DIARIO DE LA SRITA. K.
Los une un pacto, un cordón umbilical en el que ella registra, con precisión de relojero, las cosas que sueña. Porque los sueños de la Srita. K. son cosas, tiene aroma, textura, densidad material. ( ) decía que eran objetos porque alteraba su estructura molecular, torcía el tiempo, ahuecaba el espacio en ellos, los manipulaba a su antojo. Podía atravesarlos con el dedo, retomarlos como si fueran libros, detenerlos y abstraerse en el paisaje inmóvil, estudiar los relieves, los gestos, incluso la palidez con que la sangre, también inmóvil, intentaba reanudar el pulso. Los sueños eran objetos psíquicos que la Srita. K delineaba con una fuerza creadora inusual, de claridad que se mece en la sombra como potro borracho, de mente rota, años luz devuelta hacia la luz.
Le obsequió el diario de tapas amarillas antes de mudarse. Lo depositó en sus manos, le miró una vez más sin detenerse en el cuello, y sin volver el rostro, adentró un pie y luego el otro pie hasta que la obscuridad del vagón se lo tragó por completo. Fue una despedida silenciosa, apática. Debió quedarse allí, como un insecto, atravesada por un alfiler, pero no lo hizo. Apenas vio que la silueta de ( ) se perdía como una alucinación, empezó a andar directo al estacionamiento. Solo cuando alcanzó el auto y se supo encerrada en él, pudo llorar. Y lo hizo como si hubiera acumulado el salitre de un siglo entero, ese llanto que es, realmente, el rostro visible de una fractura espiritual. ( ) no lloró ( ) nunca lloraba.
Esa noche no escribió, no comió, tuvo sed pero no bebió. Apagó las luces, untó las piernas al pecho y así, hecha un caracol triste, se hundió en la cama. Soñó con ( ).
Susan Urich