El loco solo del bosque

Patricio tiene barba tupida y un andar prosaico, insulso. Las orquídeas penetraron por la ventana del tv-room, las dejó venir, sabía que podían meterse y vencer al vidrio. Las colmenas duermen en la despensa, saldrán de ellas bastiones de abejas abostezadas ni bien Patricio tome el tarro de café instantáneo.
La casa es de la abuela de Patricio que se mudó a un país del oeste, Patricio se vio inducido a cuidar el hogar que yace en el pulmón derecho de un gran bosque olvidado al costado de la ruta. Pero ya pasaron años de su objetivo, e ingenuo, Patricio fue víctima del germen ramplón del bosque, el más profundo de los karmas naturales:

el ocio.

La mañana perfora la tierra seca, el pasto fue escapándole a los cayos de Patricio, y se albergó en los jardines lindantes de grandes casas abandonadas al reflujo del tiempo.
Patricio se rasca un pezón. Se tapa sus partes con un pedazo de alfombra de llama, y relincha como camello cansado. No hay más víveres, pero no intenta salir a comprar nada. Piensa en cazar, pero no es tan primitivo. Se hace otro café, las abejas ya no lo pican, no pueden con la sub-piel tropical que Patricio desarrolló en los últimos meses.
Las últimas cosas que conservaba las quemó en la chimenea el último invierno presa del pánico ruso del período de nevadas.
Patricio ya no teme, ya no busca, ya no sueña. Pero aún escribe.
Junta los lápices que caen de unos árboles violáceos extraños. Él sabe que los trae un loro del bosque vecino, es que hay muchos bosques continuos, y Patricio no es el único solo. Pero eso no lo sabe.
El loro replica frases y citas de libros de Dostoievsky y Jean Paul Sartre, y deja caer los preciados lápices que Patricio usa para desplegar su poesía rupestre. Talla la prosa al ladito del sol, eructa fuerte porque nadie lo oye porque nadie hay. Y escribe, inventa, deslumbra a los álamos que se tuercen para copiar las rimas nacientes.

Patricio tiene su propio calendario, la falta de televisión lo incentivó a buscar nuevas mitologías y a mezclarse con la fauna autóctona. Las energías lo adiestran, lo trasladan, le muestran otro abanico de costumbres filántropas.

Patricio ruega porque llueva así se lava su barba que ya mide cinco puertas y se enreda en las pestañas del estar, y los gatopardos se cuelgan como embriones de garrafas bebés.

Patricio quiere salir, en el fondo quiere volver a ser el que era, pero está contento de haberse salido del capital, de haber dejado de tener una docena de días vacacionados, ropa adidas, comida rápida, basura podrida en las esquinas, chumbos en la panza, quejas y desvíos, elecciones y tarjetas plásticas, rentas y trajes mal planchados, jerga náusica, protocolos de proctólogos amateurs, vendajes de soberbios déspotas. Y por eso se cree, dicen los vientos, y las cotorras, Patricio está loco.
Pero hay algo que lo reconforta, ante todo, ante su barba kilométrica, y su colgadero de mantas fosilizadas, y su despensa rancia, y su autopista de orquídeas que atraviesa el tv-room sin tv:

el ocio.

Y Patricio escribe, y recuerda sus días laboriosos de no poder pensar. Repasa algunas fotos ensepiadas, recortes de su otro doblez, y sonríe, con lágrimas colgando de sus bigotes, con brillo en sus cachetes, Patricio sonríe y llora a la vez, cacarea y mueve sus omoplatos de forma coreográfica, se le atoran las rimas, se le agolpan los sonetos.

Es que nunca antes había sido tan él.

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