Ayer pude ver como su cara me acechaba, y logré comprender como de día la añoraba. Una mirada bastaba, un gesto de complicidad, para extender su poder sobre la ciudad. Es la evasión en tu tejado, el relax de un día complicado, la que te escucha cuándo ya estás cansado. La que se oculta cuando el mundo se despierta, porque se niega a aceptar un mundo dónde todo apesta.