85/365 Morir en primavera.
–¡Vamos, apúrate!
Dios mío, cómo gritaste. Yo estaba a más de cien mil pies de ti y aún así pude escucharte. La primavera no era verde esta vez, era rosada, como tus rodillas doloridas de tanto correr y correr por las colinas, engancharte en las zarzas, caer y seguir corriendo.
Algo en mí vibraba y no me paraba a comprender qué era, pero sin duda fue tu voz, llegada desde el extranjero la que empezó el sismo.
Te vi con la boca abierta, con los codos encogidos y la mirada prieta. A los tres segundos me llegó el estruendo al oído. Era dulce pero desgarraba con potencia. Estabas enfadada porque soy frágil y corro despacio, pero se notaba tu amor en el tembleque de tus labios al gritar. Me puse a reír y volviste a repetirlo:
–¡HE DICHO QUE TE QUIERO!
Aquello era de locos, pensé a carcajada limpia. Luego continué corriendo sorteando la maleza, intentando obviar el ardor de las espinas clavadas en mis pantorrillas desnudas en aquella colina del demonio, un día de primavera.
Seguí corriendo durante días y días, escuchando tu grito a cada minuto, llamándome, alentándome a seguir y seguir un instante más y otro después de este. Me fatigué y caí asfixiado entre hiedra y musgo, con alguna polilla revoloteando cerca de mí.
No escuchaba nada más que tu voz, infranqueablemente lejana y torcida, disonante y ahora me hería. Mis pulsaciones resonaban fuerte y pronto dejé de escucharte. Algo frío me calló sobre la espalda y al abrir los ojos ahí estabas tú, diabólica, con la risa en la mirada de broma.
–¡Vamos, apúrate!
Y yo quería decirte que moría, que la primavera de sus rodillas me había alterado la sangre y se había vuelto insostenible en mis venas. Pero no lo hice y me quedé allí, con la fatiga, con la espalda fría, con la cara sobre el musgo y una sonrisa, con el oxígeno caducado en los pulmones escuchándote reír una vez tras otra, creyendo que el amor todo lo podía, que sólo hacía falta gritar.