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SACRA CAPILLA DEL SALVADOR, UBEDA, JAEN 5911 26-3-2016 | by Jose Javier Martin Espartosa
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SACRA CAPILLA DEL SALVADOR, UBEDA, JAEN 5911 26-3-2016

SACRA CAPILLA DEL SALVADOR DEL MUNDO

 

La Sacra Capilla del Salvador del Mundo es un templo construido bajo patrocinio de Francisco de los Cobos como panteón anexo a su palacio de Úbeda (provincia de Jaén), en la actualmente llamada Plaza Vázquez de Molina.

Mandada construir en 1536, formaba parte de un extenso programa artístico (del que formaban parte su Palacio, una Universidad y un Hospital)​ destinado a encumbrar la fama, la fortuna y la gloria personal que había alcanzado el secretario personal de Carlos V; para lo que recurrió a artistas de primer nivel. El proyecto inicial se encargó a Diego de Siloé, mientras que la realización corrió a cargo de Andrés de Vandelvira a partir de 1540. El templo fue consagrado en 1559. Su primer capellán fue el Deán Ortega, para quien se construyó el gran palacio que hay a la izquierda de la fachada principal de la capilla.

La Sacra Capilla del Salvador junto al Parador del Condestable Dávalos, antiguo palacio del Deán Ortega.

El Salvador fue la empresa más ambiciosa de toda la arquitectura religiosa privada del Renacimiento español. Declarado monumento histórico-artístico en 1931, se ha convertido, a su vez, en uno de los más divulgados símbolos de esta ciudad cuyo conjunto monumental renacentista, que junto con el de Baeza, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2003.

Es un templo funerario. La compleja decoración escultórica de emblemas y escudos nobiliarios de la fachada principal y del interior (que contrasta con la rancia austeridad hispánica de palacio, de sobriedad castellana extrema, en la cercana calle de Francisco de los Cobos), encierra un simbolismo funerario que conduce a la finalidad del espacio centralizado de la cripta acogida en una grandiosa y simbólica rotonda de forma circular, la más perfecta para expresar la Unidad o esencia infinita emanada de la uniformidad y Justicia de Dios, según la tratadística arquitectónica renacentista (Palladio).

Siloé, siguiendo a Vitrubio, aplicó principios neo-pitagóricos a los planos, que determinaron para la nave central una longitud de ochenta pies de vara (algo más de 22 metros) y una anchura de 40 pies (unos once metros), y una altura de 100 pies (unos veintiocho metros).

Uno de los rasgos más interesantes de la decoración arquitectónica del Salvador, que hace escuela en toda la región y viene a ser de los más típicos de la escuela vandelviresca, es el uso de la figura humana en función de miembro arquitectónico: cariátides (figuras femeninas), atlantes o telamones (masculinas), hermas (desmembrados), etc. Estos motivos debieron de ser aportaciones de Esteban Jamete, natural de Orleáns, dado que estas figuraciones estaban en boga en la arquitectura francesa de la época.

Cuenta con una sola torre rematada en forma de cebolla, al estilo centroeuropeo.

Su portada plateresca, cuya profusa labra es de Esteban Jamete, ha sido especialmente ponderada, en especial por la forma en que destacan sus tonos dorados con la luz del sol poniente. En la fachada principal se representan los escudos de los Cobos (cinco leones rampantes sostenido por majestuosos atlantes) y los Mendoza (por María de Mendoza, su mujer). En la fecha de sus esponsales (1522) ella tenía sólo 14 años y él superaba los 40; tras la muerte del marido, la viuda continuó impulsando las obras de la Capilla hasta su inauguración (8 de octubre de 1555).

La puerta principal, planteada como arco de Triunfo, tiene representados en el intradós una serie de dioses clásicos: Eolo, Neptuno, Vulcano, Anteo, Diana, Mercurio, Venus, Febo, Marte, Júpiter y Saturno.

El friso está decorado con escenas del Éxodo.

