mi cuerpo por si estaba lastimado, y encuentro algo muy
curioso; en mi brazo izquierdo descubrí que tenía un reloj, las agujas
finas marcaban las 3:15, y un tatuaje escrito en letras góticas que
decía “elle est là” - en francés significa ella está allí - .
Algo me hizo seguir la dirección del horario que marcaba mi reloj
oscuro, de lejos se observan unas estructuras idénticas a las de la
imagen. De pronto sin darme cuenta, aparece una gran montaña parecida
a la del Olimpo, donde se encuentran, supuestamente, los grandes
Dioses.
Corriendo, comienzo a escalar dicha montaña, algo totalmente ilógico y
físicamente imposible para el mundo en el que vivimos.
Al llegar a la base de la montaña, me encontré con unas escaleras
extensas como un gigante que me vi obligado a subir. Llego a una base
de baldosas y columnas blancas, parecían estar hechas de mármol. Al
final de la base se encontraba una persona apoyada con sus brazos
delicados en un balcón mirando hacia el horizonte y comienzo a caminar
hacia allí para preguntarle si me podría ayudar con mi búsqueda. A
medida que me acerco, tal persona me parecía familiar - mi mente la
estaba reconociendo - hasta que logro identificarte; un vestido de
seda blanco, un brazalete dorado y un banda roja te vestían. Corro lo
más rápido para llegar hasta ti y cuando estoy lo suficientemente
cerca grito tu nombre como sopla el viento en una gran tormenta, al
darte vuelta noté que tenías los ojos blancos como el hielo, pero no
me atemorizé, asi que te di un abrazo, pero tal fue rechazado.
Preguntaste quién era yo, en ese momento la amargura a mi pecho
invadió y mientras respondía “Soy yo ¿Recordás el laberinto? Habías
comenzado a correr, ¿Cómo llegaste acá?” Definitivamente estaba
atropellado.
Dijiste que no me recordabas y que siempre viviste en el sitio que
estábamos pisando con nuestros pies. Automáticamente pensé que todo
era una broma de mal gusto, pero... tu brazo se extiende hacia el
horizonte y me das la orden de que me arroje. Era totalmente ilógico
que lo haga ya que terminaría con mi vida, y eso, me haría morir
triste ya que no me recordabas. Volviste a repetirme la orden pero
esta vez decías que confié en vos. Ya no me reconocías así que no me
importaba tirarme, no me podía pasar algo peor. Tomo carrera y me
arrojo con las piernas y brazos abiertos, observo que el acantilado se
tornaba cada vez más grande e incorporo una posición vertical hacia
abajo para agarrar más velocidad, aún no sé porqué lo hice, ya que,
acabaría más rápido con mi vida. De repente siento unas garras que
aprietan mis brazos fuertemente, dirijo mi mirada hacia arriba y veo
un gran pájaro gigante de color blanco al igual que sus ojos con una
banda roja que cruzaba su pecho. Sin duda, deduje que eras vos, o la
persona que se encontraba a lo alto y no me recordaba, pero
inconscientemente estabas ayudándome a encontrar a esa persona tan
buscada por mí, por mi corazón. En un momento mis brazos dejan de
sentir esas cálidas garras que me tomaban y comienzo a caer sin poder
enfocar mi periferia, caigo, caigo y caigo. Aterrizo bruscamente sobre
un pastizal (todavía sin poder observar en donde me encuentro) y
vuelvo a corroborar si tenía alguna herida, nada... estaba ileso.
Levanto mi mirada y veo a no muchos metros, un patio abierto con un
balcón, dirijo mi mirada hacia mis espaldas y veo el laberinto, era el
final... Así que me dirijo hacia el patio para buscar ayuda
nuevamente, pero al final de dicho patio veo nuevamente la silueta
apoyada en el balcón mirando hacia el horizonte; no quise
precipitarme, para no darme una nueva desilusión y tristeza. Estabas
vestida a tu manera, como cuando comenzó esta gran historia. Me acerco
y toco tu espalda, viras con tus ojos cerrados y me decís “Tardaste un
poco ¿Dónde estabas?” Realicé un suspiro muy confortable, te abrasé
como si hacía años que estábamos separados y con una fuerza tal que
podríamos avernos fusionados, y luego te besé.
Al tenerte en mis brazos, yo miraba hacia el horizonte y logré ver a
ese pájaro gigante que me había ayudado, recorriendo el paisaje
montañoso allí a lo lejos, lejos.
Deseos. Sueños.