San Diego. Abril 2008
Durante mi estancia en San Diego me llamó poderosamente la atención la multitud de “homeless veterans” que se podían ver por la calle y que incluso en su situación, siguieran siendo totalmente patrióticos (la mayoría de ellos se jactan de haber servido a su país y llevan banderas de USA en sus carritos de vagabundo). En un principio, mi corto entendimiento no fué más allá de pensar que había tantos porque el clima de California es perfecto para poder vivir en la calle y podrían venir de todos los estados a California.
Paseando por “Embarcadero” (en inglés suena como si tu hubieras bebido una botella entera de whisky), me paré un rato a hablar con esta persona, porque por algún motivo me capturó la sonrisa que le brotaba, aún contando con su situación.
Estuvimos una hora hablando y me di cuenta de que las situaciones no pueden ser juzgadas a la ligera. Me contó porqué todos los “homeless veterans” están en la calle, y entendí sus circunstancias. Ellos padecen muchísima inmigración proveniente de Sudamérica, y estos inmigrantes copan los albergues y montan una especie de ley del más fuerte que excluye a los homeless americanos.
También me contó que aunque el gobierno les ayuda con 600$ al mes para que puedan subsistir, no pueden ser atendidos si sufren una enfermedad grave, ya que eso les saldría muy caro y éstas personas que llegan de Sudamérica pueden contagiarles algunas enfermedades ya casi erradicadas en USA, como algunos tipos de tuberculosis y otras cosas que no fui capaz de traducir. Si un homeless contrae tales enfermedades, no podría pagarse su curación, con lo cual la muerte es segura. Por ello, prefieren no dormir en los albergues, porque para ellos, desgraciadamente es una ruleta rusa.
Joshua es una persona tremendamente culta y educada, compartimos opiniones de política, filosofía y temas económicos en general. Fue un verdadero placer conocerle y charlar de todas esas cosas con él. Me contó toda su historia, y cómo es su vida actualmente, y de cómo se ayuda de los donativos de la gente para comer, comprar ropa y limpiar su ropa una vez a la semana. Tengo que decir que su aspecto era totalmente limpio y aseado, y que era una persona se cuidaba en extremo, ni bebía, ni aceptó un cigarro que le ofrecieron delante mía.
Me despedí de él con un fuerte apretón de manos y le deseé que tuviera la menor suerte en su vida.