En el segundo cuerpo aparecen referencias a los trabajos de Hércules, y en el punto central un relieve de la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor. Se establece un paralelismo entre las figuras de Hércules y Jesús (en ambos casos, el hijo del dios supremo tiene que vivir como mortal y superar penosas pruebas para, tras una muerte cruel debida a una traición, recuperar la posición que le corresponde junto a su padre).

En el tercer cuerpo, un ventanal de medio punto rematado con un frontón triangular. A los lados de la puerta, dos escudos sostenidos por tenantes, -elementos de la arquitectura renacentista muy frecuentes en Úbeda-, con las armas de los Cobos -siempre en el lado del Evangelio- y de los Mendoza; lo que se repite en lo más alto de los contrafuertes y en los óculos. En la parte baja de los contrafuertes a la izquierda, la lucha de Hércules y Gerión y, a la derecha, Hércules y los toros de Gerión. A los lados, otras dos portadas triunfales, diseñadas por Vandelvira y esculpidas por Esteban Jamete. La portada norte está dedicada a Santiago (el mecenas era caballero de Santiago) y la portada sur, a la Caridad.

El interior fue diseñado en su mayor parte por Diego de Siloé como templo funerario, con una gran rotonda y una nave añadida, quedando la rotonda para los nobles, y la nave para el pueblo. El altar mayor está presidido por un retablo de madera de Alonso Berruguete, que representaba la Transfiguración. Fue quemado por los milicianos en la Guerra Civil y solo se conserva el Cristo central. La restauración es de Juan Luis Vassallo.

El templo alojó un repertorio de esculturas, reliquias, orfebrería y pinturas, piezas de sumo valor adquiridas o regaladas a su fundador, como la famosa Piedad de Úbeda de Sebastiano del Piombo (luego llevada a la Casa de Pilatos de Sevilla y actualmente en préstamo en el Museo del Prado de Madrid); un cáliz de oro, regalo de Carlos V; una macolla de cruz procesional de Francisco Martínez de 1542; una cabeza relicario; un calvario de Pieter Coecke (hoy custodiado temporalmente también en la Casa de Pilatos de Sevilla) y un crucifijo de marfil del siglo XVI. Pero seguramente la pieza más comentada del conjunto es una estatua de San Juanito esculpida en mármol, que fue atribuida por Gómez-Moreno a Miguel Ángel; autoría que ha sido avalada por expertos posteriores. Seriamente dañada en 1936, los fragmentos conservados fueron enviados por la Casa de Medinaceli a Florencia en 1995, a fin de intentarse su reintegración; ardua labor completada en 2013. La escultura ya restaurada se expuso en Italia, y en 2015 en el Museo del Prado de Madrid.

La reja finísimamente trabajada que separa rotonda y nave es de Francisco de Villalpando, fundida en 1555, con dos tramos y tres cuerpos, el central más elevado y esbelto.

En la crestería hay cuatro medallones con las Virtudes y en el centro el escudo nobiliario de los Cobos, cerrándola una cruz. La bóveda central está sostenida por columnas corintias adosadas; sobre su entablamento una galería corrida a la que dan tribunillas que en la embocadura del arco llevan cariátides. La decoración de las bóvedas es más sobria que el resto, intentando asemejar las nervaduras del estilo Isabel.

La sacristía está considerada como una de las principales obras del renacimiento español, con una riquísima decoración escultórica que simboliza vicios y virtudes, de Esteban Jamete, sobre un diseño realizado completamente por Vandelvira, precedente del que luego construiría en la Catedral de Jaén. Con arcos que dejan hornacinas para alojar las cajoneras donde se guardaran los ternos del culto, está decorada con toda clase de figuras, bustos y alegorías corpóreas. El entablamento está sostenido por cariátides que, a su vez, descansan en cabezas humanas. Las figuras que están en las enjutas de los arcos son las Sibilas. En la Sacristía hay restos de tablas del coro alto, sillerías del coro bajo, orfebrería de gran valor histórico y artístico, una arqueta-relicario, macolla y cañón de cruz, y algunas pinturas de distintas escuelas.

