En enero de este año traté de responder a la convocatoria de la doctora Denise Dresser -a quien admiro por su sensibilidad, inteligencia y honestidad-, donde se pregunta si hay mexicanos que puedan todavía expresar amor por su país.
Pienso hasta que me duele pensar, pero no encuentro lo que busco ¿qué hay en mi país que puede hacerme sentir amor? ¿Se puede amar una idea, aunque sea bella?
Meses atrás, estando en el extranjero, leí el siguiente encabezado: "Sangre sin fin en México". Hace unos días hubo un enfrentamiento entre narcotraficantes y militares en el puerto de Veracruz, vecino a mi ciudad, que fue digno de la peor película de Hollywood. Meses atrás hubo disparos en cuatro puntos de Xalapa y una balacera de cinco horas, nuevamente entre traficantes y militares. El saldo oficial: 14 muertos, 12 de los cuales eran sicarios -seguramente prescindibles y sustituíbles para el cártel al que sea que hayan pertenecido-. Siento un vacío en el estómago. Tengo asco, coraje, tristeza. Quiero llorar pero tampoco quiero ceder.
Pienso y me doy cuenta de que amo a este país que se llama México porque aquí sigo. Porque es el lugar donde viven mi familia y mis amigos más queridos, el lugar donde conocí a mi pareja, donde he pasado los días más felices de mi vida, y donde ahora vivo, quizá, los días más tristes. Porque quizá podría irme y he decidido quedarme. Porque éste lugar donde yo nací me dio a mi padre, hombre entero, que me convirtió en la persona que soy ahora y al que amo aún hoy con un amor que no me cabe en el cuerpo. Porque me duele ver a mi país desangrado, y si me duele tanto debe ser porque lo amo. Porque me late el corazón mientras escribo, y en cada latido, este músculo donde se guardan todos mis lugares comunes me dice lo mismo...
... soy mexicano.
Soy mexicano.
Soy mexicano.