83/365 La vida no es más que un interminable ensayo de una obra que jamás se estrenará.
Las hay que leen hasta enamorarse de personajes ficticios. Las hay que no comen ni duermen por no soltar el libro. Las hay que ríen y lloran y hasta conversan con los personajes mientras atienden a lo que cuentan. Pues mi pequeña es así, pero de forma amplificada. Mi pequeña enamora a los personajes y se pelean por meterla entre sus páginas. Ella es ardida y acaba convenciéndolos para pasar unas noches con unos y otras con otros, de mano en mano y de cuerpo en cuerpo, besando a éste y haciendo el amor con aquel.
Mi pequeña estudia ciencia para encontrar el camino hacia el mundo de las palabras y cree que cuando se haya licenciado, encontrará la salida correcta. Anda perdida en ciudades con y sin nombre e incluso entre épocas que distan entre sí de varios siglos. Y mientras las demás sueñan con grandes riquezas, ella sueña con ser intemporal. Ser su propia piloto, azafata y pasajera de un avión hecho con alambres y fotografías veladas.
Mi pequeña peca de ingenua, peca de inocencia, y tanto peca que lunares no le sobran en el cuerpo. Y me pequeña se excusa diciendo que a cada lunar que le crece, una promesa debe cumplir. Y ella promete y promete sin límite, amor eterno a Cauldfiel, pasión eterna por Sinclair, creyendo que su amor romperá las barreras de la realidad y conseguirá introducirse en el libro.
Por eso mi pequeña no sale. Por eso mi pequeña está enamorada del papel. Porque prefiere las vidas que corren por las paredes rosadas de su habitación que la que palpita en el gris de la ciudad, en el verde oliva de la montaña y en el azul oscuro del océano. Pero pobre de ella que no sabe combinar, que no entiende que ambas realidades pueden ser una sola el doble de emocionante. Que no sabe que si la vida gris de la ciudad es así de gris, es porque ella no emplea el tiempo en colorearla. Mi pequeña se pierde el oxígeno de los fresnos y la calidez de las farolas nocturnas. Prefiere vivir de obras ajenas que de ensayos propios. Y debo confesar, que en el fondo la entiendo, porque un día yo también fui pequeña y también conocí la magia escondida en los márgenes blancos de los buenos libros.