 

Destaca su originalísima puerta, realizada en una esquina, como una de las soluciones arquitectónicas más atrevidas y bellas de Vandelvira. Se dice que representa la Puerta del Eden. En lugar de columnas, hay cariátides con cestos de flores en la cabeza, que sostienen un doble entablamento separado por grutescos, sobre el cual, bajo dosel de piedra, está la Virgen de la Paz proclamando la concordia entre el poder y el pueblo, personificados por un emperador y un siervo que se arrodillan a su lado, completándose la decoración con dos angelotes.

Dentro del campo de la estereotomía, la solución de puerta en esviaje de esquina y rincón demuestra el alto grado de conocimiento arquitectónico por parte de Vandelvira.

 

UBEDA

 

 

Úbeda es una ciudad española y un municipio de la provincia de Jaén, capital de la comarca de La Loma de Úbeda, en la comunidad autónoma de Andalucía. La ciudad, junto a la cercana Baeza, fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco el 3 de julio de 2003, debido a la calidad y buena conservación de sus numerosos edificios renacentistas y de su singular entorno urbanístico.

 

 

La leyenda dice que Úbeda fue fundada por Túbal, un descendiente de Noé. Del mítico torreón del Rey Ibiut derivaría el nombre de la ciudad.

 

Si nos restringimos a la arqueología, los primeros asentamientos en Úbeda se remontan a la Edad del Cobre, en el actual Cerro del Alcázar. De hecho, las últimas investigaciones arqueológicas han arrojado seis mil años de antigüedad; Úbeda es la «ciudad más vieja —científicamente documentada— de Europa occidental». Lo asegura el equipo dirigido por el catedrático Francisco Nocete a la luz de los resultados que han arrojado 35 dataciones de Carbono-14 en el yacimiento de las Eras del Alcázar.

 

Existen restos calcolíticos, argáricos, oretanos, visigodos y tardorromanos, en el solar actual donde se asienta. A su vez había con anterioridad un importante oppida ibero de población autóctono, llamado Iltiraka en lengua íbera, y después dependiente de la Colonia romana de Salaria, es conocido como Úbeda la Vieja (o Ubeda Vethula), estando situado frente a la desembocadura del río Jandulilla en el Guadalquivir. En busca de intercambios llegan a Úbeda los griegos y más tarde los cartagineses con propósitos imperialistas, siendo vencidos por los romanos tras largas guerras.

 

Bajo el imperio romano, a partir de la Batalla de Ilipa en 206 a. C., la antigua ciudad-estado íbera se romaniza, ya sería conocida como La Betula (Baetula), siendo el centro de numerosa población diseminada. En tiempos de godos, los vándalos destruyeron la región al completo y sus moradores pasaron a concentrarse al sitio que hoy conocemos, llamado de Bétula Nova, por motivos más bien ignorados.

 

La ciudad como entidad con una cierta importancia reaparece con la llegada de los árabes, en particular con Abderramán II, quien la refunda con el nombre de Ubbada o Ubbadat Al-Arab (Úbeda "de los árabes"), con la intención de controlar desde aquí a los revueltos mozárabes de Baeza. En el siglo xi es objeto de disputa entre los reinos de taifa de Almería, Granada, Toledo y Sevilla, hasta su conquista por los almorávides. Como ciudad musulmana, se rodeó de más murallas defensivas y se convirtió en una de las ciudades de mayor importancia de Al-Ándalus, debido a su artesanía y comercio. Así llegó a convertirse en un rico e importante bastión que poseer.

