Como me había dicho e instruido, cerré posteriormente ambas entradas. Nunca más me he vuelto a encontrar con él. Se donde se encuentra y por qué está ahí. Con el paso de los años desde esos sorprendentes y confusos días, me olvidé de todo. Me absorbió el afán de tener, de reconocimiento social y de poder político. En algunas cosas apliqué “aquello” y me dio excelentes resultados. Sin embargo, al paso del tiempo comencé a sentir una angustia brutal y un miedo incontrolable a la muerte. Al morir por morir sin pena ni gloria. Más miedo aún por saber lo que sabía. Por el tiempo perdido debido a mi incredulidad y a mi debilidad, que me habían impedido por años comprobar los actos de poder que fui testigo en aquella ocasión. Hoy arrepentido y con unas feroces ganas de llorar, lo cual no he podido volver a hacer, únicamente me queda el recuerdo imborrable de despertar ese mediodía, en la entrada a la cueva y verme empapado, escurriéndome el agua, mientras don Chema me decía rotundo: Hoy tuviste quien te mojara. Mañana lo tendrás que hacer tu solito para que sigas viviendo; aunque tengas que apuntar el pito al cielo y al mear, mojarte con tus orines. Acuérdate del mono de la pirámide, terminó diciendo entre sonoras carcajadas, procura traerlo siempre bien parado.