El domingo nos despertamos temprano, muy temprano. En parte, contra nuestra voluntad, pero la diferencia horaria manda. Eso nos sirvió para llegar a Harlem (norte de la isla de Manhattan) pronto, y poder pasear con tranquilidad por calles vacías. En el último momento, justo antes de empezar la misa, a las 11, decidimos entrar en una iglesia, en concreto en la Saint James Presbyterian Church. Seguramente Saint James ha vivido tiempos mejores, pero nos hicieron sentir muy a gusto, más como un nuevo asistente a la congregación que a un turista curioso que viene a escuchar una misa gospel.
Harlem nos echó a la hora de comer. Con Amy Ruth's lleno de turistas, y un mexicano que había por el camino descartado, no tuvimos más remedio que meternos de lleno en el Upper East Side. Descorazonador al principio, descubrimos otro mundo cuando pasamos de la 5ª a Madison, donde estaba todo el ambiente de viejos neoyorquinos, altos ejecutivos y niños repelentes encorbatados (dejémonos llevar un poco por los prejucios). Y claro, es domingo, así que Brunch. La camarera me miró mal por pedirme dos platos. La entendí un poco cuando vi que la tortilla francesa con bacon y queso era del tamaño de un 747.
Y ya que estamos ahí, entramos a Central Park, justo en el medio del Jackie Onassis Reservoir, que lleva ahí 100 años antes de que nadie supiera quién era Jackie Onassis, pero que fue renombrado a la muerte de Jackie O, supongo que con herencia de por medio.
Después de recorrer un rato Central Park, finalizamos el día con Iñigo, que nos llevó a visitar The View, un restaurante / bar en lo alto del Hotel Marriott que está constantemente rotando, por lo que tienes vistas de 360º de Manhattan sin moverte del asiento.