 

Edad Media

 

Durante el año 1091 el rey de Toledo, Al-Mamún, lucha contra la rebelión interna de los moros andalusíes siendo Úbeda rendida por la fuerza a manos de Alfonso VI. A partir del siglo xii los reyes castellanos aumentan progresivamente la presión sobre el Alto Guadalquivir y Úbeda solo es mencionada en las fuentes escritas como escenario de episodios bélicos, por ejemplo cuando la región fue objeto de los ataques de Alfonso VII de León, primero en 1137 y posteriormente en 1147, momento en el que se apoderó de Úbeda, Baeza y Almería. Durante diez años la ciudad permaneció en manos de los castellanos, hasta que la contraofensiva almohade les obligó a retirarse en 1157. Reconquistada y devastada por Alfonso VIII tras la batalla de las Navas de Tolosa, o Batalla de Úbeda, es perdida al poco tiempo. Entretanto la ciudad es saqueada y arrasada en varias ocasiones más, siendo definitivamente su población masacrada por los cruzados en la batalla de 1212.

 

En el año 1233, Úbeda es definitivamente conquistada por Fernando III de Castilla tras largo asedio, convirtiéndose en ciudad realenga y titular de un arciprestazgo:

Un hecho destacable es que la toma de Úbeda se realizó mediante capitulación, evitando una nueva matanza y posibilitando la coexistencia de distintas etnias que formaban una población de varias culturas (árabe, judía y cristiana). Durante más de dos siglos la ciudad participa activamente en la lucha contra los musulmanes, gozando de amplia autonomía en su gobierno local, regido por el Concejo apoyado por la veinticuatría.

 

Factor decisivo en este período es su importante valor geoestratégico. Durante casi tres siglos fue población fronteriza, primero de avanzada y luego muy cercana a la frontera entre los reinos de Granada y Castilla. Este hecho determina que los sucesivos reyes castellanos le otorguen numerosos privilegios y concesiones, como el Fuero de Cuenca, para favorecer la fijación de una población, formada por castellanos y navarro-aragoneses, que permanezca frente a circunstancias de vida adversas propias de una zona fronteriza. Así llegó a ser una de las 4 «ciudades mayores de la reconquista de el Andalucía».

 

Episodios como el de 1368, en el que la ciudad es asolada con motivo de la guerra civil entre Pedro I de Castilla y Enrique II de Trastámara, y el posterior saqueo de Pero Gil y los ejércitos de Muhammed V de Granada avivó la rivalidad entre los bandos locales, Traperas contra Arandas primero, luego Cuevas contra Molinas, tiñen de sangre su historia hasta las postrimerías del siglo xv. De hecho dieron lugar a que, a semejanza de lo ocurrido en Baeza, las murallas y torres del Alcázar fuesen demolidas en 1506 por orden real, a fin de poner paz entre dichos bandos.

 

La provincia de la jurisdicción de Úbeda se extendía desde Torres de Acún (Granada) hasta Santisteban del Puerto, pasando por Albánchez de Úbeda, Huesa y Canena, y a mitad del siglo xvi también incluía en su partido jurisdiccional a las villas de Cabra del Santo Cristo, Jimena, Quesada, Peal, Sabiote y Torreperogil.

 

Esplendor

 

Este cúmulo de factores —situación geográfica y consiguiente dominio de vías de comunicación, su extensa y rica jurisdicción, gran alfoz y presencia de una nobleza cada vez más poderosa— sentó las bases a lo largo de los siglos xiv y xv del esplendor de la Úbeda del siglo xvi. Al finalizar la conquista de Granada, asistimos a un desarrollo económico de la ciudad basado en la agricultura y en una importante ganadería caballar y mesta propia, que fundamenta el periodo de mayor esplendor de la ciudad, siendo muy importante la roturación de bosques y puesta en valor de nuevas tierras. La paz y el desarrollo económico lleva consigo un aumento demográfico, alcanzando la ciudad una población de 18 000 habitantes, siendo una de las más populosas de toda España. Comenzando con Ruy López Dávalos, Condestable de Castilla con Enrique III y Beltrán de la Cueva, valido de Enrique IV, sus nobles encuentran acomodo en altos cargos de la administración imperial.

