8/365 Nueva York se escondía bajo su falda
A veces la música nos descontrolaba de tal forma que con un swing de los cincuenta bailábamos toda la noche y parte de la mañana. Ella tenía esa forma de mover las caderas que traía loco a toda la ciudad y por eso nunca me gustó la idea de llevarla por ahí. Yo sería un egoísta pero cuando en la Gran Avenida una chica esconde Nueva York en su falda, nadie quita ojo y si puede hasta intenta probar dando un mordisco. No iba a pasar por aquello, no con Ella.
Cuando llegamos sólo éramos dos jóvenes inquietos por vivir y tal vez por esto nos consumimos demasiado pronto. Con todas las luces y velocidades de la ciudad nos emborrachamos y atropellamos más de cien veces por semana. Siempre estábamos riendo y a decir verdad, hubo un momento exacto en el que tocamos el cielo lo justo como para traernos de vuelta una estrella.
Los días sucedieron a las semanas, las semanas cambiaron a meses y Nueva York y su falda se desgastaron poco a poco. Hubo una vez en la que ya no éramos ni tan jóvenes ni tan amantes e incluso me planteé el marcharme a otro lugar, tal vez a París, con alguna guapa francesa de ojos verdes y piel colorada. Pero no lo hice, elegí quedarme donde estoy, en un apartamento en blanco y negro, con pollo frito en el microondas y un canal aburrido en la televisión.
Y no me arrepiento, porque quizá ya no haya twist ni vestidos de lunares, pero con los años hemos sabido abrir fronteras y ahora tenemos toda la América entre las sábanas.