***Vanesa*** 1:20pm, 7 February 2008
En Rosario existieron más de 180 salas cinematográficas
Por Federico Agudo, Raúl Ganuza y Lucía Modotti (UAI)

A fines del siglo XIX, el cinematógrafo comenzaba a dar sus primeros pasos de la mano de los hermanos Lumiere, y no tardaría en llegar a esta ciudad. Tal es así que algunos historiadores apuntan que la primera proyección en el país se realizó en Rosario entre marzo y abril de 1896, a cargo de Federico Figner. Otras versiones, en cambio, señalan que la primera proyección se realizó en el Teatro Odeón de Buenos Aires el 28 de julio de 1896, es decir el mismo año pero con 3 meses de diferencia.
Eternas disputas por el primer lugar. Lo cierto es que el cine poco a poco comenzó a dejar su marca en la sociedad, a despertar pasiones e ideas nuevas, a conectar entre sí lugares del mundo y a inmortalizar diversas manifestaciones culturales.

Una costumbre perdida

“En las décadas del '40 y '50 Rosario tenía una población de 500 mil habitantes. ¿Sabés cuántas entradas se vendían por año? Ocho millones, una cosa increíble”, rememora Sidney Paralieu, autor del libro “Cines de Rosario, ayer y hoy”.

Rosario fue un centro cinematográfico de gran importancia en el país. A lo largo de su historia se instalaron majestuosas salas de cines que decoraban la arquitectura de su centro, mientras múltiples y vistosos cines se ubicaron en los diversos barrios y parroquias, y hasta en algunos lugares al aire libre que proyectaban películas durante los veranos.

“Hay que entender fundamentalmente el espectro social, cultural y humano de la época. Voy a ser más claro: no existía la televisión”, señala Néstor Zapata, director de cine y teatro. Décadas atrás, la familia aprovechaba sus días libres o fines de semana para ir al cine, donde no sólo compartían un momento familiar sino que también se encontraban con sus vecinos, compañeros de trabajo, amigos, más allá de la película que se proyectara.

“La familia iba al cine, porque era un espectáculo social que implicaba cambiarse, vestirse, salir, y no se iba solo. Se iba en familia”, recuerda Zapata. Por esos años, era todo un evento. Hoy, en cambio, ir al cine es un simple pasatiempo al que muy difícilmente asista la familia completa. Daniel Grecco, gerente del complejo de cines Monumental, sintetiza este cambio en una frase: “Antes se iba al cine, hoy se va a ver la película”.

Los del centro y los del barrio

Salas grandes como la del Real y chicas como las del Godoy, algunas modernas y otras elegantes, los interiores con características de salas teatrales, la refrigeración y calefacción poco a poco imprescindibles. Algunos de estilo futurista, con líneas perfectas y ventanales en su frente como el Ambassador, otros con escaleras de mármol, pasamanos y barandas de acero; espaciosos halls de entrada, como el del viejo Monumental. Las jocosas ocurrencias de los espectadores del Sol de Mayo, el reloj circular luminoso debajo de la cabina de proyección del Heraldo, las palmeras y ornamentos de El Cairo, la primer pantalla panorámica del Radar y su piso de parquet, cortinados especiales como el del Rose Marie. Todas las salas tenían su encanto, su ambiente y clientela que los particularizaba y los destacaba del resto.

Pero la ciudad tenía además una peculiaridad extra: sus cines estaban distribuidos a lo largo y ancho de la ciudad. “Rosario tuvo cines de barrio muy grandes, algo que no se dio en otra ciudad importante de la Argentina”, explica Sidney Paralieu. “Cada barrio tenía su cine”, asegura Néstor Zapata, y agrega: “La gente no tenía que venir al centro, no tenía demasiado sentido”.


Proyecciones de olvido, distracción y fantasía

Todos los cines brindaban a los espectadores tres funciones por unos pocos centavos, noticieros que narraban realidades de otras latitudes, programaciones continuadas.

“En las décadas del '40 y del '50, los programas eran de tres películas, y hasta una cuarta si eran cortas”, describe Jorge Debiazzi, proyectista del cine Madre Cabrini. Esta manera de proyectar se denominaba continuado, ya que al finalizar una película se pasaba a un cuarto intermedio de entre 5 y 10 minutos, para luego dar inicio a la siguiente función.

Trabajar y frecuentar las viejas salas cinematográficas implicaba una pasión, pero también ha dejado muchos relatos y anécdotas. Según contó Debiazzi, muchas veces los operadores acortaban las películas quitándoles distintos fragmentos. Esto hacía que en algunos casos, el personaje de la historia proyectada cambiara de escenario de forma abrupta, sin respetar la habitual continuidad que exige el cine. Pero esta situación no era motivo de enojo para el público, y así lo rememora el mismo Debiazzi: “La sala gritaba a full pero formaba parte del espectáculo. Vos sabías que la cosa venía así, y ya estabas preparado para silbar y para hacer el ruido total. Era como una fiesta ir al cine”.


Diversión por unos pocos centavos

El diario La Capital, en su edición del 4 de enero de 1899, publicó la siguiente información que Sidney Paralieu rescató en su libro “Cines de Rosario, ayer y hoy”. “Llamamos la atención de las personas que deseen pasar amenos ratos y con poco dinero, sobre el cinematógrafo Lumiere que funciona en la calle Rioja 1151, entre Libertad y Progreso, todas las noches desde las 8:30 en adelante. Sabido es que el cinematógrafo es un aparato que reproduce en un lienzo todas las escenas de la vida real, tomadas de fotografías instantáneas y que a los ojos del espectador se convierten en fotografías animadas, como si realmente fueran seres vivientes, los que a la par que ameno es sumamente instructivo. Es curioso ver tal maravilla por unos pocos centavos”.

Si bien existen pocos datos acerca de este primer cinematógrafo, la publicación del diario rosarino constituye el puntapié de la larga y rica historia de los cines de Rosario.


|| Fuente: (30N)
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