 

Tras la nobleza ubetense, y las órdenes de caballería, el siguiente gran estamento privilegiado es el clero. La diócesis de Jaén es enormemente rica, su mitra, posiblemente, fuera una de las más ricas de España, y el clero ubetense tenía altos cargos en ella. También hallamos un colectivo de vecinos que han prosperado —judíos o muladíes mayormente— y que genéricamente hubieran sido el germen de una incipiente burguesía. Se trata de profesionales, tales como médicos, sastres, escribanos, boticarios y, naturalmente, un estimable número de mercaderes ricos. Más abajo, existía todo un variado repertorio gremial propio de un núcleo de población rico y expansivo, mención especial al gremio de los pastores y ganaderos. El ejército y la milicia cerraban este grueso estamento. El tercer estamento era un número basto de labriegos de las tierras de los nobles y pequeños campesinos.

 

Especialmente destacable es el papel de Francisco de los Cobos, secretario del Emperador Carlos I. Con él entra el gusto por el arte en Úbeda, y como si fuera una pequeña corte italiana, de manos del arquitecto Andrés de Vandelvira y sus seguidores, Úbeda se llena de palacios. Su sobrino, Juan Vázquez de Molina, secretario de Estado de Carlos I, y de su hijo, Felipe II, continúa lo iniciado. En toda Úbeda arraigan fuerte las corrientes humanistas del Primer Renacimiento.

 

En 1526 el Emperador Carlos visita la ciudad y jura guardar los privilegios, fueros y mercedes concedidas a Úbeda.

 

Declive

 

Los siglos xvii y xviii son de decadencia para la ciudad, inmersa en la crisis general de España, que ve cómo su pasado esplendor se apaga. La falta de una política proteccionista para la artesanía, las importaciones de la lana de Burgos, la subida de los precios por las malas cosechas, la injusta presión fiscal para las guerras, la corrupción, el poder del Clero, el proceso inflacionista por abundancia de metales, las continuas levas militares, las epidemias, y la emigración a Indias son algunos de los factores que contribuyeron a esa merma. Úbeda perdió hasta el control del tráfico de madera de los robles y pinos del Segura, en favor de comerciantes sevillanos. Todo ello va descapitalizando a la ciudad, agudizando las diferencias sociales e incrementando la miseria de la mayoría. Algunas fechas de los desastres que asolaron la ciudad en esta etapa fueron las pestes de 1585 y 1681 y el terremoto de Lisboa de 1755, que quebranta bastantes casas de la ciudad. Para rematar, la persecución de los cristianos nuevos y la expulsión de los moriscos en 1609 va a ser seriamente lamentado por el Concejo, por el impacto económico al perder su más valioso tejido económico.

 

La cruda decadencia se hace manifiesta a partir de 1700 con la larga Guerra de Sucesión. Los vecinos de Úbeda vivirán la Guerra de Sucesión con intensidad creciente. Sus aportaciones en caballos, armas, municiones, dinero o tropas son continuas, resultando difícil en ocasiones comprender de dónde provienen tales fuerzas en un pueblo debilitado por el hambre y la enfermedad. Tal fue la presión impositiva y la injusticia al quedar exentas las clases poderosas, que la población hambrienta se amotinó el 19 de marzo de 1706, contra los cobradores de las rentas reales. Como consecuencia de la guerra, Úbeda se empobreció en extremo y aumentó la conflictividad a límites desconocidos. El concejo tuvo que vender sus mejores fincas de propios para afrontar urgentes pagos de milicias. Sin duda hubo recesión demográfica, al coincidir la guerra con crisis de hambre y enfermedades generalizadas. En estos años, muchas villas de su territorio se independizan. Se puede concluir, que Úbeda sufre uno de los peores momentos de su historia, solo tocando fondo hacia 1735. Pero el mal en Úbeda y otros lugares estaba hecho, y era difícil dar marcha atrás al reloj de la Historia.

 

Posteriormente, con la guerra de la independencia española, durante la que los franceses permanecen entre 1810 y 1813 en la ciudad, se trunca la recuperación, las penalidades vuelven, se ocasionan saqueos y grandes perjuicios económicos. La situación llevó a Úbeda a un estado de "ruina económica", que la había conducido a extremos tales como la absoluta carencia de ganados para laborear el campo, de semillas para efectuar la siembra y aún de los medios más precisos para la subsistencia de la población.

 

Las desamortizaciones eclesiásticas de 1820 y 1836, supondrían que todos los conventos de la ciudad —con excepción de Santa Clara y las Carmelitas— fueran expropiados y vendidos en subasta pública. Ello significaría la total transformación de espacios urbanos de la ciudad, cambiando de uso algunos de estos edificios para albergar colegios, cuarteles, cárceles, etcétera y, en el peor de los casos, que fueran demolidos sus viejos inmuebles por amenaza de ruina. En suma, la ciudad vuelve a recuperarse hasta finales del siglo xix; es cuando comenzó a experimentar un pequeño resurgir con la mejora en avances técnicos, que llegan con retraso a la ciudad, que sigue siendo un medio rural no afectado apenas por la revolución industrial y cada vez más alejado de los centros de poder.

 

Úbeda continúa una larga existencia anodina, y sus palacios ya vacíos de lujos, permanecen abandonados.

 

Recuperación

 

Quedaban aún por sufrir los efectos de las guerras carlistas y las sucesivas revoluciones liberales que convulsionaron la vida de la ciudad. Las bases del liberalismo en Úbeda se basan en el predominio en la política de los grandes propietarios agrarios, y se instaura el caciquismo y el falseamiento electoral. A finales del siglo xix la pequeña burguesía con algunos terratenientes ubetenses hacen renacer la actividad en la ciudad gracias a la agricultura y la industria. Durante los años 20 del siglo xx, la retórica regeneracionista, cuya ambiciosa idea era lanzar a Úbeda a un nuevo Renacimiento, pone en práctica numerosos proyectos de reformas y mejoras en la ciudad. En éstos años, se extiende la educación y los servicios básicos. Fue también en esta época cuando empezaron las obras de la línea ferroviaria Baeza-Utiel, que habría llevado el ferrocarril a Úbeda y habría supuesto una importante conexión por ferrocarril con el Levante. Las obras de la ferrocarril, sin embargo, se alargaron durante tres décadas y la línea sería finalmente abandonada hacia 1964, cuando su construcción se encontraba ya muy avanzada.​ Por esta época fue también muy destacada la actividad del general Leopoldo Saro Marín,​ que aunque no era jienense, estaba emparentado con la provincia y con Úbeda por vínculos familiares. Además del nonato ferrocarril, la influencia del general Saro facilitó la construcción de la Biblioteca municipal, el Parador de Turismo, la Escuela de Artes y Oficios o la reconstrucción de la Casa de las Torres.

 

Úbeda llegó a contar con un periódico diario editado en la localidad, La Provincia, entre 1921 y 1936.​

 

Durante la Guerra civil, la violencia, represión y venganza política sumieron a Úbeda en una larga fase de depresión. La ciudad no fue frente de guerra, pero sufrió las sacas de presos de uno y otro bando. Así, empezó en la noche del 30 al 31 de julio de 1936, cuando las milicias republicanas sacaron a los presos políticos que, en número de 47 se encontraban en la cárcel de Partido, y los asesinaron. La posguerra es aún recordada por sus contemporáneos como «los años del hambre».

 

Durante los años 60 y 70 la industria local tiene un fuerte repunte gracias al tirón desarrollista, pero insuficiente para absorber el fuerte incremento de población, avocada a la emigración. Lentamente, la que fue «la Florencia de la Alta Andalucía», va a ir alcanzando el lugar actual como referente provincial, cabecera de la comarca y como un centro de industria y servicios a nivel regional de importancia creciente.

 

El 3 de julio de 2003 es nombrada, junto con su vecina Baeza, Patrimonio de la Humanidad.

 

 

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Taken on March 26, 2016